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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando la palabra se escapa: claves para entender por qué pasa y hasta cuándo hay que prestarle atención

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas describe los trucos simples para retomar una idea cuando el término justo no aparece y marca la línea que separa una pausa ocasional de un cuadro que merece consulta profesional. El cansancio, las distracciones y el paso de los años pueden inclinar la balanza, pero no son sentencia.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando la palabra se escapa: claves para entender por qué pasa y hasta cuándo hay que prestarle atención

Acá, en la sala de espera de un consultorio del barrio de Belgrano, María Eugenia, vecina del lugar, me dice algo que resume mejor que cualquier manual lo que vamos a contar: a veces tengo la imagen clarísima en la cabeza, sé lo que quiero decir, hasta podría dibujarlo, y la palabra no me sale. Se ríe, como si le diera vergüenza, pero en realidad acaba de poner nombre a una experiencia que todos, alguna vez, hemos padecido en alguna sobremesa, en alguna reunión de consorcio o en mitad de una clase: esa sensación que los especialistas llaman tener la palabra en la punta de la lengua, ese instante en el que uno sabe qué quiere decir y, sin embargo, el término exacto se resiste a aparecer.

Para entender por qué ocurre y, sobre todo, para saber cuándo hay que tomárselo en serio y cuándo alcanza con un suspiro y una vuelta de página, conversé con Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, que me explicó que acceder a una palabra no es un solo movimiento, sino dos: primero se activa el significado de lo que uno quiere nombrar y, después, se recuperan los sonidos que permiten decirlo. En el fenómeno de la punta de la lengua, el primer paso suele llegar a tiempo; lo que se demora o se interrumpe un instante es el segundo. Y esa pequeña falla, que parece enorme en medio de una charla, no es otra cosa que un tropiezo en el camino entre el concepto y su envoltura fonológica, como si el cerebro tuviera que buscar la llave exacta entre miles y, por un segundo, no encontrara la ranura justa.

Recursos simples para no quedar a mitad de camino

  • Buscar un sinónimo o describir aquello que se quiere nombrar, aunque sea con rodeos, porque lo importante es sostener la conversación y no exhibir la pausa.
  • Pensar en la letra inicial del término, en su utilidad o en sus características más visibles: el cerebro suele responder a esas pistas indirectas y devolver la palabra en cuestión de segundos.
  • Conversar sobre asuntos que nos interesan y contar información con palabras propias, porque esas actividades obligan a recuperar conocimientos, ordenar ideas y mantener la atención en el intercambio.
  • Disminuir las distracciones, bajar el ruido de fondo y procurar dormir bien, ya que el cansancio y la sobresolicitación atentan contra la fluidez verbal más de lo que uno imagina.

Sánchez Salinas subraya que todos esos recursos sirven para acercarse al término por distintas vías, como si uno rodeara la manzana cuando la puerta principal está trabada, y aclara que se puede aplicar a cualquier edad, porque a cualquiera le puede pasar, sobre todo cuando se está cansado, distraído o sometido a cierta presión. De hecho, añade la especialista, con los años esa vivencia tiende a hacerse más frecuente, lo cual no implica que la palabra se haya perdido para siempre: muchas veces aparece unos minutos después, cuando uno deja de buscarla con desesperación y se distrae con otra cosa, como si el cerebro la hubiera soltado y ahora la ofreciera sin drama.

La línea que separa una pausa de una dificultad que merece consulta

Ahora bien, y acá viene lo que a mí, como cronista, más me interesa remarcar porque hace a la salud de los lectores, no todas las pausas son iguales, y la distinción importante, según la neuropsicóloga, es entre un episodio aislado y una dificultad que se repite y empieza a complicar la comunicación cotidiana. Sánchez Salinas recomienda consultar cuando encontrar las palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de uso habitual o cuando cuesta cada vez más seguir el hilo de una conversación, así como cuando los cambios en el habla son notorios para la propia persona o para quienes la rodean, porque muchas veces es un allegado el que primero se alarma y lo dice con prudencia en la mesa de los domingos.

En esos casos, una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender qué está ocurriendo y orientar el diagnóstico y el tratamiento, porque no se trata solo de etiquetar un síntoma sino de entender si las dificultades representan un cambio respecto de cómo la persona se comunicaba antes y si ese cambio interfiere de verdad con su vida diaria. El criterio, entonces, no es contar cuántas veces se tropezó con una palabra la semana pasada, sino preguntarse si el tropezón se convirtió en patrón y si ese patrón ya pesa en la independencia, en la confianza o en las ganas de hablar.

Y acá va la imagen con la que me quiero despedir, porque me parece la más justa: imaginen a María Eugenia otra vez en su sillón del barrio, con la taza de té en la mano, buscando la palabra que se le escapa. A veces la encuentra enseguida, a veces tarda un minuto, a veces tiene que pedir ayuda a quien tiene enfrente. Lo importante, y esto es lo que rescato de la charla con Sánchez Salinas, es que cada uno de nosotros aprenda a distinguir cuándo la lengua se está haciendo la remolona un ratito y cuándo, en cambio, nos está pidiendo que le prestemos atención de verdad, porque del otro lado del silencio breve puede haber una conversación que aún estamos a tiempo de tener.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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