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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Una nube de lana sin teñir cuelga en La Boca y cuenta la historia que la industria descarta

La fotógrafa patagónica Laura Ferro convierte en arte la fibra negra que su padre juntaba en el campo y que el mercado merino rechaza desde hace generaciones: la muestra se puede visitar en Fundación Larivière.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Una nube de lana sin teñir cuelga en La Boca y cuenta la historia que la industria descarta

La primera vez que entré a Fundación Larivière, en Caboto 564, lo hice con la sensación de que iba a ver fotografías de ovejas y me fui caminando entre una nube negra que cuelga del techo y huele a campo. Esa sensación, la de que acá en La Boca está pasando algo que viene de lejos, es lo que mejor define a Lana negra, la muestra que Laura Ferro presenta en la sala y que convierte en materia artística uno de los descartes más invisibles de la industria ovina patagónica.

Una fibra que el mercado no quiere

En la Patagonia, la lana vale por su blancura. Cuando una oveja negra aparece en un rebaño merino, se la separa de inmediato: una sola fibra oscura en un lote blanco basta para que todo el cargamento pierda cotización. Esa oveja y su vellón quedan afuera del circuito comercial. La lana negra, entonces, no tiene precio: queda en el campo, se guarda en bolsas o se regala. Laura Ferro cuenta que en su familia, con al menos tres generaciones criando ovejas, esa fibra descartada era la que su padre juntaba y llevaba a las tejedoras artesanales de la zona para que hicieran sweaters de trabajo. Prendas rústicas, abrigadas, pensadas para el quehacer diario en el establecimiento.

El punto de inflexión, me cuenta Ferro mientras recorremos la sala, llegó después de la muerte de su padre. Mientras ordenaba sus cosas, encontró uno de esos sweaters. Lo tuvo en la mano y entendió que ahí adentro había una historia que todavía no estaba contada. Ahí empezó una investigación de años que hoy se traduce en fotografías, una proyección audiovisual y, sobre todo, en esa nube de lana cruda que cuelga en el centro de la sala y que es imposible no mirar.

  • La exposición combina fotos de los últimos diez años con imágenes del álbum familiar, varias en blanco y negro tan bien resueltas que cuesta saber si son de 1924 o de la semana pasada.
  • Entre las piezas más llamativas está una fotografía de 1924 con una oveja karakul negra, chica y de perfil, perdida entre las blancas del rebaño.
  • La muestra incluye retratos de las ovejas descartadas, paisajes de estepa sin animales y la imagen de los residuos que deja el lavado industrial de la lana merino.
  • En el centro de la sala cuelga una nube negra hecha de lana sin ningún tratamiento, surgida del duelo por la muerte del padre de la fotógrafa.

Una de las imágenes que más me costó mirar es la del padre de Laura. No está entero: aparece fragmentado en sus botas pegadas a las patas de una oveja, en su pelo canoso que se confunde con el vellón, en sus manos abriendo la lana sin esquilar como quien abre otra cosa. Sobre esa última foto, la fotógrafa dijo una frase que vale la pena guardar: Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también. En la sala, mientras un vecino del barrio se acercaba a leer el epígrafe, me llamó la atención cómo esa imagen funciona como una bisagra entre lo que se hereda y lo que se pierde.

La muestra también se anima a discutir el color. La llamada lana negra, en realidad, no es un solo tono: es una escala de marrones, grises y tonos intermedios que Ferro se encarga de registrar uno por uno. En un mercado que solo quiere blanco, la paleta entera queda afuera. La artista, en cambio, la pone en el centro de la escena y la deja respirar. Por eso la nube del medio no está teñida ni intervenida: es la fibra tal cual sale del animal, con su olor, su textura y su historia.

De la estepa al barrio de La Boca

Algo que me gusta de esta propuesta es cómo hace dialogar dos geografías que parecen no tener nada que ver. La Patagonia profunda, con sus galpones de esquila y sus majadas, entra en una sala de La Boca, rodeada de galpones portuarios y de un río que también fue, durante décadas, puerta de entrada y salida de lanas. Ferro no fuerza el cruce: lo deja trabajar, como deja trabajar la luz sobre el vellón. Para los porteños que nunca pisaron un establecimiento ovino, la muestra funciona como una ventana. Para los patagónicos que bajan a Buenos Aires, funciona como una carta guardada durante años y recién abierta.

Salí de la Fundación Larivière con la sensación de que había visto una muestra pequeña en cantidad de obras y enorme en lo que proponía. Es que acá no se trata solo de fotografía: se trata de repensar qué hacemos con lo que descartamos, qué historias guarda la materia que el mercado no sabe vender y cuánto de la identidad de una familia puede quedar atrapado en un sweater tejido a mano. Si pasan por Caboto 564, dense una vuelta. La nube de lana y las fotos de Laura Ferro bien valen el desvío.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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