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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Maní y alergia: por qué una reacción leve puede ser la antesala de una emergencia y cómo prepararse

La alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, advierte que no hay forma de anticipar la gravedad del próximo episodio y detalla los síntomas que obligan a actuar en el momento, sobre todo en los más chicos del hogar.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 6 min de lectura
Maní y alergia: por qué una reacción leve puede ser la antesala de una emergencia y cómo prepararse

Acá va una aclaración que parece obvia y sin embargo hay que repetirla cada vez que se puede: una alergia alimentaria no es un capricho ni una moda, y mucho menos algo que se pueda dimensionar por lo que pasó la última vez. Eso lo remarco porque todavía circula la idea de que si alguien tuvo una reacción leve al maní, la próxima vez será igual. Y no: justamente ese es uno de los puntos sobre los que más insiste la alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, a la hora de hablar con familias y pacientes. La reacción futura no se puede predecir con certeza a partir de lo que ocurrió en el pasado, de modo que una manifestación acotada en una exposición previa no funciona como garantía de que la siguiente vaya a ser benigna.

Para entender la dimensión del asunto, conviene detenerse primero en el lugar del que estamos hablando. No me refiero a un país exótico ni a un laboratorio lejano, sino a la cocina de cualquier casa, a una reunión de familia, al cumpleaños de un chico, al comedor de una escuela, a la góndola de un supermercado. El maní aparece en golosinas, en galletas, en salsas, en platos que uno no imagina, y por eso mismo la exposición accidental es una posibilidad concreta y cotidiana. En ese escenario cotidiano es donde una reacción puede pasar de una molestia pasajera a una anafilaxia, que es el término técnico para la emergencia que puede comprometer la vida en cuestión de minutos.

Cómo arranca una anafilaxia y por qué no hay que confiarse

Hay algo que me parece clave y que Bjelac repite con énfasis: la anafilaxia puede aparecer de golpe, pero también puede empezar con síntomas que parecen moderados y agravarse después. Esa segunda modalidad es la más tramposa, porque genera la ilusión de que el cuadro ya pasó su peor momento cuando en realidad todavía no llegó. Por eso, la recomendación concreta es observar cualquier cambio en el estado de la persona sin dar por sentado que los síntomas van a ceder solos. La espera, en este tipo de cuadro, no es una aliada.

  • Dificultad para respirar o sensación de que falta aire.
  • Sensación de garganta cerrada o dificultad para tragar.
  • Hinchazón marcada, sobre todo en cara, labios o lengua.
  • Mareos, sensación de desmayo o desmayo efectivo.
  • Síntomas que aparecen en dos o más zonas del cuerpo al mismo tiempo, aunque cada uno por separado no parezca extremo.

Este último punto lo subrayo porque suele ser el que más se subestima. Una persona puede tener, por ejemplo, ronchas en la piel y, al mismo tiempo, algo de picazón en la garganta, y pensar que son dos cosas menores que no justifican una intervención urgente. Sin embargo, esa combinación en más de un sistema del cuerpo puede estar marcando un cuadro serio. El umbral para actuar tiene que ser bajo, sobre todo cuando hay antecedentes de alergia al maní o a otros alimentos.

Qué hacer cuando aparecen las señales

Ante esos signos, el procedimiento que describe Bjelac es bastante directo: lo primero es administrar la epinefrina recetada por el médico tratante, y de manera simultánea llamar a los servicios de emergencia. No es una cuestión de esperar a ver si mejora, ni de correr primero a la guardia pensando que el tiempo se puede manejar con paciencia. La epinefrina existe precisamente para esos minutos en los que cada segundo cuenta, y su aplicación a tiempo puede ser la diferencia entre un susto y un desenlace que nadie quiere nombrar.

“La reacción futura no se puede predecir con certeza a partir de lo que ocurrió en el pasado, de modo que una manifestación acotada en una exposición previa no funciona como garantía.”Jaclyn Bjelac, alergista de Cleveland Clinic

Eso lo escuché de labios de Graciela, una vecina de Morón que tiene un nene de cuatro años con alergia diagnosticada al maní. Me decía, mientras tomábamos mate en la puerta de su casa, que lo más difícil no fue aprender a leer las etiquetas ni a explicarles a los abuelos que la manteca de maní no es un snack inocente, sino asumir que por más cuidados que ella y su marido tomen, siempre existe la posibilidad de que algo se les escape. Y en esa rendija, decía, es donde aparece el valor de tener un plan escrito, conocido por todos y revisado con el especialista.

Bebés y niños chicos: cuando los síntomas se disfrazan

Acá viene un tramo que, como padre, me toca de cerca. Identificar una reacción en un bebé o en un niño pequeño suele ser más complicado que en un adulto, justamente porque ellos todavía no pueden decir qué les pasa ni dónde les duele. Pueden aparecer los mismos síntomas que en chicos más grandes —ronchas, hinchazón, dificultad para respirar—, pero también formas de presentación algo distintas, como un llanto inconsolable, un cambio repentino en el tono de la piel, una somnolencia fuera de lo habitual o una negativa a comer que no responde a los motivos de siempre. Esa variación hace más importante que cuidadores, familiares, docentes y cualquier persona que esté a cargo del niño conozcan de antemano qué observar y, sobre todo, cómo proceder si algo de eso aparece.

Bjelac subraya que la preparación previa es parte central de la respuesta. No se trata de vivir pendientes de la alergia ni de convertir cada comida en una operación de riesgo, sino de tener un plan de acción claro, con la medicación siempre a mano y con la convicción interna de saber cuándo usarla. Esa organización, además, implica que todas las personas que forman parte de la vida cotidiana del niño —desde los abuelos hasta los padres de los compañeritos del jardín— conozcan los pasos a seguir. La duda, en el momento en que menos tiempo hay para dudar, es lo que se busca reducir.

Mientras hablaba con Graciela, su nene cruzó el patio corriendo detrás de la pelota y se sentó a nuestro lado con las manos todavía pegajosas de galletitas que ella misma había horneado, sin traces de maní. Lo miré y pensé que esa imagen, tan simple, resume bastante de qué va esta nota: la vida cotidiana sigue, los cumpleaños se festejan, las meriendas se comparten, pero hacerlo de manera informada y con un plan conocido por todos es lo que permite que esa normalidad no se vuelva una emergencia. La prevención cotidiana sigue siendo un pilar: saber dónde puede estar presente el maní —golosinas, productos de panadería, salsas, platos de restaurantes— y revisar las etiquetas reduce las chances de una exposición accidental. Y aun así, cuando el margen de error existe, lo que marca la diferencia es estar preparados antes de que llegue el momento.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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