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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Latido Riojano

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La memoria borrada como motor de una distopía: lo que la tercera temporada de Silo le devuelve al lector del surco

Graham Yost, el showrunner de la serie de ciencia ficción de Apple TV+, explica por qué la protagonista de Rebecca Ferguson pierde sus recuerdos, cómo se redibujaron los antagonistas y de qué manera el autor Hugh Howey acompaña los desvíos respecto de su propia trilogía.

RQ
Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura · · 5 min de lectura
La memoria borrada como motor de una distopía: lo que la tercera temporada de Silo le devuelve al lector del surco

En un día templado, de esos que invitan a sentarse en la galería con un mate de tardanza y leer sin apuro, uno se cruza con la noticia de que la serie Silo acaba de cerrar su tercera temporada y lo hace a fuerza de una pregunta incómoda, que es justamente la pregunta que el campo conoce bien: qué pasa cuando alguien decide qué recordás y qué no. Graham Yost, el showrunner de esta distopía disponible en Apple TV+, me parece que se tomó en serio ese interrogante y lo empujó hasta convertirlo en el corazón de los nuevos capítulos, y a mí, como espectadora de cuarenta y tantos que sigue la tira desde el arranque, eso me dejó pensando más de una tarde mientras caminaba entre las viñas.

La decisión más visible de la temporada fue la que afecta a Juliette Nichols, el personaje que interpreta Rebecca Ferguson, y la explicación que ofrece Yost resulta tan concreta como elocuente. Todo arrancó, según cuenta el propio showrunner, con un personaje secundario de los libros de Hugh Howey: Daniel, un hombre que despierta de la criosuspensión convencido de llamarse Troy. A partir de esa vuelta de tuerca, el equipo creativo se preguntó qué ocurriría si Juliette regresara al silo después de todo lo que había hecho y, sobre todo, si las autoridades del lugar podían deshacerse de ella con un simple ajuste de cuentas.

Una protagonista demasiado popular para ser eliminada

La respuesta que encontraron los guionistas fue la que terminó dándole título a buena parte de la temporada: como Juliette se había ganado el afecto de la gente del Silo 18, los poderosos no podían liquidarla sin pagar un costo político alto. Entonces apelaron al recurso que conocen todos los sistemas que temen a sus propios vecinos, que es borrar la memoria y reescribir la historia. De ahí que el personaje de Ferguson amanezca en esta entrega sin recuerdos, y de ahí también el comentario textual que Yost le dejó a la prensa especializada: "El control de la memoria es una parte fundamental de este proyecto. Sabemos que en el Silo 18 prácticamente borraron los recuerdos de todos hace 140 años".

Lo curioso del caso, y lo que a mí me resulta más atractivo como espectadora adulta que ya vio de todo, es que la temporada 3 adapta el segundo libro de la trilogía de Howey, una novela en la que Juliette apenas aparece hacia el final. Esa ausencia obligó al equipo a construirle un arco propio, desde cero, y para eso sumaron a una hermana de Daniel que regresa de una misión de aviación naval sin poder recordar nada de lo vivido, un recurso que les permitió hablar de la pérdida, del trauma y de la identidad desde dos voces distintas. La dupla funciona, y funciona porque nunca se presenta como un truco de manual sino como una herida que se ve en pantalla.

Antagonistas que se redimen y un autor que avala los cambios

Otro de los temas que Yost abordó con mayor detalle fue el de los villanos, y ahí la serie vuelve a tomar distancia del cliché. Bernard y Sims, que en las primeras temporadas aparecían como figuras francamente amenazantes, en esta entrega descubren que el Silo Uno puede destruirlos en cualquier momento, y eso los obliga a decidir qué hacen con esa verdad. "Las personas pueden redimirse", sostiene Yost. "Incluso las personas que han hecho cosas malas, en muchos casos, no sabían que eran los malos." Es una frase que a mí, que vengo del campo y veo cómo a veces el vecino que parecía adverso termina siendo un buen compañero de cooperativa, me suena de manera bastante directa, y me parece que la serie acierta al ponerla en boca de su propio creador.

En cuanto a las críticas de los lectores que sienten que la serie se aleja demasiado de los libros, Yost se mostró tranquilo, y con razón. Hugh Howey, el autor que publicó su primera historia en Amazon y se crio en la cultura del fanfic, acompaña los cambios y los celebra. "Para él, todo esto consiste en formar parte de una comunidad de personas que trabajan dentro de esta historia", resumió Yost, y esa licencia que el escritor les da a los guionistas es, a mi entender, la que termina garantizando que la adaptación tenga vida propia y no se convierta en una calesita repetida del texto original.

Lo que el Estado todavía no resolvió

Hay algo que a mí, como lectora de noticias y espectadora de series, me sigue llamando la atención: mientras la ficción se preocupa por mostrar cómo un poder centralizado puede borrar la memoria de toda una comunidad para sostener su relato, en la vida real el Estado argentino sigue sin resolver debates elementales, como quién controla qué se recuerda y qué se enseña en las escuelas, qué archivos permanecen accesibles y cuáles desaparecen detrás de un cambio de gestión, y de qué manera se garantiza que el ciudadano de a pie pueda reconstruir la cadena de decisiones que afectaron su vida. La serie lo pone en escena con una elipsis elegante, pero el paralelismo, del surco a la góndola, desde la viña hasta la mesa del consumidor, sigue incomodando, y me parece que por eso Silo convoca cada vez a más público adulto que busca en la pantalla las preguntas que la política no le responde.

RQ
Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura

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