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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El arte de decir que no: por qué nos cuesta tanto y por qué no es un defecto de fábrica

Ansiedad, resentimiento y hasta dolores que no tienen causa médica: lo que pasa cuando uno se olvida de poner límites. Y lo que pasa cuando uno no tolera que se los pongan. Una nota para repensar cómo aprendimos a vivir con los demás.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
El arte de decir que no: por qué nos cuesta tanto y por qué no es un defecto de fábrica

Le digo de entrada, acá en la redacción, con el café todavía tibio: este tema me atraviesa y seguramente le atraviesa a usted también, estimado lector, porque no hay persona grande que en algún momento no se haya quedado callada cuando tenía que hablar, o que no se haya enojado como un chico cuando alguien le dijo basta. Digo esto porque la nota que sigue habla de eso, de los límites, de ese raro equilibrio entre decir que no y aceptar que nos lo digan, y de las consecuencias -muchas veces silenciosas, muchas veces disfrazadas de otra cosa- que trae aparejado cuando uno se inclina siempre para el mismo lado.

Voy a contarle cómo se construye un límite antes de explicarle por qué a veces no aparece o aparece torcido, y para eso me parece útil arrancar por lo más básico: los límites no nacen con uno. Empiezan a formarse desde los primeros meses de vida, en esa cocina íntima donde un bebé descubre que el mundo no es él. El pecho que no está siempre, el no firme ante un peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como una frustración necesaria, es lo que va marcando la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que uno quiere y lo que la realidad permite. Por eso, y esto vale la pena repetirlo, el límite no es lo contrario del amor: es una de sus formas. Así lo entiende la mirada psicoanalítica que sostiene esta lectura, y por eso me parece justo empezar por ahí, porque si uno no entiende de dónde viene, difícilmente entienda por qué cuesta tanto.

Cuando uno no puede decir que no

Pongámonos en una escena que cualquiera reconoce. La reunión del consorcio que se alarga, el favor pedido por un compañero de trabajo que ya acumula tres, la cena familiar en la casa del suegro un domingo más. Son situaciones en las que decir que no parece más caro que decir que sí, y entonces uno acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Lo conocí de cerca cuando hace unas semanas charlé con Daniel, un vecino del barrio que me contaba, casi sin darse cuenta, que lleva años diciendo que sí a todo: al club de padres del colegio de los chicos, a los viajes solidarios que organiza la parroquia, al pedido extra de la oficina. Daniel tiene cara de cansado y un cuerpo que, según me dijo, le pasa facturas raras: un dolor lumbar que los estudios no explican del todo, un sueño que se le fragmenta, una ansiedad que le aparece sin aviso. No es casualidad, me parece. Es que cuando la persona no pone los límites, termina poniéndolos el cuerpo: aparecen los dolores sin causa orgánica clara, el insomnio, los malestares que los médicos no encuentran pero que el alma sí sabe ubicar.

Y acá aparece algo que me parece clave y que quiero compartir con usted: ese patrón, el del que no puede decir que no, suele aprenderse muy temprano, cuando uno descubre, de chico, que el propio deseo molesta o que decir basta pone en riesgo el vínculo con alguien que se necesita. Entonces el niño aprende rápido que callarse es más seguro. Y de grande se queda con esa estrategia que ya no le sirve pero que conoce de memoria.

Cuando uno no tolera que le digan que no

Ahora bien, no todos los problemas van para el mismo lado. Hay otro patrón, espejo del anterior, que también arruina relaciones: el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. Parece fortaleza, parece seguridad, pero por debajo hay una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Y las relaciones, a la larga, se organizan alrededor de su voluntad. Cuando eso pasa, las relaciones se vacían: queda el ruido, pero se va el afecto.

Entre esos dos extremos hay un punto medio que no es sumisión ni imposición, y que vale la pena pensar: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, y no lo voy a esconder, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, sea en lo afectivo o en lo económico. Pero el costo suele ser más bajo que el de las alternativas, que son el resentimiento acumulado, la enfermedad que llega sin aviso o la soledad de sentirse siempre interpretado por el otro.

La buena noticia: no es un rasgo inmodificable

Y acá viene lo que a mí, personalmente, me deja más tranquilo: esto no es un rasgo de carácter fijado para siempre. Se construyó en un momento de la vida y, si no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece un espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que uno traiciona al otro, y para tolerar el hasta acá del otro sin sentir que lo traicionan a uno. Es un trabajo, no es magia, pero es posible.

Le dejo la pregunta, estimada lectora, estimado lector, porque creo que vale la pena hacerla en voz alta y mirándose un instante al espejo: en qué situaciones le cuesta más poner un límite, con esos o con los más cercanos, con los desconocidos o con los que más quiere. Piénselo. Y si la respuesta le incomoda, ahí, justamente ahí, empieza a trabajarse.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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