La cafeína que los adolescentes no saben que están tomando: cuando un chocolate o un chicle puede arruinar una noche de descanso
Especialistas de Yale alertan sobre un consumo silencioso en menores de 18 años: sobres saborizados, chicles, gaseosas y bebidas energéticas aportan dosis que se acumulan durante el día y que, combinadas con el retraso natural del reloj biológico adolescente, generan un círculo de cansancio difícil de cortar.

Acá en el barrio, cuando un pibe de quince o dieciséis años llega a la mesa con un vaso de gaseosa cola y un chocolate en la mano, la mayoría de los padres ni levanta la vista. Y sin embargo, esa combinación cotidiana puede esconder más cafeína de la que muchos imaginan, y explicar un montón de noches en vela, de temblores y de notas que bajan sin razón aparente. La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de la Universidad de Yale, lo dijo con todas las letras: cuando un adolescente tiene dificultades para dormir, está nervioso o presenta temblores, conviene mirar con lupa lo que consume durante el día, porque el problema pocas veces está donde uno lo busca.
Yo lo escuché la otra vez a Raúl, que atiende el kiosco de la esquina, y me decía algo parecido: "Mirá, Ernesto, los pibes me compran sobres saborizados como si fueran caramelos, dos o tres por tarde, y ni ellos ni los padres saben lo que llevan adentro". Esa misma advertencia la hizo Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, cuando explicó que los sabores dulces y frutales de esos productos disimulan el amargor de la cafeína y terminan siendo una puerta de entrada silenciosa para los más chicos. Cada uno de esos sobres puede aportar entre 50 y 200 miligramos de cafeína, una cifra que deja chica a la taza de café de la mañana de muchos adultos.
Donde se esconde la cafeína que nadie cuenta
Porque la cuestión es que, a la hora de medir cuánto consume un adolescente, no alcanza con contar las tazas de café. La cafeína también aparece en las bebidas energéticas, en las gaseosas, en el chocolate, en los chicles y, sobre todo, en esos sobres saborizados que se venden como si fueran golosinas inofensivas. Por eso los especialistas insisten en revisar las etiquetas y en conversar en casa, sin dramatismos pero sin bajar la guardia, sobre las cantidades que se consumen a lo largo del día. Las consecuencias de pasarse con la dosis pueden ir desde palpitaciones y molestias digestivas hasta inquietud, ansiedad y una caída marcada del rendimiento escolar.
- El horario de la última ingesta: la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla y, entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo que se ingirió.
- La recomendación concreta de Agrawal: evitar la cafeína después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso.
- El origen del cansancio: durante la adolescencia el reloj biológico se corre hacia horarios más tardíos y suele costar levantarse temprano, lo que empuja a buscar un estimulante que, a la vez, retrasa el sueño.
- La edad de inicio: la investigadora Jennifer Jiyun Park, del Departamento de Psiquiatría de Yale, aconsejó evitar la cafeína antes de los 18 años y excluir por completo las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes.
- Las rutinas nocturnas: el consumo durante largas sesiones de videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores, y se suma a la luz de las pantallas, que reduce la producción de melatonina.
Acá lo que me queda dando vueltas, y se lo escuché decir a varias madres en la plaza, es que uno tiende a trasladar las recomendaciones que valen para los adultos a los chicos, como si un espresso a las cinco de la tarde fuera lo mismo a los cuarenta que a los catorce. Y no es así. Agrawal fue clara en ese punto: los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que las personas grandes, y por eso las reglas tienen que ser distintas. Lo más razonable, coinciden las tres investigadoras de Yale, es sentarse a charlar con los adolescentes, preguntarles qué consumen y en qué momento, revisar juntos las etiquetas y, sobre todo, prestar atención a las señales que el cuerpo viene dando hace rato: una noche mal dormida, un temblor en las manos antes de un examen, una ansiedad que no se explica. A veces, la respuesta está mucho más cerca que en una pastilla para dormir: está en ese sobre saborizado que parece inofensivo y que, sin hacer ruido, le robó el descanso a toda una semana.
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