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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La nueva vida de Luli Fernández: de la agenda saturada a las tardes de mate y silencio

Después de separarse tras catorce años de pareja, la modelo y conductora reorganizó su rutina alrededor de su hijo de siete años, el entrenamiento y varias terapias. Cuenta que lo que cambió no fueron las horas, sino la decisión de dejar los espacios vacíos.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
La nueva vida de Luli Fernández: de la agenda saturada a las tardes de mate y silencio

Acá en Buenos Aires, cuando uno cruza la frontera invisible que separa la vorágine del centro de la quietud de las casas bajas, empieza a entender de qué habla Luli Fernández cuando dice que aprendió a quedarse quieta. La modelo y conductora tiene 38 años, un hijo de siete llamado Indalecio y una jornada que arranca, literal, a las seis de la mañana, cuando todavía el barrio está dormido y sólo se escucha el ruido lejano de un colectivero que dobla en la esquina.

La mañana, me cuenta, es un asunto familiar y minucioso. "Me levanto a las seis, le preparo el desayuno a Indalecio y, cuando llega la chica que nos ayuda en casa, armamos juntos el lunch del colegio, desayunamos y nos subimos al auto para ir a Vicente López", describe sobre la rutina que comparte con su hijo, desde el departamento de Recoleta. El viaje, dice, se llena de música y de charla, como una pequeña expedición cotidiana de padre y madre que, aunque ya no son pareja, siguen construyendo el puente de la crianza.

Cuerpo, cabeza y astros

Después de dejar a Indalecio en la escuela, la agenda cambia de signo y se vuelve estrictamente personal. Fernández entrena con un profesor de musculación tres veces por semana y lleva un seguimiento nutricional que, según dice, le ordenó no sólo la alimentación sino también los ánimos. A eso se suma un abanico de terapias que, leído de corrido, parece un mapa de laoferta contemporánea del bienestar: terapia tradicional, terapia neural, constelaciones familiares, biodecodificación y registros akáshicos. "Voy a una astróloga y a una numeróloga", agrega, "las consulto mucho para tomar decisiones, tanto personales como laborales". Lo dice sin ironía, como quien enumera las herramientas que tiene colgadas en la pared.

“Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz.”Luli Fernández

El resto del día lo ocupa el trabajo, que en su caso sigue siendo bastante. Conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital, que empezó con ediciones dedicadas a mujeres y este año sumó una centrada en varones, una movida que le valió la nominación a los premios Martín Fierro. Pero lo interesante, lo que se nota cuando uno escucha el tono de su relato, es que ya no es el trabajo el que organiza la vida. "Durante muchos años el trabajo fue mi refugio, llenaba todo, no paraba nunca", reconoce. Lo que cambió, insiste, no fue la cantidad de horas sino la decisión consciente de no tapar los huecos del calendario con nada.

Las tardes de mate, los perros y la vida que se elige

  • Entrenamiento con profesor de musculación tres veces por semana, con plan nutricional.
  • Cinco modalidades terapéuticas distintas, de la consulta psicológica a la biodecodificación.
  • Asesoramiento habitual con astróloga y numeróloga para decisiones personales y laborales.
  • Ciclos de entrevistas en plataforma digital, con nominación al Martín Fierro.
  • Miércoles y sábados a la noche: salidas con amigas cuando Indalecio está con su padre.

Y acá viene, para mí, la parte más reveladora de la conversación. Cuando Indalecio está con su padre, miércoles y sábados, Luli podría llenar esas tardes con eventos, reuniones o proyectos. Elige, en cambio, quedarse en casa. "Me quedo mirando una serie, tomando mate, con mis tres perros", dice, y en esa enumeración chiquita está la filosofía entera: la vida ya no se mide por lo que se acumula afuera sino por lo que se decide dejar adentro, en silencio. "Desde que vivo sola con mi hijo, el vínculo con él se profundizó mucho", asegura, y otra vecina del barrio, Marta, que la cruzó una mañana en la panadería, me dijo al pasar: "Se la ve más tranquila, como más plantada". A veces, las cosas que dicen los demás en la fila del pan confirman más que cualquier párrafo ensayado.

Fernández dice que ese aprendizaje empezó en el momento más crudo de la separación, cuando en vez de salir corriendo a llenar la agenda optó por quedarse quieta, dejar que el tiempo pasara y ver qué quedaba después del tornado. De esa pausa, dice, salió la persona que hoy se reconoce más liviana. Es, en definitiva, una historia bastante de estos tiempos: la de alguien que descubre que la felicidad no está en sumar horas ocupadas sino en restarle ruido a la vida. Y que las tardes, en este país, se disfrutan mucho más cuando uno elige, en lugar de hacer, simplemente estar.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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