La cámara como trincheras: Patricio Guzmán y los tres capítulos de un Chile en llamas
El documentalista chileno reconstruye con pulso callejero los años que llevaron al golpe de Pinochet. Una trilogía fundamental del Tercer Cine vuelve a las salas con su pregunta intacta: qué pasa cuando la historia se filma mientras todavía está ardiendo.

A veces me imagino cómo sería entrar a un set donde la historia todavía está pasando. No hay guiones terminados, no hay marcas en el piso. Hay una cámara cruzando un pasillo del Congreso chileno mientras los diputados discuten si el país entra en crisis o ya está en crisis, y en la otra punta de la ciudad los sindicatos arman asambleas que parecen_field_notes de un futuro que todavía no llegó. Eso, más o menos, es lo que sintió Patricio Guzmán cuando arrancó a filmar La batalla de Chile, allá por 1972. Y eso es lo que vuelve a latir cuando uno se sienta frente a la pantalla y deja que esa trilogía le pase por encima.
La obra no es un documental convencional. Es un trabajo pensado en tres movimientos, con títulos que ya avisan el tono: La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular. Cada parte cumple una función dentro del rompecabezas. La primera muestra cómo los sectores de derecha empezaron a empujar para voltear al gobierno de Salvador Allende. La segunda registra el día en que el Congreso fue bombardeado y la democracia se rompió de cuajo. La tercera, la más poética y la más dolorida, le da la cámara a los trabajadores que siguieron organizándose aunque el mundo se les venía encima.
La política vista desde abajo y desde adentro
Lo más interesante de Guzmán es que no se queda en el living de los poderosos. Su cámara se cuela igual en una sesión parlamentaria que en una fábrica donde se discute si se frena la producción para defender al gobierno. Esa decisión de montaje, que parece sencilla y no lo es, logra algo raro: que entendamos el golpe no como un rayo caído del cielo, sino como un proceso con nombres, con pasillos, con discusiones acaloradas entre personas que pensaban distinto pero militaban en el mismo lado.
“La propuesta se inscribe en el Tercer Cine, una corriente surgida en Latinoamérica que buscaba alejarse del modelo comercial de Hollywood y pensarse como una herramienta política.”Nota de referencia
- La insurrección de la burguesía: el avance de la derecha contra Allende
- El golpe de estado: el día que cayó la democracia chilena
- El poder popular: las asambleas obreras como respuesta y como archivo
A mí, que me crié viendo noticieros y alguna que otra película de los setenta, lo que más me sigue pegando es la sensación de inmediatez. Guzmán no esperó a que pasara la historia para contarla: la estaba filmando mientras se cocinaba. Esa urgencia se nota en cada plano. Y se nota también en la decisión de no esconder las discusiones internas de la izquierda, las dudas, las peleas entre quienes querían enfrentar a la derecha de un modo u otro. Eso le da una honestidad que muchas películas de época más ambiciosas no logran.
La batalla de Chile se puede pensar como una clase de historia, sí, pero también como una advertencia. En un país donde cada tanto vuelven a discutirse cosas que dábamos por zanjadas, mirar esta trilogía se siente como una manera de entender de dónde vienen ciertas palabras y ciertos miedos. Guzmán lo dijo más de una vez: hacer cine político es, también, una forma de cuidar la memoria. La próxima función es una buena excusa para volver a comprobarlo.
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