La trampa del sedentario que entrena: por qué hacer deporte no alcanza para zafar de las horas sentado
El kinesiólogo Emiliano Gallegos advierte que muchos se creen activos porque van al gimnasio, pero acumulan ocho horas frente al escritorio sin moverse. Páusas activas, técnica antes que carga y una frecuencia razonable, las claves para retomar sin lesionarse.

Yo llevo años escuchando eso de "yo hago deporte, así que no soy sedentario" en la cola del chino, en la vereda mientras se saca el auto o en la misma sala de espera del consultorio. Y cada vez que lo escucho me acuerdo de una frase que el kinesiólogo Emiliano Gallegos me dejó dando vueltas: "Nos consideramos no sedentarios, pero muchas veces somos sedentarios que hacen deporte". La diferencia parece un detalle y en realidad es un abismo, sobre todo para el que se pasa ocho horas sentado frente a la pantalla y cree que con una hora de pesos ya está a salvo.
Moverse en los intersticios de la jornada
Acá, del otro lado del mostrador, lo que Gallegos propone es bastante razonable y, si me apuran, hasta revolucionario para el ritmo de oficina que se gasta en esta ciudad. La idea es sencilla: abrir grietas de movimiento en una jornada que de otro modo es una losa. El kinesiólogo lo puso en palabras bien concretas: subir por escalera en lugar de tomarse el ascensor, o aprovechar el momento en que se prepara el café para hacer unas sentadillas al lado de la cafetera. Suena a broma, pero no lo es. Es la diferencia entre un cuerpo que se oxida de a poco y uno que, al menos, se estira cada tanto.
“Lo fundamental es hacer una evaluación, preguntar por los hábitos y, a partir de eso, planificar.”Emiliano Gallegos, kinesiólogo
Lo primero que pidió Gallegos cuando se planifica la vuelta al entrenamiento es, justamente, no ir directo al hierro. Hay que pasar por una evaluación previa, preguntar qué hábitos tiene cada uno y, recién a partir de ese mapa, armar la rutina. Parece lógico, pero la mayoría -me incluyo- salta ese paso y termina copiando lo que hacía el pibe del video o lo que le contó el compañero del gimnasio.
- Alrededor de tres entrenamientos por semana como frecuencia razonable.
- Arrancar con ejercicios básicos antes de aumentar la dificultad.
- Priorizar la técnica del movimiento por encima de la carga.
- Cerrar cada sesión con estiramientos y una vuelta a la calma.
- Sumar pausas activas durante la jornada para combatir las horas sentado.
La técnica, esa gran olvidada
Acá viene el punto que más me interesa destacar, y que el propio Gallegos repitió con énfasis: la técnica del ejercicio está antes que el peso que se levanta. "Lo más importante es la técnica del ejercicio, no la carga, para no lesionarse", resumió. Y la razón es bien simple: si el cuerpo todavía no aprendió a hacer bien el movimiento, cargarle más kilos encima es pedirle a una estructura que todavía no está adaptada que se banque un esfuerzo para el que no fue preparada. El resultado, casi siempre, es una lesión que te saca dos meses.
En el barrio lo veo seguido. Viene el vecino Carlos, que hace dos años no toca una pesa, y arranca con la misma rutina que hacía a los veinticinco. A las tres semanas está con el hombro hecho pelota, renegando en el consultorio. La escena se repite con los nombres que uno quiera: la culpa no es del ejercicio, es de la urgencia por quemar lo que se comió en las fiestas o por llegar "listo" al verano. El cuerpo necesita su tiempo para volver a entender lo que le piden, y la progresión, insistió Gallegos, tiene que ir de la mano de esa adaptación.
Hacer deporte no borra el sedentarismo
Vuelvo a la idea que más me quedó dando vueltas de toda la charla, esa de que el sedentario que entrena es casi una figura que inventó la vida moderna. Gallegos es claro: una hora de actividad programada no compensa mágicamente las otras veintitrés del día. Por eso la solución no pasa solo por anotarse en un gimnasio sino por meterle movimiento al resto de la jornada, aun en pedazos chicos. Una escalera en lugar del ascensor, unas sentadillas mientras hierve el agua, una caminata hasta el kiosco en lugar del pedido por aplicación. La acumulación de esos gestos es lo que va corroyendo, de a poco, la etiqueta de sedentario.
Me quedo con la imagen que me armé mientras escribía esta nota: la de alguien que sale del consultorio con la rutina nueva bajo el brazo y que, en vez de tomarse el ascensor hasta planta baja, dobla para la escalera. No es un héroe ni un atleta, es apenas alguien que decidió moverse un poco más y lesionarse un poco menos. A veces las revoluciones más grandes empiezan por una escalera.
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