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Martes, 3 de noviembre de 2026
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Entre saltos y trepadas: así es una clase de parkour para chicos en Buenos Aires

Sin nivel de entrada y con circuitos que los propios alumnos ayudan a armar, la disciplina propone a los más chicos jugar con el cuerpo en movimiento.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 2 min de lectura
Entre saltos y trepadas: así es una clase de parkour para chicos en Buenos Aires

Si uno camina por algunos gimnasios de Buenos Aires un sábado a la tarde, todavía puede escuchar el golpe seco de las zapatillas sobre el piso de goma eva. Acá, en la ciudad, el parkour para chicos ya tiene su lugar: salas con colchonetas, estructuras a escala infantil y paredes de escalada donde los niños saltan entre módulos, trepan muros y buscan el camino más corto para cruzar una serie de obstáculos. Nadie les pide experiencia previa. Alcanza con tener ganas de moverse, y eso, en la infancia, sobra.

Según describen docentes especializados de la Ciudad, la disciplina arranca mucho antes de que un chico se anime a una pared. Dante Freitas, docente de la especialidad, sostiene que la búsqueda de sortear un obstáculo para alcanzar algo que llama la atención aparece desde la primera etapa de la vida, y que el parkour recoge esa curiosidad y la convierte en una práctica con reglas de juego.

Cómo se organiza cada sesión

Cada clase sigue una estructura que se repite, aunque el contenido cambie. Se empieza con movilidad articular, muchas veces a través de desplazamientos que imitan los movimientos de algunos animales, para preparar articulaciones y músculos. Después viene el núcleo, que se divide en cuatro familias de movimiento:

  • Saltos: impulsarse en distintas direcciones y a distintas distancias.
  • Vaults: sortear obstáculos de mediana altura con fluidez.
  • Rolidos: una técnica de amortiguación para caer sin lastimarse.
  • Grimpeos: trepar muros y paredes.

El cierre incluye juego libre adaptado, trabajo de fuerza y elongación guiada. Todo transcurre con una lógica lúdica, de modo que el chico no siente que está haciendo una tabla de ejercicios, sino que está jugando con su propio cuerpo.

Los chicos también diseñan el recorrido

Un dato que llama la atención es que los circuitos no están fijos. Freitas explica que muchos alumnos llegan con ideas propias, pensadas en casa, para trabajar un salto o un movimiento que se les ocurrió. Así, cada clase se vuelve un proceso en buena parte autogestionado, en el que el objetivo no es competir sino disfrutar del movimiento.

En cuanto al equipamiento, lo que se le pide a cada chico es poco: zapatillas con suela de goma completa. El resto lo pone el espacio, con pisos de goma eva, colchones de acrobacia y barras de suspensión. Emma Grasset, codirectora de una escuela de la especialidad, recomienda la práctica desde los 4 años y detalla que las salas incluyen pirámide de escalada, aros y otros elementos de juego.

Al final, lo que queda de una clase de parkour no es un récord ni una medalla, sino la imagen de un grupo de chicos que se trepa, se cae, se levanta y vuelve a intentar, mientras el ruido de los saltos se mezcla con las risas en la sala.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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