Saltar al contenido
Miércoles, 21 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Latido Riojano

Latido Riojano

Portada — Vida —

La boca también habla: cuando una llaga que no se va es motivo suficiente para ir al médico

Úlceras persistentes, manchas que no desaparecen y dificultad para tragar figuran entre las señales que la American Cancer Society, la Clínica Mayo y los CDC estadounidenses recomiendan no pasar por alto. El tabaquismo, el alcohol y el virus del papiloma humano encabezan la lista de factores de riesgo documentados.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
La boca también habla: cuando una llaga que no se va es motivo suficiente para ir al médico

Acá en el barrio uno escucha seguido la frase «no es nada, ya se va a pasar», y muchas veces es cierto: una lastimadura en la encía, un mordisco en la mejilla, una afta que molesta dos o tres días y desaparece. Pero hay ocasiones en que esa misma confianza es la que termina jugando en contra, y lo que parecía una molestia menor se transforma en un problema serio que se Diagnostica tarde. El cáncer oral es uno de esos temas que la mayoría prefiere no nombrar, como si no hablar de él lo mantuviera lejos, y sin embargo las cifras dicen que detectarlo a tiempo cambia radicalmente el pronóstico. Por eso vale la pena detenerse un momento y repasar qué mirar, cuándo actuar y a qué prestarle atención, aunque uno crea que su boca está perfectamente bien.

Las señales que la American Cancer Society, la Clínica Mayo y los CDC ponen en la misma lista

Las tres instituciones más reconocidas de Estados Unidos en materia de salud coinciden en un puñado de síntomas que conviene memorizar, no porque cada uno confirme por sí solo un diagnóstico, sino porque la persistencia de cualquiera de ellos es lo que enciende la luz de alerta. Una úlcera o llaga que no cicatriza luego de dos semanas, un bulto o zona engrosada en labios, lengua, encías o mejillas, manchas blancas o rojizas sobre los tejidos blandos, entumecimiento en alguna parte de la boca, dolor continuo sin causa clara, sangrado que aparece sin motivo, molestia al abrir la mandíbula, dificultad para masticar o tragar y hasta un dolor de oído persistente son los signos que enumeran de manera casi idéntica la American Cancer Society, la Clínica Mayo y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

La regla de las dos semanas es la más repetida y la más concreta: si algo no se resuelve en ese plazo, corresponde una consulta con un médico o con un odontólogo. No es alarmismo, es el criterio que las tres fuentes comparten como umbral para pasar de la espera al estudio. Como me decía el otro día don Eduardo, el de la ferretería de la esquina, mientras tomábamos un café en la vereda: «Yo tengo un amigo que por no ir al dentista perdió seis meses, y cuando quiso acordar ya estaba todo más complicado». La frase le sale al pasar, casi sin pensar, pero resume lo que los manuales de oncología explican con mucha más extensión: la detección temprana multiplica las chances de un tratamiento exitoso.

Cómo se llega al diagnóstico, paso a paso

  • Examen físico inicial: el profesional revisa y palpa labios, lengua, encías, paladar, mejillas y el piso de la boca, y registra dónde está la lesión y desde cuándo.
  • Biopsia: si algo parece sospechoso, se toma una pequeña muestra de tejido para analizarla y confirmar o descartar la presencia de células cancerosas.
  • Estudios por imágenes: una vez confirmada la enfermedad, la Clínica Mayo indica tomografía computada o resonancia magnética para determinar si el cáncer se extendió más allá de la boca.

Esa secuencia, que parece larga pero en la práctica suele resolverse en pocas consultas, es la que ordena el trabajo de los equipos de salud bucal y maxilofacial. No hace falta esperar a tenerlo todo claro para dar el primer paso: con que un dentista o un médico de cabecera observe la lesión y decida que corresponde estudiar, ya se está dentro del circuito correcto.

Lo que más pesa en la balanza del riesgo

Los CDC son categóricos al señalar al tabaco en cualquiera de sus formas como el primero de los factores, y al consumo excesivo de alcohol como el segundo. Cuando ambos se combinan, el riesgo se dispara: el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos estima que las personas que fuman y beben en cantidades elevadas tienen entre cinco y catorce veces más probabilidades de desarrollar cáncer oral que quienes no tienen ninguno de los dos hábitos. Son cifras duras, que no apuntan a señalar a nadie sino a dimensionar lo que está en juego cuando los dos consumos conviven durante años.

El virus del papiloma humano, y en particular la variante 16, completa el trío de factores más documentados. De acuerdo con los CDC, esa variante se asocia con un riesgo aproximadamente quince veces mayor de desarrollar cáncer en la orofaringe, la zona que incluye la base de la lengua y las amígdalas. Es un dato que muchas veces sorprende, porque se piensa al VPH como algo ligado a otras partes del cuerpo, y sin embargo su presencia en la garganta es una de las líneas de investigación y de prevención más activas de los últimos años. Por eso los propios CDC recomiendan consultar con un profesional de la salud sobre la vacuna contra el VPH, que es la herramienta con la que se cuenta hoy para reducir ese riesgo de origen viral.

Hay algo que me gusta pensar cada vez que toca escribir sobre estas cosas, y es que la boca es de las pocas partes del cuerpo que uno puede revisar uno mismo, frente al espejo, con una buena luz, sin aparatología ni estudios costosos. No reemplaza al médico, claro, ni mucho menos: sirve para hacerse una idea, para registrar un cambio, para no llegar a la consulta con la sensación de que apareció de la nada. Y a veces, cuando uno mira y se da cuenta de que esa manchita blanca que tenía hace un mes sigue ahí, exactamente igual, entonces la decisión de pedir un turno deja de ser una exageración y pasa a ser lo más razonable del mundo. Como me decía doña Marta, la del kiosco dees, cuando le conté de qué se trataba esta nota: «M'hijito, si a mí me pasa algo en la boca y no se va en una semana, ya estoy golpeando la puerta del dentista». Tiene razón. Dos semanas es mucho tiempo para quedarse mirando una llaga sin hacer nada.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo