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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Latido Riojano

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La vez que Nintendo se disfrazó de guardián del olvido para tapar una parodia caliente de Mario Bros

A principios de los noventa, una productora de cine para adultos rodó en dos días y con veinte mil dólares una historieta subida de tono con el fontanero más famoso del mundo. La compañía japonesa compró las cintas, las guardó bajo llave y, durante más de una década, muchos creyeron que el affaire nunca había existido.

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Micaela OyolaCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La vez que Nintendo se disfrazó de guardián del olvido para tapar una parodia caliente de Mario Bros

Aquello ocurrió en algún depósito sin ventanas de Kioto o, mejor dicho, en alguna carpeta muy bien cerrada dentro de un escritorio legal. Pero la escena inicial hay que buscarla mucho más al sur, en un set improvisado de Los Angeles, a comienzos de los años noventa, donde un tipo llamado Buck Adams olió sangre creativa. Super Mario era un fenómeno planetario, los chicos hacían cola en los arcade y el nombre del fontanero bigotudo se repetía hasta en los recreos. Adams, director y actor de cine para adultos, pensó lo impensado: si el mundo estaba enamorado de Mario, también pagaría por verlo sin pantalón. Y lo hizo.

El rodaje fue tan veloz como. Dos jornadas, un presupuesto cercano a los veinte mil dólares y un guion escrito, según se cuentan, a la velocidad de la fiebre. El material grabado, en fajas y fajas de celuloide caliente, salió tan extenso que los productores resolvieron partirlo en dos y bautizar a las criaturas con nombres que todavía hoy hacen sonrojar: Super Hornio Brothers y su secuela, Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns. Eran, literalmente, películas pornográficas con personajes que recordaban al Mario Bros y a la Princesa Peach, atravesando reinos de champiñones gigantes y tuberías sospechosas.

El fracaso oficial y la orden de comprar y callar

El timing fue tragicómico. En 1993 se estrenó también la película oficial de Super Mario Bros, dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel, una adaptación con Dennis Hopper como villano que fue un fracaso de taquilla y, sobre todo, un castigo de la crítica. La imagen de los personajes quedó malherida, y en Nintendo se encendieron todas las alarmas internas. La pregunta fue directa: si el cine serio había quedado pegado, qué podían hacer dos cintas subidas de tono con los mismos personajes.

La respuesta, vista hoy, suena casi a novela de espionaje corporativo. Nintendo no salió a pedir que se retiraran las películas, ni a denunciarlas en los tribunales. Hizo algo más silencioso y mucho más efectivo: compró los derechos de ambas producciones poco después de su estreno. La operación se manejó con una discreción casi quirúrgica, sin comunicado de prensa, sin fanfarria, sin admitir nunca oficialmente que la adquisición había ocurrido. El único objetivo era archivar el material y que nadie pudiera redistribuirlo.

  • Compra silenciosa de los derechos en 1993, tras el fracaso de la película oficial de Super Mario Bros.
  • Presupuesto inicial de la parodia: cerca de 20.000 dólares, rodados en dos días.
  • La estrategia apuntó a generar olvido y no publicity: no hubo acciones legales ruidosas.
  • Dudas sobre la existencia real de las cintas durante más de una década.
  • En 2009 se filtró una copia parcial de la segunda entrega; la primera nunca apareció.

Durante años, los foros de coleccionistas y los sitios especializados discutían si Super Hornio Brothers había sido un rumor urbano o un invento de fans malhumorados. La operación de Nintendo fue tan prolija que el archivo se volvió, en la práctica, un agujero negro. Como suele pasar en estos casos, el silencio corporativo alimentó el mito: lo que no se podía ver ganaba densidad propia. Y acá aparece la perlita tragicómica del asunto: Ron Jeremy, el actor protagonista de ambas cintas, confirmó públicamente que los derechos le pertenecen hoy a la Gran N y que, legalmente, no se pueden reeditar ni circular. El tipo lo dijo con una mezcla de resignación y de orgullo de viejo milico del celuloide.

Un caso testigo de cómo se entierra un disparate

El episodio quedó como una rareza casi de museo en la historia de la propiedad intelectual del entretenimiento. Pocas veces se vio a una empresa de videojuegos comprar cine para adultos no para distribuirlo, sino para que nadie pudiera verlo. La lógica, claro, fue defensiva: Nintendo ya había recibido un golpe con la adaptación oficial, y cualquier sátira subida de tono podía profundizar el daño a una marca que es, ante todo, un símbolo familiar. La decisión fue tan efectiva que, en cierto modo, terminó protegiendo la historia: la primera película sigue desaparecida, mientras que de la segunda sólo sobrevive una copia parcial aparecida en 2009.

Cuando lo pienso con algo de distancia, lo que más me llama la atención no es el chiste procaz del título ni la estética ochentosa de las cintas. Es la paciencia. La parodia se rodó en dos días, se estrenó casi en simultáneo con la superproducción oficial y, sin embargo, Nintendo tardó apenas unas semanas en sentarse a la mesa, comprar el catálogo entero y guardarlo en un cajón con llave. Esa combinación de urgencia inicial y silencio posterior es la que vuelve al episodio tan argentino en el fondo, aunque los protagonistas sean japoneses y californianos: cuando algo te avergüenza, lo mejor es comprarlo, esconderlo y fingir que nunca pasó. La próxima fecha del calendario, por ahora, sigue siendo la de cualquier hackeo que se anime a filtrar el resto del material: una cita improbable, pero nunca imposible.

MO
Micaela OyolaCultura y espectáculos

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