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Latido Riojano

Una generación que llega a fin de mes sin el sello formal del trabajo: el mapa laboral de los jóvenes argentinos

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA describe un mercado fragmentado, donde solo uno de cada siete accede a un empleo pleno. La informalidad, la inactividad y el peso del hogar de origen marcan el rumbo de los pibes de 18 a 25 años, en un escenario que la vitivinicultura conoce bien cuando mira el calendario de cosecha y la disponibilidad de mano de obra.

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Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura · 27 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura

La mañana en Mendoza se presenta con cielo despejado y una térmica que todavía deja la brisa del sur sobre los surcos, y eso, para cualquier productor vitivinícola con quien uno charla en la tranquera, significa que la planta sigue acumulando horas de frío y que el equipo de poda estival recién empieza a marcar el ritmo de la finca. Pero detrás de ese termómetro que mira la parra hay otro registro, menos visible y mucho más preocupante, que el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA acaba de poner sobre la mesa: el del trabajo joven, ese eslabón que suele estar primero en la línea de largada cuando se piensa en reconstruir el capital humano del campo y de la industria, y que hoy aparece como una de las piezas más frágiles del rompecabezas laboral.

Un mercado juvenil partido en cinco

El informe describe un escenario en el que, de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años, apenas algo más de uno accede a un empleo pleno con cobertura y aportes. El 30,2% tiene algún tipo de trabajo regular, pero dentro de ese grupo el 16% lo hace en condiciones precarias. El 22,5% se mueve entre changas, tareas eventuales, intermitencia y episodios recientes de desempleo. Un 10,7% lleva más de seis meses sin conseguir un puesto y el 36,6% directamente no busca ni ejerce actividad laboral, una cifra que pesa como un almohadón sobre cualquier diagnóstico de inclusión.

“Incluso un empleo protegido del principal sostén económico no alcanza a borrar la desventaja asociada a una posición socioeconómica baja.”Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), UCA

Lo más crudo del cuadro es que la condición del joven no se explica sola: depende del hogar que le tocó. El 20,7% de los jóvenes argentinos de esa franja ni estudia ni trabaja, pero esa proporción se dispara al 34,2% en el estrato socioeconómico muy bajo y cae al 8,3% en el estrato medio alto. Algo similar ocurre con la posibilidad de dedicare exclusivamente a estudiar: el 41,2% de los jóvenes del estrato medio alto solo estudia, mientras que en el estrato muy bajo esa cifra se desploma al 15,6%. Y apenas el 13% del conjunto consigue sostener estudio y trabajo al mismo tiempo, esa combinación que suele ser llave de movilidad social y que en las economías regionales, como la vitivinicultura, resulta casi indispensable para pensar recambio generacional en las fincas.

  • Empleo pleno con aportes: 14,2% de los jóvenes de 18 a 25 años.
  • Empleo regular precario: 16% dentro del 30,2% que tiene trabajo registrado.
  • Changas, eventos y desempleo reciente: 22,5%.
  • Más de seis meses sin trabajo: 10,7%.
  • Inactividad total (ni buscan ni trabajan): 36,6%.
  • Solo estudian en estrato medio alto: 41,2%; en estrato muy bajo: 15,6%.
  • Combinan estudio y trabajo: 13% del total.

Del surco a la góndola, una ecuación que empieza en la casa

Para entender por qué este tema resuena con tanta fuerza en la agroindustria, basta con conversar con cualquier productor, como me lo repitió la semana pasada Facundo, de un viñatero del este mendocino, cuando me contó que cada temporada de cosecha termina resolviendo a último momento con gente que llega derivada de algún conocido, porque los pibes del pueblo ya no están disponibles, o porque están, pero sin la constancia que demanda la poda o el atado de racimos. Esa impresión de campo no hace más que confirmar lo que el ODSA sostiene como patrón estructural: el peso del empleo del principal sostén económico del hogar es clave. Cuando ese adulto tiene empleo pleno, las chances del joven de sostenerse dentro del sistema educativo crecen; cuando predominan la precariedad o el desempleo en la casa, también crece la probabilidad de que el chico termine fuera del aula y afuera del mercado laboral registrado.

La consultora Zentrix aporta el otro costado del fenómeno, el que se mide en la billetera: el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin dinero disponible, frente al 60,6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. La menor antigüedad laboral, la mayor presencia de la informalidad y los sueldos de entrada explican gran parte de esa diferencia, pero también hay una lógica de fondo: cuando el primer trabajo es changa, lo que se cobra un mes se esfuma al siguiente y no alcanza a constituir experiencia formal ni aporte real para una futura jubilación, ni para una ART cuando el operario rural se accidenta entre los hilos de la parra.

La inserción irregular sin estudio crece del 4,9% al 26,8% cuando se compara el estrato medio alto con el muy bajo, y quienes no estudian ni trabajan pasan del 13,3% al 30,5% cuando el jefe o jefa de hogar deja de tener un empleo pleno para caer en el subempleo o el desempleo inestable. Es decir, la informalidad y la inactividad juvenil no son, en buena medida, decisiones individuales: son consecuencia casi directa del piso que ofrece el hogar de origen. Por eso mismo, los programas que apuntan solo al joven suelen quedar cortos si no contemplan la situación del adulto que sostiene la economía familiar.

Lo que el Estado todavía no resolvió queda a la vista y lo resumo en voz alta, como me gusta cerrar estas notas: mientras el mercado laboral juvenil siga partiéndose entre un empleo pleno que es la excepción, una informalidad que es la regla para la mitad y una inactividad que castiga sobre todo a los pibes de los hogares más humildes, seguirá sin cerrarse el circuito virtuoso que va del surco a la góndola, porque no alcanza con tener vid buena, suelo sano y clima favorable si en el medio no hay gente joven con un trabajo registrado, un estudio terminado y un horizonte que no se corte cada vez que cambia el viento económico del país.

RQ
Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura

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