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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El minuto previo a meter el plato al microondas puede cambiar algo más que la temperatura de la comida

Toxicólogos consultados en Estados Unidos recomendaron reemplazar los recipientes plásticos por vidrio o cerámica antes de recalentar alimentos. El calor favorece el desprendimiento de micro y nanoplásticos, aunque aún no se demostró que esa exposición sea causa de enfermedades.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
El minuto previo a meter el plato al microondas puede cambiar algo más que la temperatura de la comida

A esta altura ya es casi un reflejo: la noche cae, uno vuelve cansado del trabajo, abre la heladera, saca el tupper con las sobras del mediodía y lo empuja directo al microondas. Pum, un par de minutos, y a la mesa. Parece un trámite sin importancia, pero hay algo que muchos hacemos sin pensarlo y que, según dos toxicólogos norteamericanos, vale la pena modificar antes de que suene el timbre del aparato.

El planteo llega de la mano de Wells Brambl, médico especialista en emergencias del Centro Médico Judío de Long Island, dependiente de Northwell Health, y de Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist. Los dos vienen señalando, en distintas intervenciones públicas, que la costumbre de recalentar comida en envases de plástico no es tan inocente como parece. La cuestión no pasa tanto por el recipiente en frío, sino por lo que ocurre cuando le aplicamos calor. Y acá conviene detenerse un segundo, porque la explicación es bastante concreta.

Qué le pasa al plástico cuando se calienta

Oyewole lo describe de un modo bastante gráfico: cuando la temperatura sube, las moléculas del plástico, que normalmente están ordenadas en cadenas largas llamadas polímeros, empiezan a vibrar con más intensidad. Esa vibración puede llegar a romper la estructura y liberar fragmentos diminutos, los famosos microplásticos y nanoplásticos, junto con aditivos que se incorporaron durante la fabricación: colorantes, antioxidantes, estabilizadores ultravioletas. Todos esos componentes pueden terminar, en parte, mezclados con la comida.

Brambl, en tanto, propone una solución doméstica que está al alcance de cualquiera y que, en su lectura, marca una diferencia razonable. "Yo les diría a la gente que, antes de meter la comida en el microondas, la pase a un plato de vidrio o de cerámica", sugirió el especialista. El cambio es chico, pero apunta a cortar el contacto directo entre un alimento caliente y una superficie de plástico.

Ahora bien, no siempre uno tiene a mano un recipiente alternativo. Para esos casos, el médico recomienda un arreglo intermedio: bajar la potencia del microondas al mínimo indispensable para templar los alimentos. La lógica es simple, cuanto menos calor, menos vibración molecular, menos fragmentación. No es una solución perfecta, pero es un paso mejor que nada.

La frase "apto para microondas" no lo resuelve todo

Acá aparece un dato que a más de uno lo va a hacer mirar de reojo la próxima vez que revuelva el cajón de los tuppers. Brambl advierte que la leyenda "apto para microondas" impresa en el envase no garantiza que el plástico no libere partículas. "Apto para microondas" significa que el recipiente no se va a derretir ni a deformar durante el uso, pero no dice nada sobre la migración de microplásticos hacia la comida. Son dos cosas distintas, y la diferencia es clave.

“La aprobación de un material para almacenar alimentos y las preguntas todavía abiertas sobre la ingesta de esas partículas con el paso del tiempo son cuestiones separadas.”Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist

Qué se sabe y qué no sobre los efectos en la salud

La pregunta del millón es, claro, qué le hace eso al cuerpo. La respuesta, por ahora, es incómoda porque todavía no es definitiva. Brambl reconoce que la literatura científica ya confirmó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en tejidos humanos, y que algunos estudios observaron asociaciones con procesos inflamatorios. Pero el especialista marca una línea que los investigadores suelen repetir y que vale la pena tener presente: una correlación no es lo mismo que una causalidad. Que aparezcan juntos no significa que uno provoque al otro. Los efectos de la exposición prolongada siguen bajo investigación, y por ahora no hay una sentencia firme.

  • Pasar la comida a un recipiente de vidrio o cerámica antes de recalentarla.
  • Si no hay alternativa, bajar la potencia del microondas al mínimo necesario.
  • No confiar ciegamente en la leyenda "apto para microondas": no garantiza ausencia de migración de partículas.
  • Revisar utensilios, tapas y esponjas de plástico y reemplazarlos de a poco.
  • Preferir productos con menos envolturas plásticas cuando sea posible.

Un cambio chico, con límites grandes

Acá es donde Brambl pone los pies en la tierra. El especialista admite que la contaminación ambiental ya pone a los alimentos en contacto con microplásticos antes incluso de que lleguen a la cocina. El agua, el aire, el suelo: las partículas están en todas partes. Por eso, dice, cambiar un hábito doméstico no va a resolver el problema de fondo, pero sí puede achicar la porción de exposición que depende de nuestras decisiones cotidianas.

Mientras tanto, en la verdulería de la esquina, Roberto, un vecino que carga bolsas de nylon desde hace cuarenta años, miraba las bananas como pensando en voz alta: "Yo siempre le recaliento el mate cocido a mi nieta en el mismo vaso de plástico, ahora me entero de esto". En algún departamento porteño, en cualquier cocina, el próximo tupper ya no va a entrar al microondas sin antes haber sido vaciado en un plato de loza. El gesto es mínimo. La conversación, en cambio, recién empieza.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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