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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La autoestima herida: por qué a veces tarda en curarse y qué hacer mientras tanto

Un relevamiento suizo siguió a más de mil adultos durante seis meses y confirmó lo que muchos intuyen: la mayoría sale adelante, aunque un núcleo chico queda atascado en la mala percepción de sí mismo. Acá, lo que dice la psicología y lo que se ve en la calle.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
La autoestima herida: por qué a veces tarda en curarse y qué hacer mientras tanto

A mí me gusta empezar estas notas parado en la puerta de algún bar de barrio, con el café servido y la gente yendo y viniendo, porque ahí, en esa mezcla de caras conocidas y preocupaciones compartidas, aparece siempre la pregunta del día. Hoy toca una que se escucha mucho en estas mesas: qué le pasa a la imagen que uno tiene de sí mismo después de un golpe fuerte, ya sea perder el trabajo, terminar una relación, ver cómo se aleja un amigo del alma o volver a casa con un examen reprobado bajo el brazo. Y, sobre todo, cuánto tarda en volver a acomodarse esa cosa tan íntima que los psicólogos llaman autoestima, esa especie de termómetro interno que mide cuánto nos creemos capaces de querer y de ser queridos.

Un estudio suizo con mil adultos durante seis meses

Lo más interesante que apareció últimamente es un trabajo de la Universidad de Zúrich, publicado este año, que le siguió el rastro a más de mil adultos alemanes durante 24 semanas. Todos ellos habían atravesado, en las seis semanas previas al inicio del seguimiento, algún episodio adverso: la muerte de un ser querido, una separación, la pérdida del empleo, el final de una amistad importante o la frustración de un examen que no salió bien. Cada participante completó cinco evaluaciones a lo largo del período y respondió cuestionarios de personalidad y de autoestima, de modo que los investigadores pudieron ver, con bastante detalle, cómo se movía esa vara interna con el correr de los meses.

Lo primero que descubrieron los autores del estudio fue algo que, en el fondo, resulta tranquilizador: solo el 11 por ciento de los voluntarios mantuvo niveles muy bajos de autoestima durante todo el seguimiento. El resto, incluso quienes habían arrancado en situaciones bastante desfavorables, fue mostrando una mejora progresiva con el paso de las semanas. Los investigadores lo atribuyen a dos mecanismos muy humanos, la habituación y la adaptación, que son como esa capacidad que tenemos de ir acostumbrándonos de a poco a lo que ayer nos parecía insoportable y de encontrar nuevos equilibrios cuando la vida nos cambia las reglas de juego.

No es solo lo que pasa, sino cómo se lo vive

Ahora bien, y acá viene lo que a mí más me interesa contar, porque es lo que uno ve charlando con la gente del barrio, lo que le pasa a la autoestima no depende solamente de la magnitud objetiva del hecho que nos toca. El estudio suizo identificó que los eventos se viven de manera muy distinta según cuatro claves: el peso emocional que cada persona le asigna, el grado de control que siente sobre la situación, el impacto que tuvo en su posición social y si modificó o no su visión del mundo, por ejemplo, la sensación de que la vida es injusta o de que ya nada tiene sentido. Un mismo despido puede ser vivido como un alivio para quien estaba a disgusto en su trabajo y como un derrumbe para quien lo tomaba como identidad; una misma separación puede dejar a alguien en paz o clavarle la aguja del rechazo durante años.

“Cuando vos le preguntás a la gente acá cómo lo está sobrellevando, casi siempre la respuesta tiene que ver con eso: no con lo que les pasó, sino con el significado que le terminan poniendo.”Vecina de un café de Palermo, mientras revolvía un cortado con dos de azúcar

La personalidad pesa, y mucho

El otro hallazgo que me parece clave para entender por qué a algunos les cuesta más rearmarse tiene que ver con la personalidad. Las personas con altos niveles de neuroticismo, o sea quienes tienden a interpretar los cambios desde una mirada negativa, mostraron mayor dificultad para recuperar su autoestima. Ese rasgo, según los investigadores, puede alimentar lo que técnicamente llaman rumiación, que es esa preocupación constante que da vueltas y vueltas sin apagar nunca el motor, y que muchas veces termina en conclusiones muy duras del tipo «esto demuestra que yo no valgo» o «siempre me va a pasar lo mismo». Es como si la mente se quedara masticando el golpe en vez de dejarlo pasar.

El estudio también puso números a qué eventos resultan más difíciles de digerir para la autoestima. La pérdida de empleo y el fin de una amistad fueron los dos que mostraron mayor asociación con la dificultad para reconstruirse. Las separaciones de pareja, en tanto, aparecen como particularmente dañinas cuando se viven desde el lugar del rechazo, cuando la persona interpreta el final no como un hecho compartido sino como una confirmación de que no es suficiente para el otro. Y la edad, finalmente, asomó como un factor protector: las personas mayores mostraron una mejor recuperación, probablemente porque acumular biografía da herramientas, paciencia y, sobre todo, la certeza de que uno ya sobrevivió a tormentas parecidas.

Mientras tanto, acá

Entonces, mientras la ciencia sigue afinando sus números, uno mira alrededor y se da cuenta de que la recuperación de la autoestima tiene mucho de artesanal. Está hecha de conversaciones con un amigo que no te deja bajar los brazos, de la decisión de volver a hacer algo que nos gusta aunque nos tiemble la mano, de pedir ayuda cuando el dolor es demasiado grande y de aceptar que el termómetro interno no se reacomoda de un día para el otro. Yo, mientras tanto, le voy a seguir preguntando a la gente del barrio cómo la está pasando, porque cada respuesta es un recordatorio de que, aunque duela, la mayoría encuentra la manera de volver a mirarse al espejo sin miedo. Y eso, para mí, es la mejor noticia que nos podía traer este estudio.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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