Joshua Slocum, el viejo lobo del Spray que se le animó al mundo entero y se lo quedó el mar
Un canadiense sin dinero, sin reloj y sin saber nadar completó la primera vuelta solitaria al planeta a bordo de un balandro reconstruido en un potrero. Once años después zarpó por última vez y nunca volvió. Un recorrido por la vida, el oficio y la desaparición del primer navegante en solitario de la historia.

A veces, acá nomás, en las reuniones de los viernes en el club de la calle Chiclana, uno escucha historias de gente que se jugó entero por una idea y terminó pagando el precio. La de Joshua Slocum, un canadiense nacido en 1844 en una granja de Nova Scotia, es de esas que se cuentan despacio, con la copa de vino en la mano y el silencio de los que saben que el final no es feliz pero igual lo admiran. Slocum no era un explorador con sponsors ni un oficial de la Royal Navy. Era un lobo de mar de los de antes, un tipo que se había criado entre velas y cocinas de barco desde los dieciséis años, cuando se escapó de la vida rural enrolándose como cocinero y grumete para no volver. Y fue precisamente ese sujeto, sin un peso en el bolsillo, sin reloj marino y, créase o no, sin saber nadar, el que el 24 de abril de 1895 salió del puerto de Boston con un solo propósito: darle la vuelta al mundo entero, él solito, en un balandro de once metros que él mismo había reconstruido tabla por tabla.
Un barco reconstruido en un potrero
El barco se llamaba Spray y la historia de cómo llegó a sus manos es casi tan loca como la aventura que vendría después. Slocum lo había encontrado podrido, abandonado en un pastizal de Massachusetts, medio comido por la intemperie. En lugar de mandarlo a la basura, se encerró trece meses con sus herramientas y le fue dando forma de nuevo, con la paciencia del que sabe que el mar no perdona los errores de carpintería. Lo que terminó armando no era ninguna belleza de regata, pero flotaba, navegaba y respondía al timón como si hubiera nacido para una sola cosa: llevar a su dueño a cualquier parte del planeta sin pedir explicaciones. Con esa máquina bajo los pies y nada más que un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal, Slocum largó amarras y se fue.
La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Cruzó el Atlántico, bajó por el Estrecho de Magallanes y bordeó el cabo de Hornos con la misma naturalidad con la que uno cruza la General Paz un domingo a la mañana. Después atravesó el Pacífico y el Índico, tocó puertos en Australia, en Sudáfrica, en las islas más apartadas de cualquier mapa razonable, y el 27 de junio de 1898 entró en Newport, Rhode Island, convertido en el primer ser humano documentado que había dado la vuelta al mundo en solitario, sin escalas de tripulación ni auxilios. Acá, cuando uno lo cuenta en voz alta, suena a exageración de los pescadores del puerto de San Pedro, pero es rigurosamente cierto. Lo había hecho un hombre solo, con un balandro reconstruido en un potrero, sin cronómetro marino y sin saber nadar. Cuando le preguntaban por eso último, Slocum decía con una media sonrisa que en medio del océano nadar solo servía para alargar la agonía.
- En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que querían abordar el Spray de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron sin volver a probar.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó del cuadro, el Spray seguía navegando con rumbo firme, como si la brújula se bastara sola.
- Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre. Usaba un reloj de hojalata sin cristal y compensaba la falta de instrumento con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde la adolescencia.
- No sabía nadar y lo decía sin vueltas: en mitad del océano, según él, saber bracear solo estiraba la agonía sin cambiar el final.
El libro, la fama y la última salida
En 1900, ya instalado otra vez en tierra, Slocum publicó Sailing Alone Around the World, que empezó como una serie de notas en revistas y terminó convertido en un libro de cabecera para los navegantes de todo el mundo. A los lectores les fascinó su estilo seco, irónico y preciso, el de un tipo que mezclaba el cálculo náutico con el humor y el asombro sin necesidad de ponerse épico. La fama le llovió encima, le abrieron las puertas de los clubes más exclusivos, lo invitaban a dar charlas, lo recibían como un héroe de los de antes. Pero Slocum era un perro de mar de los que no se acostumbran a dormir en colchón. En noviembre de 1909, a los 65 años, con el cuerpo ya gastado por décadas de mala comida y guardias sin fin, zarpó una vez más desde Massachusetts, esta vez rumbo al sur, y el mar no lo devolvió. Nunca más se supo del Spray ni de su capitán. Algunos sostienen que murió en alta mar, otros que recaló en algún puerto perdido del Caribe y se fundió con la vida local; lo cierto es que no hubo testigos, ni bandera a media asta, ni acta de defunción. Apenas el silencio del agua cerrándose sobre un nombre.
Lo que más me gusta imaginar, y acá me permito la licencia del periodista viejo que ya vio muchas despedidas, es a Slocum esa última mañana en el muelle, despidiéndose con un gesto corto de los pocos que lo fueron a ver partir. Tal vez estaba Osvaldo, un vecino del puerto que lo había conocido en alguna regata y que después me lo describió a mí, ya viejito, tomando un vino en el bar de la esquina y contando que el canadiense tenía las manos enormes, llenas de callos, y una manera de mirar el horizonte como si le debiera algo. Osvaldo siempre decía que Slocum no había salido a buscar la gloria, sino a cobrarle una cuenta pendiente al mundo, y que cuando el mar lo vio venir por última vez, simplemente le extendió la mano y se lo llevó sin hacer ruido. Puede ser. Lo que queda, para los que amamos estas historias de aquí y de allá, es la certeza de que un hombre solo, con un balandro reconstruido en un potrero y un reloj sin cristal, fue capaz de doblarle la espalda al planeta entero antes de que el planeta, con paciencia, se la doblara a él.
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