Un corto de Miyazaki que solo puede verse en un museo japonés, y que lleva más de dos décadas escondido del público masivo
Producido en 2002 como secuela de Mi vecino Totoro, el cortometraje fue pensado exclusivamente para el Museo Ghibli de Tokio: nunca se editó en DVD ni en plataformas de streaming, y afuera de Japón apenas se proyectó en contadas ocasiones.

A las afuera de Mitaka, en el oeste de Tokio, el cielo de la tarde suele caer limpio sobre el Parque de Inokashira, y esa luz suave, casi quieta, es parte del viaje que el japonés se da cuando cruza las puertas del Museo Ghibli, un edificio pensado para que el visitante se olvide de que está entrando a una sala de exposiciones y sienta, en cambio, que se mete dentro de una película. Allí, en una de las salas de proyecciones del subsuelo, se exhibe desde hace más de dos décadas un cortometraje que el resto del mundo apenas conoce: Mei y el gatitobús, dirigido por Hayao Miyazaki en 2002 como una secuela acotada y deliberadamente oculta de Mi vecino Totoro, la película que en 1988 había lanzado al estudio Ghibli a la consideración internacional.
De este corto se sabe todo lo que importa y, a la vez, se sabe muy poco, porque su existencia entera está atada a un solo edificio. Es una pieza de animación de 13 minutos, pensada para verse en una sala específica, dentro de un recorrido que ya de por sí es una experiencia museológica, y nunca fue convertida en un producto comercial. No hay DVD, no hay Blu-ray, no hay versión en plataformas de streaming, ni traducción oficial al castellano a través de canales comerciales, y eso, en tiempos en que cualquier película vieja o nueva aparece a un clic de distancia, la transforma en una rareza ostensible dentro del propio catálogo de Ghibli.
De qué se trata y quién lo hizo
Mei y el gatitobús (en japonés, Mei to Konekobasu) no es un remake ni una precuela de la película original, sino una continuación corta que vuelve a poner en el centro a la hermana menor de la familia Kusakabe. Si en Mi vecino Totoro la niña descubría al enorme y célebre gatobús —ese vehículo con forma de gato que aparece en uno de los momentos más recordados del filme—, acá la historia corre por cuenta de su cría, el gatitobús, y de una aventura nocturna de Mei por el campo japonés. El corto conserva la paleta cálida, los paisajes rurales y el tono de asombro contenido que son marca registrada del estudio.
Miyazaki firma el guion y la dirección, y la elegida para volver a poner voz a Mei fue Chika Sakamoto, la misma actriz que le dio vida en 1988, lo que sirve como ancla para los fans que se preguntan cuánto de aquella película original se sostiene en este recorte de 13 minutos. La música corre por cuenta de Joe Hisaishi, el compositor habitual del director y del estudio, responsable de las bandas sonoras más emblemáticas del catálogo de Ghibli.
Por qué es tan difícil de ver
La respuesta corta es que el corto fue producido expresamente para el Museo Ghibli, y eso define todo lo demás. El museo, ubicado en Mitaka, fue inaugurado en 2001 como un proyecto conjunto del estudio, del propio Miyazaki y del director Yasuo Otsuka, entre otros, y desde el inicio se pensó como un lugar donde la animación se vive en una sala, no en una pantalla hogareña. Allí no se puede fotografiar ni filmar, y la experiencia de ver el corto está atada a esa sala, a esa butaca y a ese viaje.
Eso explica por qué las pocas veces que el corto se vio afuera de Japón fue en eventos cerrados, retrospetivas o funciones especiales, y por qué los fans de habla hispana que quieren cruzarse con él terminan organizando viajes expresamente para visitar el museo. La consecuencia práctica es bastante concreta: para verlo en las condiciones para las que fue creado, hay que ir hasta Tokio, sacar entrada para el museo —que se consigue por sistema de lotería mensual para evitar colas largas— y aceptar que adentro no se saca una foto que sirva como souvenir.
Lo que dice esta elección sobre Miyazaki
Lo interesante del caso no es solo el corto en sí, sino la decisión consciente de no llevarlo al mercado. Mi vecino Totoro es desde hace más de tres décadas una de las referencias ineludibles de la animación japonesa y uno de los títulos que instaló al estudio en el mapa global, y aun así, catorce años después del estreno, Miyazaki eligió volver a ese universo con una pieza breve, sin estreno en salas, sin ediciones hogareñas y sin recorrido comercial. Es una forma de trabajar que en otras industrias parecería un despropósito y que acá funciona como declaración de principios: no todo lo que se filma está pensado para venderse.
Para los argentinos que crecieron viendo repetido Mi vecino Totoro en el cable o en VHS, y que asocian al gatobús con la infancia, la idea de que existe un corto oficial de ese mundo al que es casi imposible acceder tiene algo de provocador. Está ahí, existe, fue hecho por las mismas personas, con los mismos actores y el mismo compositor, y al mismo tiempo permanece fuera de alcance, como si el propio Miyazaki hubiera decidido que esa historia solo se cuenta completa si se vive en el lugar exacto para el que fue pensada. Del dibujo a la sala, la cadena sigue siendo la misma que hace cuarenta años, y eso, en tiempos de catálogo infinito, ya es toda una postura. Lo que el público no termina de resolver todavía es si se anima a cruzar medio mundo por trece minutos o si prefiere quedarse con la versión de la película original, que también le pertenece.
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