Dos chicas, un campamento y la música como rebelión: llega a la pantalla “La llamada”
El debut cinematográfico de Los Javis reúne comedia, canciones en vivo y preguntas sobre la fe en un relato que pasó del Teatro Lara a cinco nominaciones a los Goya.

Desde el primer plano, la luz de un verano seco sobre la meseta de Segovia parece anticipar el calor que va a reinar en el campamento La Brújula. Esa sensación térmica no es un decorado: marca el pulso de “La llamada”, la película que marcó el desembarco de Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como Los Javis, en la dirección de cine después de cuatro años de hacer temblar las salas del Teatro Lara con un musical que nadie esperaba que sobreviviera más de ocho funciones.
La historia sigue a María y Susana, dos adolescentes que integran el grupo Suma Latina y sueñan con hacer reguetón mientras las monjas del campamento intentan ordenar sus días con rezos y reglas. El choque entre esas aspiraciones y la disciplina religiosa es el motor de una comedia que, a poco de andar, se vuelve algo más hondo: María empieza a ver apariciones que no sabe si son divinas o una forma de escucharse a sí misma, y Susana, en paralelo, empieza a revisar las normas que le organizan la vida.
Un elenco que se permite cantar y dudar
Macarena García y Anna Castillo encabezan el elenco como María y Susana, y eligen componer a dos amigas que se quieren mientras discuten por todo, desde la letra de una canción hasta el significado de una aparición. A su alrededor, Belén Cuesta se pone el hábito de la hermana Milagros y aprovecha cada escena para dejar la regla, volver a su ropa de calle y cantar temas de Presentos Implicados frente al espejo, como si el baño del campamento fuera un camarín clandestino. Gracia Olayo, como la hermana Bernarda, sostiene el contrapunto: una religiosa más apegada a las normas, aunque no exenta de contradicciones, que encarna las preguntas que el propio relato se anima a formular sobre la fe, la obediencia y el deseo.
- Macarena García: María, la adolescente que ve apariciones y busca darles sentido.
- Anna Castillo: Susana, su amiga del grupo Suma Latina, dispuesta a hacer reguetón a cualquier costo.
- Belén Cuesta: la hermana Milagros, que se saca el hábito para cantar a Presuntos Implicados.
- Gracia Olayo: la hermana Bernarda, la cara más apegada a las reglas del campamento La Brújula.
Antes de convertirse en película, la historia nació como un musical off de Madrid. Calvo y Ambrossi lo escribieron y lo dirigieron en el Teatro Lara en 2013, con la idea original de hacer apenas ocho funciones. La respuesta del público fue tan sostenida que la obra se reestrenó varias veces y terminó funcionando como una usina de la que salió, casi sin querer, una camada de actores y actrices que después coparon otros proyectos. Esa genealogía del escenario a la pantalla se nota en la película: cada número musical está rodado como si la cámara hubiera entrado a una función y no al revés, y los planos largos sobre los rostros mientras cantan dejan entrever el entrenamiento de años en las tablas.
Del surco a la góndola: cinco nominaciones y un Goya
El recorrido en los premios llegó en 2018, cuando la película obtuvo cinco candidaturas a los Goya. La única estatuilla que se llevó fue la de mejor canción original, por un tema compuesto por Leiva que funciona como el corazón musical de la historia. La nominación llegó en un momento bisagra para Los Javis: ya venían de instalarse en la conversación pública con su trabajo en teatro y televisión, y la película les abrió la puerta a un público que no pisaba las salas independientes. Desde entonces, la distancia entre el circuito de festivales y la gran pantalla dejó de ser un abismo para sus proyectos posteriores, entre ellos “Paquita Salas” y otras producciones que recogieron esa herencia de humor con carga emocional.
Cierro esta nota como la empecé, mirando el termómetro: hace calor en La Brújula, y esa calor no es gratuita. Acompaña a dos adolescentes que se preguntan qué hacer con lo que sienten en un lugar donde la fe se vive como disciplina y la música aparece como una forma de fuga. Lo que el Estado, los ministerios de Cultura y los propios premios todavía no terminan de resolver del todo es cómo darle continuidad al circuito que va de un teatro independiente a una sala de cine masiva: en muchos casos, los musicales que nacen off como “La llamada” siguen dependiendo de productores que arriesgan su propio capital, y la rueda de ayudas públicas termina girando más lento de lo que el público reclama. Mientras tanto, la película sigue ahí, mostrándole a una nueva generación de espectadores que cantar puede ser un acto de rebeldía tanto como un modo de entenderse.
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