La pantalla que no se apaga: cómo el cerebro queda atado al celular aun cuando lo soltamos
Un neurocientífico y un lingüista del CONICET explican por qué sentimos que el teléfono vibró sin que haya llegado nada, qué pasa con la atención familiar cuando los adolescentes temen quedar afuera de las conversaciones, y por qué dejar el dispositivo en la mesa puede costar más de lo que parece.

Le cuento una escena que cualquiera puede reconstruir en su casa, acá nomás, en cualquier cocina o living de barrio: alguien deja el celular boca abajo sobre la mesa, mira la television, come, conversa, y sin embargo cada dos o tres minutos la mano vuelve a buscar la pantalla. No hay tono. No hay mensaje. Tampoco hay culpa. Hay, en realidad, una maquinaria silenciosa que trabaja por dentro, y que dos investigadores argentinos se propusieron describirla con la mayor claridad posible.
El neurocientifico fabricio ballarini y el linguista juan e bonnin, ambos investigadores del conicet, vienen dando vueltas a este asunto desde hace rato y acaban de volcarlo en un libro titulado (des)conectados. La idea central que desarrollan es bastante simple de enunciar y bastante molesta de aceptar: aun cuando dejamos el telefono a un costado, una parte de nuestra atencion sigue enganchada en el, como si la mano hubiera quedado tensa esperando el momento de volver a tomarlo. Para explicarlo, los autores recurren a un fenomeno que todos conocemos y que casi nadie se detiene a pensar: las llamadas notificaciones fantasma, esos avisos que sentimos pero nunca llegaron.
La ilusion de la vibracion y el cerebro que se prepara
Ballarini suele contar que el cerebro aprende a asociar el celular con pequenas recompensas: un like, un comentario, un mensaje de alguien conocido. Esa asociacion, explican los investigadores, vuelve al aparato capaz de generar respuestas anticipadas, de manera que un roce de la tela de la camisa, un ruido cercano o el simple paso de alguien por detras puede ser leido por nuestra cabeza como una senal del telefono. No es capricho, es un mecanismo que se alimenta de la expectativa constante de recibir algo. Y lo notable es que funciona aun cuando ya decidimos mirar hacia otro lado.
El miedo a quedar afuera, sobre todo en los adolescentes
Hay un angulo del tema que los autores describen con especial cuidado, y es el que toca la vida familiar. Lo que en la jerga se conoce como fomo, por las siglas en ingles de fear of missing out, traducido como miedo a perderse algo, pega mas fuerte en los adolescentes, pero no es patrimonio exclusivo de ellos. Para un chico o una chica de quince o diecisiete anos, perder el acceso a las conversaciones del grupo de amigos puede sentirse como quedar excluido en vivo y en directo, una suerte de exclusion social que se vive con mucha intensidad y que muchas veces los padres perciben solo cuando el malestar ya se instalo. Marta, una vecina del barrio de belgrano con la que hable mientras juntaba los terminos de esta nota, me decia mientras revolvia el cafe que a su hija de catorce la nota 'ansiosa' apenas se queda sin bateria, como si el telefono fuera una extension del brazo.
- Las notificaciones fantasma aparecen cuando el cerebro interpreta cualquier senal menor como un aviso del celular, aunque el aparato no haya vibrado ni sonado.
- El fomo o miedo a quedar afuera se siente con mas fuerza en los adolescentes, que pueden vivir la falta de acceso a un chat como una exclusion de su grupo de pertenencia.
- Estar pendiente de las novedades digitales consume parte de los recursos atencionales y de la memoria de trabajo, lo que reduce la capacidad de concentrarse en lo que ocurre alrededor.
- Reconocer la dependencia no se mide solo en la cantidad de veces que se desbloquea la pantalla: tambien importa advertir la preocupacion constante por perderse algo.
- Dejar el celular no siempre se vive como guardar una herramienta, porque las pantallas alojan vinculos y actividades que hoy forman parte de la vida cotidiana.
Lo que la atencion deja en el camino
Ballarini y bonnin insisten en un punto que a mi me parece clave y que vale la pena repetir: estar atentos a las novedades digitales no es gratis, tiene un costo, y ese costo sale de los recursos que necesitamos para conversar en la mesa, para escuchar a un nino que quiere contar algo, para seguir el hilo de una pelicula o para recordar donde dejamos las llaves. Los investigadores asocian un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atencion en las tareas del dia. No hace falta ser cientifico para comprobarlo en cualquier casa donde la television esta prendida, el celular vibra y alguien pregunta en voz baja 'me escuchaste, che'.
“Dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta, puede sentirse como abandonar, por un rato, un espacio de encuentro.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, en (Des)Conectados
Aun asi, la propuesta de los autores no es para nada catastrofista ni moralista, y eso me parece justo resaltarlo. No estan pidiendo que tiremos los celulares al rio ni que volvamos a las maquinas de escribir. Lo que proponen, en todo caso, es tomar conciencia de un mecanismo que de tan cotidiano se vuelve invisible, y recuperar el valor del conocimiento, de la memoria y del esfuerzo de pensar frente a un mundo que tiende a derivar esa tarea hacia las pantallas. Los propios investigadores reconocen que las pantallas hoy alojan conversaciones, vinculos y actividades que forman parte de la vida diaria, y que por eso dejarlas no se siente como soltar una herramienta sino, a veces, como ausentarse de un lugar. Entender eso, dicen, es el primer paso para decidir en que momentos del dia uno se permite esa ausencia sin culpa y en que momentos, en cambio, conviene volver a prestarse atencion a lo que pasa del lado de afuera del telefono.
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