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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Lo que nos enseñaron antes de ser padres se vuelve a jugar con cada hijo

El psicólogo Maxi McCoubrey sostiene que la crianza repite y a la vez reacciona contra la propia infancia, y que la clave no está en buscar un manual sino en mirar de frente al hijo concreto que se tiene enfrente.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 6 min de lectura
Lo que nos enseñaron antes de ser padres se vuelve a jugar con cada hijo

A esta altura de las notas que uno viene escribiendo, hay una sensación que aparece cada vez más seguido en las conversaciones que tenemos con los lectores: la duda de si estaremos repitiendo, sin darnos cuenta, aquello que nos dolió cuando éramos chicos. La pregunta no es nueva, pero parece que en estos tiempos ganó una urgencia que antes no tenía, como si de golpe la crianza se hubiera vuelto un asunto que ya no puede resolverse en piloto automático. Y en parte tiene sentido: cada vez más gente se anima a mirar hacia atrás, a revisar lo que recibió y a preguntarse qué de eso está filtrándose en el vínculo con sus propios hijos.

Sobre este tema conversé con el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, y lo primero que me dejó claro es que no existe nadie que arranque la crianza desde cero. Cada madre y cada padre es, antes que nada, hijo de una historia. "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", me dijo, como para empezar a ordenar la conversación. Esa historia se mete, sin pedir permiso, en la manera de hablar en la mesa, en cómo se pone un límite, en la forma de reaccionar cuando hay un conflicto, y también en las ideas que circulan por casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.

Las marcas que más cuestan

Cuando le pregunté qué era lo más difícil de revisar, McCoubrey me respondió algo que en principio suena casi obvio, pero que en el fondo incomoda: las huellas más resistentes no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas al funcionamiento cotidiano que uno puede pasarse años sin cuestionarlas. Entre las que el especialista menciona aparecen las pérdidas silenciadas, las violencias que se naturalizaron al punto de parecer normales, las vergüenzas heredadas y los mandatos que viajan de generación en generación sin que nadie se detenga a mirarlos de cerca. El hilo en común, según me explicó, suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno tenía previsto.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Acá, en la redacción, más de uno levantó la ceja cuando leyó esa frase. Porque pone sobre la mesa algo incómodo: no se trata de borrar cada cosa que recuerde a la propia crianza, sino de identificar qué de aquello efectivamente hizo sufrir. Hay rutinas, gestos, formas de decir que son simples herencias culturales y no necesariamente un problema. Otras, en cambio, pesan. Y distinguirlas, según McCoubrey, es la primera tarea pendiente.

El espejo y la reacción

Otro punto que me llevó a pensar es el de los padres que intentan hacer todo lo contrario de lo que recibieron. La intención es sana, pero el especialista advirtió que tampoco garantiza un buen resultado. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", explicó. Lo escuché y enseguida me acordé de Marta, una vecina del barrio que siempre cuenta que ella, que se crió con muy poco, les compra absolutamente todo a sus hijos porque no quiere que pasen por lo que ella pasó. Es un caso testigo de lo que describe McCoubrey: el amor se vuelve una operación inversa, pero no por eso más lúcida. Quien se crió en un esquema rígido, agregó, puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática, y termina sobreprotegiendo a un chico que lo único que necesita es un marco para ir aprendiendo solo.

  • Pérdidas que nunca se nombraron en la familia de origen.
  • Violencias que se naturalizaron al punto de parecer normales.
  • Vergüenzas heredadas, que se transmiten sin que nadie las registre.
  • Mandatos rígidos sobre cómo se debe sentir, pensar o vivir.
  • La dificultad para tolerar que un hijo sea diferente a lo esperado.

Mirar al hijo que se tiene enfrente

La salida, para McCoubrey, no es un punto medio calculado con regla y compás. Es algo más sencillo y a la vez más exigente: mirar al hijo concreto que cada uno tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", señaló. Poner límites no es ser el padre que uno tuvo, ni tampoco dejar de ponerlos es ser el padre opuesto; la diferencia está en el cómo, en el para qué y en cómo se siente el chico después de cada situación.

Señales de que la propia historia se está metiendo

Antes de terminar la charla le pedí a McCoubrey algunas pistas concretas para identificar cuándo la historia propia se está filtrando en la crianza sin permiso. La primera que mencionó fue una reacción desmedida frente a una situación cotidiana: una bronca que se desborda por algo menor, una preocupación extrema o la necesidad compulsiva de tener todo bajo control. También nombró el adelantarse a escenas del futuro, responder a lo que imagino que va a pasar en lugar de a lo que efectivamente está pasando, y la dificultad para escuchar al hijo sin estar ya preparando la respuesta.

Le pregunté entonces qué hacer cuando uno advierte que se equivocó. McCoubrey fue didáctico: cambiar no implica no volver a fallar. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", me dijo, con esa cadencia que tienen los psicoterapeutas cuando quieren poner ejemplos aterrizados. La idea, parece, no es la perfección sino la dirección. No la de un manual aplicado en frío, sino la de alguien que va eligiendo, día a día, en qué clase de padre o madre se está convirtiendo.

Me fui del consultorio pensando en la cantidad de gente que, en la redacción, en el barrio, en la verdulera de la esquina, me dijo alguna vez "no quiero ser como mi viejo" o "no quiero que mi hijo sufra lo que sufrí yo". Son frases nobles y repetidas, que a esta altura funcionan casi como un slogan generacional. Pero lo que me llevo de la charla es que la voluntad no alcanza: hace falta mirarse, hace falta revisar, y sobre todo hace falta bancarse la incomodidad de ver qué de uno mismo se está poniendo en juego cada vez que se le pone un límite, un beso o un grito a un hijo. Recién ahí, tal vez, empieza la diferencia.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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