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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Teresita, la profesora que plantó almendros donde había yuyos y hoy cosecha su propia harina

A los 62 años y tras pasar décadas frente al aula como docente de Biología, una vecina de Plottier convirtió una hectárea baldía a orillas del río Limay en Almendras del Limay, un emprendimiento chico y a pulso donde también encontró refugio mientras atravesaba un cáncer en pandemia.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Teresita, la profesora que plantó almendros donde había yuyos y hoy cosecha su propia harina

A esta altura de la charla, lo primero que uno entiende es que la historia de Teresita Peláez no empezó con un plan de negocios ni con un cálculo de rindes por hectárea. Empezó con un alambrado roto y con una decisión muy de acá, de las que se toman cuando el patio se te llena de yuyos y te cansás de mirar el baldío desde la ventana. Teresita tiene 62 años, vive en el barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay, y durante casi toda su vida laboral se sentó del otro lado del mostrón: fue profesora de Biología. Hoy, en cambio, lo que más le gusta es tener las manos en la tierra, podar almendros y conversar con los vecinos que se acercan a comprarle un puñado de frutos secos.

La hectárea la compró hace casi veinte años. En aquel momento el terreno era poco más que un matorral y la prioridad fue levantar la casa. Lo demás quedaba para más adelante. Hasta que el alambrado decidió avisar, con un agujero de esos que aparecen sin que uno los busque, que el resto del lote no podía seguir abandonado: si lo dejaba sin trabajar, las malezas volvían; si solamente regaba césped, le daba la sensación de estar desperdiciando agua. Entonces se acordó de un almendro que había plantado años antes en un rincón y se preguntó, simple, por qué no probar con más.

Una consulta en el Centro PyME y la mecha se encendió

Con esa intuición todavía sin forma, Teresita fue a golpear las puertas que tenía más a mano. En el Centro PyME de la zona la atendió la ingeniera Silvana Moschini, y según cuenta la propia Teresita, la charla duró lo suficiente como para cambiarle el humor. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", resume hoy, con esa manera de reírse que tienen las personas que llevan adelante un proyecto a la antigua. Así fue como en 2013 plantó los primeros árboles exactamente en el sector donde antes estaba el agujero del alambrado, y dos años más tarde sumó un segundo cuadro de plantación.

Mientras el lote empezaba a poblarse de almendros, Teresita seguía dando clases. Ella misma lo define como "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro", porque durante mucho tiempo la cosecha no alcanzaba a pagar los costos. Pero había algo que la sostenía: la almendra es de las pocas cosas que no te apuran. Una vez que la cosechás, podés guardarla sin que se eche a perder, y eso te permite vender a tu ritmo, sin la presión de tener que salir a la ruta a la madrugada con un cajón de verdura.

Un equipo chico y un invernadero que llegó en pandemia

Con el paso de los años el cuadro se fue completando. Hoy Teresita no está sola en las tareas: la acompaña todos los días José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto apenas se enteró de que andaba buscando una mano. "Es muy artesanal", repite Teresita cuando le preguntan por el método, y la frase alcanza para entender cómo se trabaja acá: poda a poda, fertilización a fertilización, cosecha a cosecha, y cada paquete de almendras saliendo de las mismas manos que antes corregían pruebas de Biología.

Alrededor de los almendros fueron apareciendo otras cosas, como pasa siempre cuando uno empieza a mover la tierra. Llegó la apicultura, porque los almendros necesitan polinizadores; aparecieron plantas aromáticas y una huerta; y durante la pandemia, cuando todo se detuvo afuera, adentro del lote se construyó un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando la historia personal se cruzó con la historia del campo: Teresita atravesó un cáncer mientras cumplía con los tratamientos médicos, y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una manera de sostenerse, de tener un motivo para levantarse cada mañana y meter las manos en la tierra aunque el cuerpo pidiera otra cosa.

Almendras del Limay, un nombre que suena a lugar

Hoy el emprendimiento tiene nombre y tiene cara: Almendras del Limay. Es chico, es a pulso, y por ahora no aspira a otra cosa que a seguir creciendo de a poco, con la misma lógica con la que arrancó hace más de una década. Yo la fui a ver una tarde cualquiera de estas, con el viento del río golpeando los álamos del fondo, y me quedé charlando con ella mientras José Luis acomodaba unas bolsas recién cerradas. Antes de irme le pregunté qué era lo que más le gustaba de todo esto, y Teresita miró hacia los almendros un instante, como si la respuesta estuviera ahí plantada, y me dijo que lo que más le gusta es sentarse a la tarde, cuando baja el sol, y escuchar el silencio del campo. Uno entiende, escuchando esa frase, que el yuyo de hace veinte años ya quedó muy lejos.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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