Ramallo Club baja la barrera de entrada a su franquicia de sándwiches de miga y se anota un objetivo ambicioso: medio ciento de locales hacia 2027
La cadena porteña recortó casi a un tercio el canon inicial, dejó atrás a un comercializador externo y empieza a mirar hacia el sur del país, con Neuquén como próxima frontera

La mañana en el conurbano bonaerense amanece tibia y húmeda, esa humedad que a los panaderos les arruina la miga y a los que trabajamos la tierra nos complica el horario de cosecha, aunque aquí, en cambio, lo que se cocina es otra cosa: una estrategia comercial que empieza a dar que hablar en el rubro gastronómico. La cadena Ramallo Club, dueña de una de las propuestas de sándwiches de miga más conocidas del área metropolitana, acaba de dar un paso que redefine las reglas de su propio juego, porque redujo de manera significativa la inversión inicial que exige a quien quiera abrir un local bajo su marca, una movida que la compañía presenta como una decisión estratégica de fondo y que, según admiten en la propia empresa, todavía no termina de reflejarse en la cantidad de franquiciados que se acercan a preguntar.
De diecisiete a nueve, la cifra que cambia todo
Hasta no hace mucho, sumarse a la red como franquiciado exigía desembocar alrededor de diecisiete mil dólares; hoy, en cambio, el número se ubica en torno a los nueve mil dólares para un local de aproximadamente treinta metros cuadrados, una diferencia que no es menor si se tiene en cuenta que el promedio del sector gastronómico suele moverse cerca de los treinta mil dólares. La explicación que la propia compañía ofrece es, en sus palabras, casi de manual: dejaron de trabajar con una firma intermediaria que se encargaba de vender las franquicias y decidieron asumir ese proceso de manera interna, lo que les permitió eliminar un sobrecosto que se trasladaba al franquiciado. "Apuntamos más a vender el producto que a tener ganancias en la venta de la franquicia. Ahora manejamos el negocio en forma directa, entonces no tenemos ese costo. El precio que nos pasa el proveedor es el que le pasamos al franquiciado", sostienen desde la empresa, una frase que deja a la vista el cambio de lógica que motorizó la decisión.
Ramallo Club opera hoy veintiséis locales, de los cuales seis son propios y veinte funcionan bajo el régimen de franquicia, y desde su planta en Munro, en la provincia de Buenos Aires, sale toda la producción que después se distribuye a cada punto de venta. La facturación promedio anual por local se estima en alrededor de ciento diez mil dólares, y la empresa proyecta un crecimiento del treinta por ciento en su facturación global durante 2026 respecto al año anterior, una proyección que se apoya, en parte, en la incorporación de nuevas categorías que hasta hace poco no formaban parte de la oferta, como papas fritas, encurtidos, pizzas y cafetería.
Del surco a la góndola, o más bien del mostrador a la vitrina
La planta de Munro produce cerca de setenta mil sándwiches de miga por mes, que se venden a mil setecientos pesos la unidad, un precio que muestra que el modelo de negocio prioriza la rotación antes que el margen por unidad, una elección que la propia compañía describe como la clave para que el esquema funcione tanto para la casa matriz como para cada franquiciado. Es, si se quiere, la misma lógica que aplicamos en el campo cuando preferimos vender volumen a precio razonable antes que esperar un margen extraordinario por unos pocos lotes, una forma de entender el comercio que también se ve en la decisión de diversificar la carta para que el cliente encuentre algo más cuando entra al local.
“Yo abro el local de San Telmo hace seis años y te digo que esto es laburo de todos los días, no te hacés rico de un día para el otro, pero cuando la marca te cobra menos por entrar te da aire para reinvertir en producto y en gente, y eso al final se nota en la bandeja que le ponés al cliente”Marcelo, franquiciado en San Telmo
Cincuenta locales y un ojo puesto en el sur
La meta que la compañía se puso para 2027 es alcanzar los cincuenta locales, más del doble del tamaño actual de la red, y para eso empieza a mirar más allá del área metropolitana de Buenos Aires, donde hoy se concentra la operación. Neuquén aparece como uno de los mercados que la empresa ya tiene en carpeta, donde se estudia un esquema de máster franquicia con operadores que desarrollen la marca en esa región, una modalidad que, como sabemos en el campo, sirve para cubrir territorios extensos sin que la casa central pierda el control sobre la calidad del producto.
- Ramallo Club opera hoy 26 locales: 6 propios y 20 franquiciados.
- La inversión inicial para una franquicia bajó de USD 17.000 a USD 9.000.
- El promedio del sector gastronómico ronda los USD 30.000.
- La planta de Munro produce unos 70.000 sándwiches de miga por mes, a $1.700 la unidad.
- Cada local factura en promedio USD 110.000 al año.
- La facturación global crecería 30% durante 2026 respecto a 2025.
- La meta es llegar a 50 locales en 2027, con Neuquén como próxima frontera bajo un esquema de máster franquicia.
Detrás del logo hay, además, una historia familiar que se remonta unos cuarenta años atrás, cuando inmigrantes de origen croata llegaron a la Argentina y trabajaron durante años como cocineros; la generación siguiente continuó con la actividad y, ante una situación de desempleo, empezó a elaborar recetas caseras que dieron origen a los sándwiches de miga y a las tortas que todavía hoy forman parte de la carta; el primer local abrió en Villa Luro y después se mudó a Núñez, sobre la calle que le dio nombre al emprendimiento, un recorrido que explica el tono casi artesanal que todavía se percibe en cada bandeja servida. Aun con todo esto ordenado, queda flotando una pregunta que la propia compañía no termina de responder y que, como periodista, no puedo dejar de señalar: si el recorte del canon ya está en la calle y la marca tiene más de dos décadas de recorrido, todavía no se traduce en una catarata de nuevos franquiciados que se acerquen a Munro a firmar, una señal de que en el rubro gastronómico argentino, cuando se baja la barrera de entrada, no siempre alcanza con mostrar la oferta: también hace falta que el Estado ordene variables que hoy siguen dando vueltas, desde la presión tributaria sobre las PyMES hasta la cadena de pagos que muchas veces estrangula al comerciante antes de que pueda terminar de amortizar la inversión inicial, y eso, por ahora, sigue sin resolverse.
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