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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Latido Riojano

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Veinte años después, Sorkin vuelve a Facebook y se tropieza con la propia cámara

La esperada secuela de "La red social" confirma lo que la crítica viene señalando desde hace rato: cuando Aaron Sorkin se sienta en la silla de director, sus guiones más brillantes pierden filo. Acá te cuento por qué "El precio de la red" deja esa sensación de oportunidad desperdiciada.

MO
Micaela OyolaCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Veinte años después, Sorkin vuelve a Facebook y se tropieza con la propia cámara

Te confieso algo antes de meternos de lleno: arranqué a ver "El precio de la red" con la misma mezcla de expectativa y desconfianza que se le nota a un público cuando sabe que lo que va a ver es una secuela muy pedida y, a la vez, muy temida. La película funciona como continuación de "La red social", aquella joyita de 2010 que dejó a medio mundo discutiendo sobre Mark Zuckerberg, la traición, la amistad y el precio que se paga por construir algo grande a costa de los demás. Y acá está la primera mala noticia: la expectativa era altísima, y la cinta no termina de estar a la altura del antecedente que le da origen. Es como reencontrarte con un amigo que te fascinó de joven y descubrir que, con los años, se quedó repitiendo los mismos chistes.

El que está detrás de todo esto es Aaron Sorkin, uno de los guionistas más reconocibles del cine y la televisión contemporánea. El tipo escribió "Algunos hombres buenos", "El ala oeste de la Casa Blanca", "La red social", "Steve Jobs" y la serie "The Newsroom", entre otras cosas. Y acá radica el problema central de "El precio de la red", que no está en el guión en sí, sino en quien lo dirige. Porque Sorkin además se sentó en la silla de director. Y eso, honestamente, vuelve a ser un dolor de cabeza.

El historial de Sorkin como director es bastante desparejo

Si uno mira la filmografía de Sorkin detrás de cámara, el panorama no es alentador. "Molly's Game" fue recibida con cierta benevolencia, sí, pero sus trabajos siguientes confirmaron lo que muchos ya sospechaban: los mejores resultados de sus textos llegaron cuando otros directores los pusieron en escena. Pienso en David Fincher en "La red social", en Danny Boyle en "Steve Jobs", en Rob Reiner en "Algunos hombres buenos". Cada uno de ellos supo contener y redirigir los excesos del guionista, que tiene una mano prodigiosa para los diálogos pero que, cuando nadie lo frena, se desborda. Sin esa tensión externa, lo que aparece en pantalla es la versión menos interesante de Sorkin: la del autor que se admira a sí mismo mientras escribe.

“Hay largas secuencias de diálogo que existen principalmente porque suenan bien leídas en voz alta. Las escenas de interiores presentan problemas de iluminación notorios, algo llamativo considerando que el director de fotografía es el mismo que trabajó en "La red social". No hay urgencia en el montaje ni imágenes que trasciendan lo funcional.”La crítica especializada coincide en señalar estos puntos
  • Soliloquios extensos que ralentizan el ritmo sin aportar profundidad nueva.
  • Escenas de interiores con problemas de iluminación llamativos para un equipo técnico de primer nivel.
  • Falta de urgencia en el montaje: las imágenes cumplen, pero no trascienden.
  • Un tono marcadamente idealista que, sin un realizador externo que lo discipline, pesa como una losa sobre el resultado final.
  • Diálogos que parecen funcionar mejor en el papel o recitados en un escenario que en una pantalla de cine.

Y acá viene un detalle que me pareció curioso y que resume mucho del problema. La propia película contiene una frase, dicha por el personaje que interpreta Bill Burr y que ya se vio en los tráilers, que sintetiza la crítica mejor de lo que yo podría hacerlo: Sorkin sería, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Es una autocrítica involuntaria, o quizás muy voluntaria, que duele justamente por lo precisa que es. La película parece saber qué le pasa, pero no puede (o no quiere) hacerse cargo.

Dicho todo esto, no quiero ser injusta con un film al que se le reconoce, al menos, el intento. Sorkin sigue siendo un escritor formidable cuando se trata de armar estructuras de diálogo y de plantear dilemas éticos con agilidad. Lo que "El precio de la red" deja en evidencia es que esa misma virtud, sin un director que la canalice, se vuelve un problema. La película funciona como secuela y trae ecos de "The Newsroom" y hasta de aquel proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin viene intentando concretar hace años sin éxito. Pero el resultado final no termina de cuajar, y la sensación que queda es la de una oportunidad desaprovechada por un autor al que le cuesta soltar la cámara.

Si me preguntan a mí, y te lo digo como espectadora más que como periodista: cada vez me convenzo más de que Sorkin es un guionista excepcional que funciona mejor cuando alguien le marca los límites. Sus mejores guiones llegaron bajo la mirada de Fincher, de Boyle, de Reiner, gente que supo leer sus excesos y devolverlos convertidos en algo cinematográfico. Sin esa mirada externa, "El precio de la red" se queda a mitad de camino entre el teatro filmado y el ensayo político, y ahí, en esa tierra de nadie, es donde se pierden las mejores ideas del libreto. Habrá que ver si Sorkin vuelve a probar suerte con un director al mando o si insiste con ponerse él mismo detrás de cámara. Mientras tanto, los que esperábamos esta secuela con entusiasmo nos quedamos con esa mezcla rara de admiración por el texto y decepción por la película. La próxima fecha ya está en cartel, así que si igual te dan ganas de verla, te recomiendo ir con expectativas moderadas. A veces, ver una película sin demasiada expectativa termina siendo la mejor manera de disfrutarla.

MO
Micaela OyolaCultura y espectáculos

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