Jim Henson, el artesano que se negó a dejar morir al niño interior
El creador de los Muppets cumplió 17 años cuando subió por primera vez a un escenario con un títere en la mano, y murió a los 53 con la certeza de que lo mejor que podía ofrecerle a su público era una forma de mirar el mundo sin dejar de reír. Su filosofía, su método y la pregunta que todavía no tiene respuesta.

A veces el tiempo ayuda, y a veces estorba. Cuando Jim Henson tenía diecisiete años y se paró por primera vez frente a una cámara con un muñeco en la mano, el programa en el que participaba fue cancelado a las tres semanas, según reconstruyó la biografía que circuló tras su muerte. No fue un fracaso, ni siquiera un tropiezo: fue el primer indicio de que a ese chico le gustaba hacer las cosas a su manera, sin pedirle permiso a nadie. A los pocos años, junto a Jane Nebel —con quien después se casó—, puso en marcha Sam and Friends, un programa de ínfimo presupuesto que, sin embargo, terminó siendo el embrión de todo lo que vendría después.
Porque lo que vino después fue enorme, aunque visto desde Buenos Aires pueda parecer lejano. Los Muppets y Barrio Sésamo transformaron la manera en que millones de chicos aprendían a contar, a sumar y a reconocer letras en una pantalla. Fraggle Rock llevó ese lenguaje a otro registro, con un humor que no necesitaba ser entendido para funcionar. Y detrás de cada rana, cada cerdito o cada oso de felpa había un razonamiento muy preciso, casi clínico, sobre cómo se construye un personaje.
Una lógica para hacer reír, no por hacer reír
Henson lo explicaba con una claridad que desarma: los personajes más interesantes que creó tenían una obsesión, un rasgo que se podía empujar hasta el límite sin que la historia se rompiera. En eso que se exageraba, decía, estaba el chiste, pero también algo más profundo: la gente termina viéndose en ese rasgo y, al verse, se ríe de sí misma. La risa, para él, no era un fin en sí mismo sino una manera de poner las cosas en perspectiva, una herramienta para desdramatizar sin desatender.
“Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca.”Jim Henson
Esa definición de absurdo le sirvió para construir personajes tan opuestos entre sí como la rana Gustavo y la Cerdita Peggy, y para sostener un universo donde convivían el disparate y la ternura sin que ninguno de los dos comiera al otro. La fórmula, mirándola en frío, era sencilla y a la vez casi imposible de copiar: mezclar la lógica del niño con la del adulto, sin burlarse de ninguno.
Del escenario a la góndola, un recorrido que todavía no termina
En mayo de 1990, a los 53 años, Henson murió a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana, según se confirmó en su momento. Tenía la agenda llena: películas en producción, proyectos para televisión, acuerdos comerciales que se terminaron firmando con Disney y que terminaron engordando un catálogo que hoy vale cifras difíciles de precisar. La pregunta que dejó abierta, y que todavía no tiene respuesta satisfactoria, es si aquel formato —humor absurdo, ternura explícita y un respeto casi reverencial por la inteligencia del chico que mira del otro lado de la pantalla— tiene hoy un equivalente real en la televisión que consumen los chicos argentinos, o si aquello fue un fenómeno de otra época al que todavía no se le encontró sucesor.
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