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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El pozo del que cuida demasiado: por qué algunos pilares llegan a los 60 sin red propia

La psicología clínica describe un perfil paradójico: personas competentes y queridas que, al cambiar la etapa, descubren que los demás las veían como un recurso y no como alguien con necesidades. Lo que se sabe, lo que se siente y qué se puede hacer antes de que sea tarde.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
El pozo del que cuida demasiado: por qué algunos pilares llegan a los 60 sin red propia

Lo primero que uno tiene que entender, antes de hablar de estadísticas o de teoría, es que acá no hay un juicio moral contra nadie. No estamos frente a personas que hicieron las cosas mal. Estamos frente a gente que, durante décadas, hizo las cosas demasiado bien: sostuvo, escuchó, aconsejó, gestionó, contuvo. Y que al llegar a los 60, muchas veces con los hijos criados y con el calendario laboral ya sin la urgencia de antes, levanta la vista y se da cuenta de que el teléfono no suena tanto como esperaba, o de que las cenas de domingo se fueron espaciando sin que nadie avisara. Esa sensación, que es bastante común, tiene nombre y tiene mecanismo, y lo más importante: tiene arreglo, si se la mira a tiempo.

Cuando la identidad se construye alrededor de estar siempre disponible

Los especialistas lo llaman cuidado compulsivo, aunque el rótulo puede sonar más crudo de lo que en realidad es. Lo que describe es algo muy sencillo y muy humano: la costumbre de pararse siempre del lado del que puede, del que sabe, del que banca. En la crianza, en el trabajo, en los grupos de amigos, en la familia ampliada. Yo siempre digo que es como ese vecino al que todos llaman cuando se tapó la cañería, y que nadie se acuerda de invitar a la mesa del asado. Mi vecina Marta, acá en el barrio, me decía el otro día, mientras tomábamos mates en la vereda, que ella fue durante años la que llevaba el apunte de los turnos médicos de la madre, la que resolvía los trámites del padre, la que conciliaba los conflictos entre los hermanos. Y que un día, cuando fue ella la que se quedó sin trabajo, descubrió que las llamadas que llegaban eran para pedirle consejo sobre cómo buscar uno nuevo, pero nadie le preguntó cómo estaba ella durmiendo.

El punto central no es la cantidad de vínculos, sino la calidad. Tener muchos contactos no es lo mismo que tener una red. Y una de las trampas más silenciosas de la madurez es haber confundido, durante años, estar rodeado con estar acompañado.

La asimetría que se vuelve invisible

El mecanismo es casi doméstico. Si uno siempre escucha, el entorno aprende que uno está para eso. Si uno siempre resuelve, el entorno deja de imaginárselo necesitado. La reciprocidad, ese ida y vuelta elemental de toda relación, se va apagando de a poco, no por mala voluntad de nadie, sino por costumbre. Hasta que un día cambia el contexto: una salida del mercado laboral, una separación, una viudez, una enfermedad, el retiro. Y ahí aparece la revelación, que suele ser incómoda. Muchos de los vínculos que parecían sólidos dependían, en realidad, de un servicio concreto: el contacto útil, la experiencia para arreglar un trámite, la gestión de un turno, la traducción de un papel del hospital. Cuando ese servicio deja de estar disponible, la red se afina de golpe, como una camiseta que se lavó muchas veces.

Sobre ese último punto hay algo que vale la pena subrayar, porque suele ser lo que más cuesta aceptar. La dificultad para pedir ayuda no es un defecto de carácter ni una cuestión de orgullo mal entendido: es, en general, una defensa que uno construyó sin proponérselo. Si durante años uno se mostró como el que sabe, el que puede, el que no se quiebra, mostrar vulnerabilidad se vuelve contradictorio con esa imagen. Y entonces, aunque haya gente alrededor, las propias crisis se atraviesan en silencio, incluso cuando uno tiene a alguien a dos metros. Eso, dicen los especialistas, no es valentía: es un aislamiento de los que no hacen ruido, que por eso mismo es más difícil de revertir.

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La buena noticia es que la psicología clínica no propone tirar a la basura los años de cuidado ni volver antisocial. Lo que sugiere es un movimiento doble, bastante concreto. Por un lado, empezar a comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine: pedir un favor, aceptar una invitación, decir que uno necesita compañía, nombrar lo que a uno le pesa. No como queja, sino como información. Por el otro, revisar con honestidad qué vínculos se sostienen por la utilidad que uno aporta y cuáles se sostendrían igual aunque uno dejara de ser útil. Esa segunda lista es la que vale la pena cultivar, porque es la que sobrevive a los cambios de etapa. Cuanto antes se trabaje ese patrón, más tiempo queda para construir relaciones de ida y vuelta genuino antes de que la red social se reorganice, como suele pasar, alrededor de la jubilación o de cualquier otro cambio grande.

“No se trata de dejar de cuidar a los demás, sino de habilitar que los demás también nos cuiden a nosotros. Esa es, probablemente, la tarea más adulta de la madurez.”Ernesto Chumbita, Sociedad y vida cotidiana
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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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