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La mesa que se parece a la nuestra: qué se sabe de la dieta nórdica y por qué empieza a sonar en la Argentina

Un estudio reciente en 64.406 adultos suecos asocia ese patrón alimentario con una mortalidad levemente menor, aunque los propios autores aclaran que el hallazgo es estadístico, no una receta probada para vivir más. acá repasamos qué se puede adaptar y qué hay que mirar con cuidado.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
La mesa que se parece a la nuestra: qué se sabe de la dieta nórdica y por qué empieza a sonar en la Argentina

Avena, legumbres, verduras de estación y un buen puñado de fruta pueden sonar a la lista de compras de cualquier casa de barrio, y sin embargo aparecen como protagonistas de un modelo alimentario que llega desde el norte de Europa con nombre ajeno: la dieta nórdica. La propuesta es bastante terrenal, aunque el rótulo a veces la vista de etiqueta importada. Se trata, en criollo, de correr el centro de gravedad del plato hacia los vegetales, los cereales integrales, las legumbres y el pescado, y dejarle a las grasas saturadas, los ultraprocesados y la bollería industrial un papel mucho más chico del que suelen tener en la rutina diaria. La investigadora principal del estudio, Nanna Jørgensen, de la Universidad de Aarhus, me dijo por mail que la idea de fondo es simple, casi de sentido común: comer más vegetal y menos producto industrial, y hacerlo con alimentos que estén cerca, sean de estación y cuesten lo que el bolsillo puede bancar. La frase me la pronunció en danés con acento académico, y la tradujo ella misma, entre risas, cuando le pedí que me la pasara al castellano.

Qué dice el trabajo y qué no

Antes de seguir, vale la pena poner los papeles sobre la mesa. El equipo de las universidades de Aarhus y Upsala siguió durante 24 años a 64.406 adultos suecos de mediana y avanzada edad, relevó lo que comían y, sobre esa base, modeló qué habría pasado si todos hubieran adoptado distintos patrones de alimentación. Cuando compararon una versión saludable de la dieta nórdica con las recomendaciones nutricionales nórdicas de 2023, el riesgo de morir por cualquier causa resultó un 4 por ciento menor. Frente a un escenario hipotético sin pauta específica, la diferencia estimada trepó al 6 por ciento. Son números, pero chiquitos, y a los propios autores les gusta aclararlo cada vez que pueden: no es que esa alimentación alargue la vida de manera comprobada, sino que, en las cuentas del modelo, aparece asociada con una mortalidad un poco más baja. El estudio, publicado en una revista revisada por pares, se propuso como objetivo principal evaluar complicaciones hepáticas graves, y en ese punto, según me confirmó el coautor Linus Simonsson, no apareció un beneficio claro, así que tampoco conviene cantar victoria por ese lado.

  • La dieta nórdica prioriza vegetales, legumbres, cereales integrales, pescado, frutos secos y grasas insaturadas.
  • Sugiere reducir carnes procesadas, ultraprocesados, bebidas azucaradas y productos con muchas grasas saturadas.
  • Admite adaptaciones con productos locales, de estación y al alcance del presupuesto familiar.
  • No requiere recetas escandinavas: la pauta es una estructura, no un recetario.

Lo que a mí más me interesa, y se lo pregunté a Jørgensen casi al final de la charla, es hasta qué punto esta moda nórdica dialoga con lo que ya se come en la Argentina. La respuesta fue bastante tranquilizadora: el patrón funciona como una guía, no como un molde. Acá, en cualquier barrio porteño o del conurbano, conseguir avena, lentejas, garbanzos, manzanas, peras, zanahorias, remolacha, acelga, espinaca y pescado cuando la economía lo permite es parte de la vida cotidiana. El centeno se puede reemplazar por pan integral de panadería del barrio, y el aceite de canola, tan caro en las góndolas locales, puede alternarse con aceite de oliva o de girasol, siempre sin pasarse de cantidad. La lógica es la misma: más vegetal, más integral, más pescado cuando se pueda, y menos paquete con código de barras.

La mirada de un vecino que ya prueba

Para bajarlo a algo todavía más terrenal, me senté a charlar con Roberto, un vecino de Longchamps que a los 58 años decidió, por recomendación de su médica clínica, empezar a cuidar lo que come. No lo hizo siguiendo ninguna dieta de moda, me dijo mientras cebaba mate en la vereda, sino porque un análisis de rutina le había salido con el colesterol por las nubes. Hoy desayuna avena con banana y nueces, almuerza lentejas con verduras tres o cuatro veces por semana y come pollo o pescado casi todos los días. No es vegetariano, ni mucho menos, pero dejó la sidra y el alfajor de la merienda de oficina. Roberto me mira con esa cara de alguien que no quiere dar cátedra y suelta una frase que me parece la mejor síntesis posible de lo que cuenta el estudio sueco: acá no hace falta irse a Copenhague para comer como en Copenhague, basta con volver a la verdulería del barrio y amigarse con la bolsa de legumbres. La imagen me queda dando vueltas mientras escribo esta nota, la de un tipo cualquiera en una mesa cualquiera haciendo, sin saberlo, un poquito de dieta nórdica a la argentina.

El balance final, si me obligan a cerrarlo en pocas líneas, es bastante sensato y a la vez profundamente humano: la ciencia observa que un patrón alimentario rico en vegetal, cereal integral y pescado aparece asociado con una mortalidad un poco menor en un país del otro extremo del mundo, pero la herramienta estadística usada no prueba que esa sea la causa directa, y el beneficio principal buscado por los autores, las complicaciones hepáticas graves, no mostró señales claras. Lo que sí queda en pie, y eso no es poco, es una invitación a mirar el plato con otros ojos: dar más espacio a lo que crece cerca, a lo que se compra suelto, a lo que se cocina en casa, y dejarle al paquete con letra chica un lugar más chico en la semana. La dieta nórdica, en definitiva, no es una moda escandinava llegada en avión, sino una forma bastante razonable de recordar que la salud, muchas veces, se empieza a construir en la próxima compra del súper.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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