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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando lo que se ve, se siente o se cree deja de coincidir con lo que pasa afuera: señales para no dejarlas pasar

Ver imágenes que otros no perciben, sentir que el cuerpo o los objetos cambian de tamaño o sostener creencias firmes que afectan la vida diaria pueden tener causas muy distintas. Especialistas remarcan que ninguno de esos fenómenos alcanza, por sí solo, para hablar de un trastorno, y que la consulta médica es el primer paso para entender qué hay detrás.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando lo que se ve, se siente o se cree deja de coincidir con lo que pasa afuera: señales para no dejarlas pasar

Yo lo que veo en el consultorio, y lo que me cuentan los vecinos cuando me cruzo en el barrio, es que muchas personas conviven durante meses con experiencias raras sin animarse a comentarlas. Creen que van a parecer locos, que están exagerando o que no tiene sentido ir al médico por algo que no se puede tocar. Y la verdad es que sí lo tiene, sobre todo cuando la cabeza empieza a mostrar cosas que antes no mostraba. Cualquier cambio repentino en la visión, cualquier distorsión que se vuelve persistente o cualquier sensación física que no encuentra explicación en un golpe, una fiebre o un dolor conocido merece que un profesional lo mire con tiempo y con los estudios que correspondan.

Tres palabras que suelen confundirse

Antes de seguir conviene separar la paja del trigo, porque en la conversación cotidiana todo se mezcla y se termina llamando igual a cosas muy distintas. La distorsión modifica algo que efectivamente está ahí: por ejemplo, sentir que una habitación se agrandó o se achicó de un momento para otro. La alucinación es otro paso: se percibe algo que no tiene un estímulo afuera que lo provoque, como ver una figura que nadie más ve. Y el delirio va un paso más allá: es una creencia fija, firme, que la persona sostiene aunque le muestren pruebas en contrario, y que suele meterse de lleno en la vida cotidiana, en los vínculos y en las decisiones.

  • Distorsión: cambia cómo se ve o se siente algo que existe.
  • Alucinación: se percibe algo sin un estímulo externo que lo explique.
  • Delirio: una creencia firme que se mantiene aunque haya pruebas en contra.

Ver cosas que nadie más ve no significa, por sí solo, que haya una enfermedad psiquiátrica. Hay cuadros conocidos, como el síndrome de Charles Bonnet, donde personas con pérdida importante de visión perciben imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocen que no son reales. En esos casos la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos, y cuando el cuadro se presenta de manera atípica se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas. La edad, los antecedentes y el contexto son los que van orientando el camino.

También están las alteraciones en el tamaño aparente del cuerpo o del entorno. El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que a mucha gente le suena a libro infantil, es un cuadro que en adultos se asocia con migrañas y, en menores de 18 años, con encefalitis, según una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica. No es un detalle menor: cambiar la forma en que uno se ve a sí mismo, o ver crecer y encoger los objetos, puede ser la punta de un cuadro clínico que tiene tratamiento.

Hay otro grupo de manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás, y que suelen confundirse con ideas voluntarias o con caracteres fuertes. La convicción de no existir, de haberse transformado en un animal, o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor exige atención profesional y no debe leerse como una decisión deliberada. Lo mismo pasa con los celos delirantes: no se los puede comparar con las discusiones de pareja ni con los celos de toda la vida. Son otra cosa y se evalúan de otra manera.

Cuando la piel parece el escenario

Hay una experiencia que a mí, cada vez que la escucho, me deja pensando: la de sentir que hay organismos caminando sobre la piel o debajo de ella. Antes de cualquier diagnóstico psiquiátrico, la evaluación tiene que descartar una infestación real y otras causas médicas, entre ellas déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento depende de lo que aparezca en ese recorrido, y por eso es clave no saltearse etapas.

Acá, en la redacción, siempre decimos lo mismo: el primer paso es pedir turno. Y la última imagen que me llevo de esta nota es la de Marta, una vecina de toda la vida, que durante meses vio luces y figuras que nadie más veía y se calló la boca por miedo al qué dirán. Cuando finalmente consultó, le detectaron un problema oftalmológico que se trataba y se trató. No siempre la historia termina así, pero siempre, siempre, empieza en un consultorio.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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