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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El arte de seguir en movimiento: por qué Boskis insiste en que la vejez se vive en compañía

El cardiólogo repasó los hábitos que ayudan a prolongar la vida con bienestar y recordó las precauciones para atravesar el invierno sin descuidar la salud respiratoria. Una charla que pone el foco en los vínculos, el sentido de cada día y los pequeños gestos de cuidado cotidiano.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
El arte de seguir en movimiento: por qué Boskis insiste en que la vejez se vive en compañía

A veces uno tiene la sensación de que el tiempo pasa más rápido cuando se envejece, y no es una impresión antojadiza: los días se parecen entre sí, las rutinas se vuelven previsibles y, de tanto en tanto, aparece esa mezcla de aburrimiento y soledad que muchos adultos mayores sienten sin animarse a ponerlo en palabras. Por eso me pareció valioso volver a escuchar al cardiólogo Mario Boskis, que en estos días volvió a poner el acento en una idea que parece sencilla pero que muchos olvidan: la longevidad no se construye únicamente con pastillas y estudios médicos, sino también con amigos, con proyectos y con razones para levantarse a la mañana.

La conversación arrancó por un lugar al que uno no siempre le presta atención, pero que Boskis sabe describir con precisión: ese living de casa donde la abuela sirve el té, el club de barrio donde los mismos socios se sientan a la misma mesa desde hace décadas, la plaza del barrio donde los jubilados caminan a la misma hora. Ahí, según el especialista, se juega buena parte de la salud. Salir, encontrarse con otras personas y sostener actividades que entusiasman no son lujos ni caprichos: son, literalmente, factores que pueden prolongar la vida.

Un propósito que se construye cada día

Boskis vinculó esa idea con un concepto que él mismo reconoció como japonés y que suele citar en sus charlas: el ikigai, esa mezcla entre lo que uno ama hacer, lo que se le da bien y lo que el mundo parece pedirle. No se trata de una filosofía exótica ni de un mantra new age, aclara el médico, sino de un motor concreto para no quedarse quieto. Conservar ocupaciones, mantener el contacto con amistades y sostener la comunicación con la familia ayuda a evitar ese aislamiento que, advirtió, se vuelve un enemigo silencioso cuando se cruzan los setenta u ochenta años.

Mi vecina Elsa, que los vecinos del barrio conocen desde hace más de cuarenta años, lo resume cada vez que la cruzo en la vereda: "Yo mientras pueda levantarme y servir un mate, estoy bien". Esa frase, que parece menor, es exactamente de lo que habla Boskis: tener un motivo para seguir. La edad por sí sola, insistió el especialista, no debería obligar a abandonar aquello que genera bienestar. Lo que sí hay que contemplar es lo que el cuerpo permita, y ahí es donde entra el otro eje de sus recomendaciones.

El invierno como prueba de equilibrio

Porque el médico también fue claro en que una vida activa debe ir acompañada de cuidados, sobre todo cuando bajan las temperaturas. En el consultorio, Boskis suele repetir que una infección no aparece porque sí: requiere la presencia de un virus o una bacteria. Ahora bien, lo que sí hace el frío es complicar las defensas naturales. Explicó que disminuye el movimiento de las cilias, esos filamentos diminutos que ayudan a retirar las secreciones de las vías respiratorias, y eso facilita que un resfrío se vuelva algo más serio.

En esa línea, mencionó tres gestos que parecen de manual pero que muchos dejamos de lado: el uso del barbijo ante síntomas respiratorios, para proteger al otro y no solo a uno mismo; el lavado de manos al llegar a casa, al llegar al trabajo y antes de comer, porque las superficies son vehículos habituales de microorganismos; y, sobre todo, la consulta con el médico de cabecera sobre las vacunas que cada persona necesita. El especialista recordó que existen vacunas contra la gripe, contra la neumonía y contra el virus sincicial respiratorio, y que la indicación debe personalizarse según los antecedentes y los factores de riesgo de cada paciente.

  • Salir a caminar o realizar actividades físicas acordes al estado de salud, preferentemente en compañía.
  • Mantener reuniones frecuentes con amigos y familiares, en espacios ventilados durante el invierno.
  • Continuar con hobbies, talleres o tareas comunitarias que den sentido a la rutina diaria.
  • Usar barbijo ante cualquier síntoma respiratorio para cuidar a los demás.
  • Lavarse las manos al llegar a casa, al trabajo y antes de comer.
  • Consultar al médico de cabecera qué vacunas corresponden según la edad y los antecedentes.

Cuando Boskis terminó su exposición, me quedé pensando en una imagen que me parece que resume todo lo que dijo y que vale la pena compartir acá: una mesa servida en una cocina de barrio, con una pava que empieza a silbar, un par de sillas ocupadas por gente grande que todavía se ríe de sus propios chistes, y un calendario colgado en la pared que sigue sumando meses. Mientras esa escena siga siendo posible, la vejez será un poco menos una amenaza y un poco más una etapa vivida. Lo demás, los virus y los fríos, se enfrenta con barbijo, con agua y jabón, y con un médico de cabecera que conoce la historia clínica de cada uno.

Así que la próxima vez que un familiar mayor insista en ir al club, en recibir visitas o en sumarse a un viaje corto, no lo frene: probablemente esté haciendo, sin saberlo, lo que Boskis recomienda. Y si el termómetro marca dos grados bajo cero y alguien estornuda al lado, ahí sí: barbijo, ventana abierta y consulta médica. El equilibrio, como siempre, está en el medio.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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