Jaime Lorente se sienta en la silla de director y la película se le va de las manos
El actor español debuta como director con "El mal hijo", un drama con buen arranque que se pierde cuando se entrega al thriller de mafias y persecuciones.

Me acerqué al cine con la expectativa de ver a un actor conocido dando el salto, y durante los primeros minutos de "El mal hijo" sentí que la apuesta valía la pena. La película arranca en un patio de Murcia, con un nene de pocos años que acaba de ser dejado por su padre y termina recalando en la casa de la abuela. Ese arranque tiene una verdad que se huele: la cámara se queda en los detalles chicos, en una conversación de chicos al atardecer, en una ceremonia vista por una puerta entreabierta, y uno entiende que ahí hay un director que sabe mirar.
El problema es que la historia salta en el tiempo y Rubén ya es un adulto. Ahí el tono cambia de golpe, como si alguien hubiera cambiado el libreto en la mesa de montaje. Lo que venía siendo un drama de vínculos familiares se convierte de un momento a otro en un thriller con narcotráfico, persecuciones y mafiosos con cara de pocos amigos. Los hallazgos del primer tramo, esos momentos que se quedaban en la retina, son reemplazados por secuencias de acción que no le piden nada nuevo al cine de género.
Lo que se gana y lo que se pierde en el giro
El primer acto funciona porque no busca efecto. La relación entre el nene y la abuela está filmada con paciencia, con una cuota de ternura que no empalaga, y el pulso narrativo invita a quedarse. Pero cuando el relato entra en el universo del delito, esa calidez se evapora. Los recursos que parecían propios del director se vuelven fórmulas vistas mil veces: el encuentro en el galpón, la traición del socio, la corrida por la ruta.
- Una dirección de fotografía que se banca bien los cambios de registro. Un primer tramo con escenas de infancia que respiran verdad y no buscan golpear bajo. Un elenco que sostiene los papeles con oficio, sobre todo en los roles más chicos. Cierto criterio en la composición de planos, con encuadres que delatan una mirada propia. Una intención honesta detrás de la cámara, más allá del desencuentro con el género elegido.
Ahora bien, también hay que marcar lo que no cierra. La inexperiencia se nota cuando la película pide sostener tensión en escenas de acción que no terminan de armar clímax, y los personajes secundarios quedan como figurones de género, con el psicópata de turno y el contacto en la barra del boliche. Son lugares comunes que ya recorrieron con más convicción directores como Denis Villeneuve o incluso los Hermanos Safdie en sus propias historias de marginalidad.
El saldo final me deja con una sensación rara: la de un debut con buen oído para los silencios pero con un giro argumental que lo corre del camino más interesante. Lorente no defrauda de manera estrepitosa, pero tampoco deja marca. Queda la expectativa de que la próxima vez se quede en ese primer tramo, en ese patio murciano, en esa puerta entreabierta, donde su mirada propia se dejaba ver sin filtros.
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