Dos preguntas que te separan del libreto que te escribieron otros
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio incómodo y concreto para distinguir lo que uno quiere de lo que le tocó heredar. La evidencia muestra que las metas propias rinden más, en esfuerzo y en bienestar.

Acá en la redacción, cuando alguien entra a contar que se anotó en una carrera porque su viejo siempre soñó con que fuera médico, o que aguantó un empleo que detesta porque en la mesa familiar nadie se imaginaba otra cosa, uno escucha la misma melodía con distintas letras. Es la melodía del guión ajeno: ese libreto que otros escribieron por nosotros y que vamos recitando sin haber revisado jamás el libreto entero. Por eso me pareció interesante lo que propone Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, una iniciativa académica de la Universidad de Emory, en Estados Unidos. Su idea es tan sencilla como perturbadora: hacerse dos preguntas antes de tomar cualquier decisión que importe. La primera es ¿de quién es la vida que estás viviendo? La segunda, todavía más reveladora, es ¿quién debería determinar cómo vivís?
La primera admite una respuesta rápida, casi mecánica. Uno enumera: es mi vida, claro, quién la va a vivir sino yo. Pero la segunda obliga a frenar en seco, porque si uno contesta con honestidad aparecen los padres, la madre, el hermano mayor, el profesor que admiró, la pareja, el miedo a defraudar al entorno, la presión de los vecinos del barrio que miran cómo te va, los mensajes que llegaron desde la infancia disfrazados de consejo. Ahí es donde la cosa se pone interesante y también un poco molesta. Bedzow lo dice con una frase que vale la pena tener pegada en la heladera: es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que animarte a inventar ese camino por tu cuenta.
Recibir opiniones no es entregar el volante
Leí a Bedzow con la lapicera en la mano porque me importa no confundir las cosas. El ejercicio que plantea no significa aislarse ni despreciar lo que dicen los demás. Muy por el contrario, el filósofo distingue con cuidado entre recibir perspectivas externas y entregarles el control. Charlar con un colega antes de aceptar una oferta laboral está perfecto. Permitir que un amigo querido cuestione una idea que damos por cierta sobre la pareja también. Lo que cambia es quién tiene la última palabra y desde qué criterios decide. Una cosa es información que entra por los ojos y otra muy distinta es un mandato que opera por debajo de la conciencia.
Acá me detengo a contar lo que dice la evidencia porque, si no, la reflexión queda en el aire. Un metanálisis realizado por Sezer y un equipo de colaboradores, que revisó y sintetizó múltiples estudios previos sobre motivación y bienestar, encontró algo bastante concreto: las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a reportar mayor bienestar. El contraste aparece, siempre según esa revisión, con quienes orientan sus decisiones por expectativas parentales, por la presión del estatus o por el miedo a la culpa. No es una diferencia menor: es la diferencia entre remar con corriente o contra la corriente.
“No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project
El deseo solo no alcanza: ¿merece ser buscado?
Hay un segundo ángulo que me parece valioso y que la filósofa Susan Wolf viene planteando hace años. Para ella, el sentido de la propia vida no aparece solo por hacer lo que a uno se le canta. Aparece cuando uno se compromete con algo que es genuinamente valioso, algo que uno puede mirar de afuera y decir: esto vale la pena, merece mi tiempo, mi energía, mi vida. Bedzow rescata esa pregunta, porque obliga a revisar no solo si lo que deseamos es nuestro, sino si lo que deseamos vale la pena. No es un llamado al cinismo ni a la renuncia. Es un llamado a no confundir intensidad de deseo con legitimidad de aquello que se busca.
- Preguntarse ¿de quién es la vida que estoy viviendo? como primer paso para revisar decisiones.
- Identificar quién aparece cuando se responde ¿quién debería determinar cómo vivo? suelen ser padres, pareja, miedo social o mandatos familiares.
- Distinguir entre recibir opiniones externas y ceder el control de la decisión final.
- Practicar el ejercicio en decisiones de bajo riesgo, como elegir un curso o un viaje, para entrenar el criterio.
- Evaluar no solo si el deseo es propio, sino si aquello que se persigue tiene valor genuino, como sugiere la filósofa Susan Wolf.
Cierro con una imagen, como suelo hacer. Imaginate que estás en la cocina de tu casa, con la pava que empieza a silbar y alguien te pregunta de memoria cuál es la dirección de la calle donde vivís. La decís sin pensar. Eso mismo hacemos con las decisiones grandes: las repetimos porque las aprendimos, no porque las hayamos elegido. La propuesta de Bedzow es tan simple como esa pregunta sobre la dirección de tu casa, pero el doble de incómoda, porque te obliga a mirar la fachada desde la vereda de enfrente. Si lo que ves ahí no te cierra, ya tenés por dónde empezar.
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