Hot Wheels Infinite Rush: la maqueta más grande del mundo ahora se maneja a toda velocidad
Milestone estiró el universo de los autos a escala hacia un mapa abierto con cuatro islas, más de 150 vehículos y un entorno casi completamente destructible. Acá, todo lo que hay que saber antes de ponerlo en la consola.

Me acuerdo de la primera vez que vi una pista de Hot Wheels armada en el living de un amigo. Eran los años noventa y los loops parecían imposibles. Casi tres décadas después, Milestone decidió hacer algo parecido pero en pantalla: estiró la pista hasta convertirla en una maqueta del tamaño de una ciudad y le sacó las paredes. Así nació Hot Wheels Infinite Rush, un arcade de velocidad en mundo abierto que apuesta por la exploración y por meter al jugador en un parque de diversiones sin rejas.
Cuatro islas para perder la noción del tiempo
El juego abandona el esquema clásico de circuitos cerrados y propone recorrer cuatro grandes zonas temáticas. Wheelswood es la cara urbana: rascacielos, avenidas anchas y tránsito que se cruza en el medio. Tentacle Bay lleva al jugador a una costa con varios ecosistemas, ideal para los que gustan de cambiar de paisaje. Gearville es la zona industrial, entre naves y dunas de desierto, donde el polvo parece meterse en la pantalla. Y Drifty Temples es la región de inspiración oriental, con pasos de montaña que invitan a derrapar como si no costara.
- Wheelswood: ciudad, edificios y tráfico que reacciona al impacto.
- Tentacle Bay: bioma costero con distintos ecosistemas.
- Gearville: zona industrial con dunas de desierto.
- Drifty Temples: montañas de derrape con estética oriental.
Cuatro formas distintas de pisar el acelerador
La conducción se reparte en cuatro categorías con comportamientos bien marcados. Los bólidos van al palo: priorizan la velocidad punta y recargan turbo cuando se los deja acelerar a fondo. Los derrapadores hacen lo contrario: juntan nitro cuando se los lleva pegados al cordón en las curvas cerradas. Los equilibrados son la opción comodín, generan energía con casi cualquier maniobra. Y los Titanes, que son los todoterreno, están pensados para el terreno irregular y recargan turbo de manera automática. El cambio entre categorías se hace sin cortar la marcha, lo que mantiene el ritmo de la partida.
Para los que coleccionan de verdad, el catálogo supera los 150 vehículos. Hay prototipos de la propia marca y licencias de fabricantes reales, con fichas históricas de cada modelo y un editor para cambiar pintura, rines e interiores. A eso se le suman modos multijugador competitivos con ranking, cooperativos y casuales, además de un editor de pistas personalizadas que estira la vida útil del título mucho más allá del primer recorrido por las islas.
Lo que funciona y lo que patina
En lo técnico, el juego se sostiene firme en 60 fotogramas por segundo, algo clave en un arcade de velocidad donde cada milésima se nota. Las texturas del entorno cargan a veces con algo de retraso y los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de completar un evento rondan el minuto, dos detalles que cortan el envión. El apartado sonoro, en cambio, es de lo mejor: el impacto metálico y el chirrido de los derrapes están cuidados al milímetro y ayudan a que cada carrera se sienta como una mesa de living convertida en autódromo.
No hay campaña argumental ni un hilo conductor formal. La propuesta es acelerar y explorar, algo que en las primeras horas funciona y regala esa libertad de infancia que tenían las pistas de antes. A medida que avanza la partida, puede quedarse corta, pero el entorno destructible —árboles, luminarias y vehículos civiles que reaccionan al menor impacto— compensa en parte esa falta de relato. La sensación final es la de manejar una maqueta gigante con olor a nafta y a plástico nuevo, ideal para los fans de la marca y para cualquiera que busque acción sin demasiadas complicaciones.
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