Gurpi, la fintech que le pone la moto propia en la mano al repartidor y ya lleva tres mil unidades financiadas
La startup nacida en 2023 observa un dato que el sistema financiero sigue sin atender: hay trabajadores con ingresos semanales estables a los que ningún banco les abre la puerta. Financian hasta el 85% del valor, cobran cada semana el mismo día que la plataforma le paga al repartidor y sostienen una mora del 4%, en un país donde la morosidad minorista lleva diecinueve meses seguidos creciendo.

La mañana en la Ciudad de Buenos Aires amanece húmeda y con esa llovizna fina que vuelve un problema cualquier semáforo en rojo para quien va arriba de una moto, y la escena se repite en las principales ciudades del país: repartidores que pedalean en bicicleta bajo el agua, otros que pagan alquiler diario por un rodado que no les pertenece y unos cuantos que directamente no salen a trabajar porque la moto se rompió y no tienen con qué arreglarla. Contra ese paisaje cotidiano, que la mayoría cruza sin detenerse, apareció en 2023 una empresa que decidió mirarlo de frente y construir un negocio a partir de una pregunta muy simple: si un repartidor cobra todos los miércoles en su aplicación y genera ingresos demostrables, ¿por qué los bancos le cierran la puerta cuando quiere comprar la herramienta con la que trabaja? La respuesta a esa pregunta se llama Gurpi, una fintech fundada por los hermanos Juan Manuel y Tomás Manfroni, que en apenas tres años lleva entregadas tres mil motos propias a trabajadores de delivery y acaba de cruzar los cinco millones de dólares de facturación anual, con presencia en seis regiones de la Argentina y una mora que, en un contexto de crédito minorista cada vez más deteriorado, se empecina en mantenerse baja.
Un esquema pensado al ritmo del repartidor
La mecánica del producto es directa y está calibrada para la realidad del trabajador, no para la del banco. El plan arranca con un anticipo de 190.000 pesos y el resto se completa con cuotas semanales de alrededor de 70.000 pesos a lo largo de doce meses, con seguro comercial ya incluido en el precio, de modo que el repartidor no tiene que salir a buscar un seguro por su cuenta ni pagar aparte la cobertura que, si llegara a faltar, lo dejaría sin herramienta de trabajo de un día para el otro. La particularidad que los Manfroni cuidan como propia, y que a mi entender explica buena parte de la tasa de cobro, es que cada cuota vence el mismo día de la semana en que el cliente recibe el pago de la plataforma en la que trabaja: el que cobra de PedidosYa un miércoles, transfiere su cuota un miércoles; el que cobra de Rappi un martes, paga un martes. No hay débito automático, no hay Debin ni cajero automático que se active de madrugada: todo se hace por transferencia voluntaria, y aun así, o precisamente por eso, el indice de mora en atrasos superiores a noventa días se sostiene en el 4%, una cifra que asoma como provocación en el tablero general del crédito argentino, donde la Central de Deudores del Banco Central acaba de registrar diecinueve meses consecutivos de suba de la morosidad y casi siete millones de personas que dejaron de ser consideradas sujetos de crédito por los bancos.
“Veíamos gente que ganaba bien, pero alquilaba la moto porque nadie le financiaba una propia. Otros directamente trabajaban en bicicleta porque no podían acceder a un préstamo. Nos parecía un absurdo que el sistema financiero no estuviera resolviendo.”Juan Manuel Manfroni, CEO de Gurpi
El relato del origen de Gurpi tiene algo de taller y algo de garage porteño de los que uno conoce de chico, con cajas apiladas y olor a aceite. Los hermanos cuentan, y lo cuentan con una media sonrisa que delata que todavía no lo terminan de creer, que para poner en marcha el modelo compraban ellos mismos las motos en concesionarias con sus tarjetas de crédito personales, las pagaban en cuotas y después se las revendían a los repartidores con su propio plan de pagos. Iban a los concesionarios, tarjeteaban los rodados y cuando una tarjeta llegaba al tope la guardaban en un cajón para no pasar el límite; después seguían con la siguiente, y así, moto por moto, fueron armando una cartera que hoy supera las doscientas unidades colocadas por mes y los convirtió en concesionarios oficiales de Motomel, Benelli, TVS y Kymco, con operación en Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza, Tucumán y Mar del Plata, aunque la capital y el conurbano siguen concentrando cerca del 65% del negocio. En el recorrido del surco a la góndola, y en este caso del pedido a la puerta del cliente, Gurpi ocupa un eslabón que el sistema dejó vacante.
- Anticipo inicial de 190.000 pesos y financiamiento de hasta el 85% del valor de la moto, con seguro comercial incluido.
- Cuotas semanales de alrededor de 70.000 pesos durante doce meses, con vencimiento el mismo día que la plataforma le paga al repartidor.
- Cobertura para roturas: la empresa deriva al trabajador a talleres asociados y financia la reparación, y concede semanas de gracia en caso de enfermedad, con el objetivo declarado de mantener operativa la herramienta de trabajo.
- Mantenimiento de la mora en el 4% en atrasos mayores a 90 días, en un contexto donde la morosidad minorista acumula 19 meses de suba según la Central de Deudores del BCRA.
- Próximo paso: ronda de inversión de entre dos y cuatro millones de dólares para desembarcar en Uruguay, como primera escala fuera del país.
Lo que esta historia deja a la vista, y lo que uno no puede dejar de señalar como periodista que recorre la economía real más allá de los títulos de los diarios financieros, es que hay un segmento del trabajo que el sistema financiero formal sigue sin atender, y que cuando una empresa privada lo entiende y le construye un producto a medida, los indicadores acompañ. Por eso miro la expansión regional que los Manfroni están por delinear con la nueva ronda de inversión, que apunta a desembarcar en Uruguay como primera escala fuera de la Argentina, y pienso en lo que todavía el Estado no resolvió: si en la Argentina de hoy hay casi siete millones de personas que quedaron afuera del sistema de crédito y un número creciente de trabajadores autogestionados que generan ingresos formales pero no pueden comprar su herramienta de trabajo, la pregunta que debiera caer sobre el escritorio del Banco Central y de la Secretaría de Finanzas no es si Gurpi hace bien su negocio, que claramente lo hace, sino por qué recién ahora, empujados por una startup de tres años, aparecen respuestas que las entidades bancarias tradicionales no fueron capaces de ofrecer en décadas.
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