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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Latido Riojano

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Digger, de Iñárritu: el teatro otra vez como trinchera y como trampa

Más de una década después de Birdman, el director mexicano regresa al escenario y a la pregunta por el arte con Tom Cruise como protagonista de una película que pone en el centro la contradicción entre la creación y el dinero que la financia.

RQ
Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura · · 5 min de lectura
Digger, de Iñárritu: el teatro otra vez como trinchera y como trampa

Hay películas que nacen con el cielo despejado y otras que parecen haber sido pensadas en días de tormenta. Digger, el nuevo filme de Alejandro González Iñárritu, llega a las pantallas en un momento donde el oficio de hacer cine se parece cada vez más a cultivar en tierras esquilmadas: se necesita agua que no siempre alcanza, se depende de capitales que miran el calendario de premios y, aun así, se sigue plantando porque no queda otra. Esa sensación de trabajar contra los propios condicionamientos es, justamente, el clima que atraviesa toda la película y el que me interesa repasar en esta nota, porque lo que muestra Iñárritu no es un ejercicio de nostalgia sino una advertencia disfrazada de ficción.

El regreso a un terreno conocido, con menos festejo y más bisturí

Quien haya visto Birdman recordará el vértigo de un falso plano secuencia que recorría los pasillos de un teatro, las dudas de un actor que alguna vez fue una superestrella y una reflexión airada sobre lo que significa crear cuando el tiempo de los reflectores parece haber pasado. Digger recupera ese mundo casi punto por punto: otra vez el escenario como territorio, otra vez una figura pública enfrentada al espejo de sus propias inseguridades, otra vez la cámara asomándose a las bambalinas para mostrar el andamiaje que sostiene la función. Lo que cambia es el ánimo. Si en aquella película asomaba una celebración un poco exasperada del artista que se reinventa, aquí lo que predomina es un tono más áspero, más incómodo, como de conversación difícil que se mantiene igual por no querer romper del todo la mesa.

  • El teatro vuelve a funcionar como escenario físico y como metáfora de la industria del espectáculo.
  • La relación entre el dinero y la creación artística ya no es un telón de fondo: pasa a ser el conflicto central.
  • El falso plano secuencia desaparece, pero se conservan buena parte de los recursos formales de Birdman.
  • El cierre de la historia deja menos espacio para la reconciliación y más para la pregunta sin respuesta.

El punto de partida es sencillo y a la vez jugoso: un personaje interpretado por Tom Cruise acepta el respaldo de un magnate para montar su propia obra, con el objetivo declarado de sacar a su hija de una situación que el mismo círculo de poder contribuyó a crear. La paradoja está servida desde el primer acto y es lo que le da a la película su combustible dramático. El arte que denuncia al poderoso solo existe, en esta historia, porque ese poderoso puso la plata para que existiera. La denuncia se vuelve parte del problema que dice combatir, y la película no esquiva esa contradicción: la muestra, la subraya, la deja picando en el aire mientras la función avanza.

A lo largo del metraje, el financiamiento privado deja de ser un dato de producción para convertirse en un personaje más. Las decisiones estéticas se negocian, los plazos se ajustan a la agenda del mecenas y el público, que en la sala aplaude la caída simbólica del magnate, termina ejerciendo una catarsis que no tiene ningún correlato en la vida cotidiana. Es ahí donde la película se vuelve menos espectáculo y más radiografía: cuando uno sale del cine y empieza a pensar en cuántas veces aplaudió, desde la butaca, cosas que afuera no se atreve ni a mencionar.

Una apuesta que se sabe incómoda para la temporada de premios

Esa radicalidad, que es la mayor fortaleza de Digger, es también su mayor problema a la hora de cruzar la puerta de los premios. En el circuito de las estatuillas, las películas que combinan ambición autoral con recaudación generosa suelen correr con ventaja, y aquí el propio material parece jugar en contra: al elegir un tono menos celebratorio, más áspero, más desesperanzado, Iñárritu le habla de igual a igual a un público adulto antes que a la Academia. La única carta que podría torcer ese cálculo es, como señala la nota original, una actuación de Tom Cruise lo suficientemente rotunda como para sostener toda la campaña. Si Cruise consigue que su personaje no sea apenas un vehículo para la idea sino alguien de carne y hueso, la película tendrá con qué pelear; si queda reducido a la pose, la apuesta se desinfla y la pregunta queda colgada del escenario vacío.

Siempre me gustó detenerme en el tramo que va del surco a la góndola, ese recorrido donde lo que se piensa en un escritorio termina discutiéndose en una mesa familiar, y esta película me lo recordó todo el tiempo: cada decisión creativa que vemos en la pantalla es el resultado de una cadena de transacciones, de favores, de silencios cómplices. Un productor amigo del pueblo, que conoce estas lógicas de memoria, me decía el otro día que en el campo pasa exactamente lo mismo con las cooperativas que dicen pelearle al pool de siembra y después firman los contratos que les imponen los pool de siembra. No es el mismo mundo, la misma estructura: denunciar al que te paga mientras le pedís que te siga pagando.

En definitiva, Digger no viene a responder la pregunta que la propia película deja abierta, esa que sobrevuela toda la narración y que el texto original rescata con justeza: si el cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema. Lo que hace, y ahí está su valor, es obligarnos a formularla con todas las letras. Lo que el Estado, lo que los mercados, lo que las instituciones todavía no resolvieron es justamente eso: cómo se sostiene un arte crítico sin pedirle permiso al poder que dice combatir. Mientras esa respuesta no aparezca, vamos a seguir viendo películas como esta, necesarias y un poco amargas, plantadas en tierras que no siempre las dejan crecer del todo.

RQ
Rosa QuinteroCampo y vitivinicultura

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