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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Una caja roja en la farmacia: así empieza el final de los medicamentos que ya no sirven

Después de que aparecieran remedios vencidos en tachos y contenedores del centro neuquino, el municipio volvió a salir a tocar el timbre de la memoria: hay un circuito gratuito, pasa por la farmacia de la esquina y termina en un horno pirolítico. Acá te contamos cómo es ese camino y por qué vale la pena no seguir tirando los blister al contenedor común.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 3 min de lectura
Una caja roja en la farmacia: así empieza el final de los medicamentos que ya no sirven

Te lo digo de entrada, como me lo contaba esta semana Marta, una vecina del barrio que me cruzó en la puerta del kiosco y me dijo medio indignada: «Yo los tengo juntando hace meses en una bolsa, ¿y ahora me entero de que se podían llevar a la farmacia?». La frase de Marta resume, casi sin querer, lo que pasó en Neuquén en los últimos días: apareció un puñado de medicamentos vencidos mezclados con basura en la calle, el municipio tuvo que salir a retirarlos como si fueran residuos patogénicos, y de paso recordó algo que parece obvio pero que casi nadie tiene presente, que existe un circuito gratuito para deshacerse de esos productos sin convertir la vereda en un depósito de veneno casero.

Lo que se encontró en la calle y por qué importa

La escena que motivó el aviso fue bastante concreta: personal del área de Residuos Especiales detectó remedios vencidos dentro de contenedores y tachos ubicados en dos esquinas del centro de Neuquén, las intersecciones de San Martín con Chubut y de San Martín con Río Negro. No estamos hablando de un paquete perdido, sino de productos farmacéuticos sueltos, mezclados con desperdicios domiciliarios, al alcance de cualquiera que pasara por la vereda. Desde el área municipal lo plantearon sin rodeos: dejar medicamentos en lugares accesibles puede exponer a quienes pasan por allí, especialmente a niños y animales, y existe el riesgo concreto de que alguien los manipule o los ingiera por accidente. A eso se le suma el costado ambiental, porque cuando un remedio termina en la bolsa común termina en el relleno sanitario y, más temprano que tarde, en el suelo o en el agua.

Lo que más me llamó la atención, mientras iba armando este panorama, es que acá la solución no es nueva ni es cara: está, literalmente, a la vuelta de la esquina.

El camino que sí existe: de la farmacia al horno pirolítico

El programa municipal de Recolección Segura de Medicamentos Vencidos funciona con una lógica simple, de esas que uno se pregunta por qué no son más conocidas. Los vecinos acercan los remedios que ya no usan o cuya fecha de vencimiento ya pasó a las farmacias adheridas al programa, sin pagar nada, y los dejan en unos contenedores rojos que están diferenciados de los tachos comunes. Después, personal de la Subsecretaría de Ambiente, Naturaleza y Protección, junto con la empresa Baasa, pasa a retirarlos y los traslada para gestionarlos como residuos patogénicos. El procedimiento informado contempla su posterior incineración en un horno pirolítico como instancia de disposición final, lo que cierra el círculo: el medicamento no vuelve a aparecer en ninguna bolsa de residuos ni en ningún basural a cielo abierto.

Lo que se pide desde el municipio y lo que se puede hacer en casa

La Municipalidad neuquina también aprovechó el episodio para recordar algo que parece de manual pero que claramente hay que repetir: no está permitido arrojar residuos en la vía pública y, en el caso puntual de los medicamentos, la indicación concreta es evitar tanto la bolsa de basura domiciliaria como el abandono en la calle. El llamado es a usar los canales habilitados para cada tipo de descarte, y en el rubro farmacia el canal existe, funciona y está disponible. Mientras recorría el tema, me quedó dando vueltas una reflexión que le escuché a Marta y que vale la pena compartir: en la mayoría de las casas argentinas hay un cajón, un bolso o una caja donde se acumulan los blíster que sobraron de un tratamiento, las pastillas que se dejaron de tomar o los jarabes que ya nadie usa. Tenerlos ahí no es un problema en sí mismo; el problema aparece cuando, sin saber bien qué hacer, se los termina tirando junto con el resto de la basura. Saber que existe una caja roja esperándolos en la farmacia del barrio cambia bastante la cosa, y es exactamente la idea que el municipio quiere instalar.

“Yo los tengo juntando hace meses en una bolsa, ¿y ahora me entero de que se podían llevar a la farmacia?”Marta, vecina del centro de Neuquén
EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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