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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando la cabeza no da más: por qué una pausa a tiempo puede cambiar la jornada

Caminar, respirar, mirar alrededor o simplemente cerrar los ojos unos minutos son estrategias simples que pueden devolver algo de claridad mental frente al agotamiento cotidiano. Especialistas consultados aclaran que son útiles para recuperar la concentración, pero no sustituyen la atención profesional cuando el malestar se vuelve persistente.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando la cabeza no da más: por qué una pausa a tiempo puede cambiar la jornada

A veces la cabeza se nubla, los ojos se cansan y una se queda mirando la pantalla sin entender qué está leyendo. A mí me pasa, y por lo que se ve en la calle, le pasa a mucha más gente de la que uno imagina. Antes de seguir a los saltos con el mate en la mano, vale la pena detenerse un segundo: una pausa breve, bien elegida, puede ser la diferencia entre terminar la jornada arrastrándose o llegar a la tarde con algo de energía. Eso, al menos, es lo que coinciden en señalar distintos especialistas, y es lo que me fui a verificar en mi propia rutina de acá a la vuelta.

Técnicas concretas para salir del loop

Cuando los pensamientos empiezan a dar vueltas como un lavarropas en el centrifugado, hay un ejercicio bastante gráfico que puede ayudar. Se llama 5-4-3-2-1 y consiste en apelar a los cinco sentidos para volver al mundo de alrededor. En orden: nombrar cinco cosas que se ven, cuatro que se pueden tocar, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea. Antes de arrancar, una respiración lenta, sin tirar el aire como si fuera un suspiro de telenovela. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque -aclaró- no las borra de un plumazo. Mi vecina Marta, que labura en una oficina del centro, me contó que lo probó una vez que estaba por explotar con un trámite bancario: dice que no resolvió nada, pero por lo menos dejó de temblar.

  • Mirar cinco objetos del entorno, preferentemente con detalles distintos.
  • Tocar cuatro superficies y prestar atención a la textura.
  • Identificar tres sonidos, por lejanos que parezcan.
  • Reconocer dos aromas, incluso si son tenues.
  • Buscar un sabor, como un café o un caramelo.
  • Cerrar los ojos y respirar de manera pausada antes de empezar.

Caminar, moverse y compartir

Si el cuerpo lo permite y la agenda lo banca, salir a caminar es una de las pausas mejor estudiadas. Una investigación evaluó a trabajadores que pasearon por un parque durante 15 minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales consecutivos, y en esas jornadas reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos, pero dan un indicio. Cuando no se puede salir, estirar las piernas, hacer movimientos de movilidad o bailar una canción son alternativas razonables. Y un detalle que no es menor: compartir ese rato con alguien puede sumar conversación y cortar la conexión con las obligaciones. Una llamada o un intercambio con una persona de confianza también pueden interrumpir temporalmente la atención puesta en el malestar. En la panadería de la esquina, Ramón me dijo algo parecido mientras le pasaban el pan: a veces lo que rescata la tarde no es la merienda, sino que alguien le pregunte cómo le fue.

El ojo cerrado y el justo descanso

Otra opción, bastante subestimada en esta época de pantallas encendidas todo el día, es simplemente cerrar los ojos. La neurocientífica Heidi Hanna señaló que mantener los ojos cerrados entre 10 y 15 minutos puede favorecer la recuperación cognitiva. Ese intervalo debe ajustarse a las necesidades personales y, ojo, no reemplaza al sueño adecuado: una cosa es una pausa reparadora y otra muy distinta es creer que con micro-siestas alcanza. Aquí, en la redacción, cuando alguien se pone la campera sobre la cara y queda en silencio absoluto, ya todos sabemos que la pausa está empezando.

Cuando la pausa no alcanza

Estas prácticas son herramientas, no curas mágicas. El límite aparece cuando el malestar sigue, aumenta o empieza a complicar la vida de verdad: el sueño, el trabajo, los vínculos. La terapeuta Tyana Tavakol recomendó considerar una consulta profesional cuando los intentos personales no logran revertir el cuadro. A veces uno se acostumbra a funcionar en piloto automático y cree que está bien porque todavía se levanta de la silla, pero eso no siempre alcanza. Pedir ayuda no es exagerar: es, en muchos casos, el primer paso para que las pausas vuelvan a ser pausas y no parches. Como me dijo una vez una colega, con esa frase que se queda dando vueltas: cuidarse no es sentarse a esperar que pase la tormenta, sino aprender a guardarse cuando empieza a llover.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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