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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el pelo se cae sin aviso: lo que el cuerpo intenta decir y por qué no hay que conformarse con un suplemento

Un cambio en la densidad capilar no es un tema de cosmética: puede ser la punta de un hilo que lleva a la tiroides, al ovario o a un déficit de hierro. Una dermatóloga y un caso de barrio ayudan a entender por qué la consulta a tiempo sigue siendo la mejor decisión.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
Cuando el pelo se cae sin aviso: lo que el cuerpo intenta decir y por qué no hay que conformarse con un suplemento

Lo que suele empezar como una preocupación frente al espejo —más mechones en la almohada, el cepillo que se llena, la raya que se nota más ancha de lo que uno quisiera— se va transformando, casi sin que nos demos cuenta, en una pregunta más inquietante: me estaré enfermando. La caída del cabello en mujeres dejó hace rato de ser un asunto puramente estético y hoy los manuales de dermatología la tratan como lo que muchas veces termina siendo: un síntoma. Un mensaje que el cuerpo manda cuando algo del lado hormonal, nutricional o autoinmune no termina de cerrar. La advertencia, sin embargo, llega con una aclaración que vale la pena repetir desde el arranque: no toda melena que se adelgaza esconde una enfermedad, y el primer error que uno puede cometer es salir a comprar frascos de vitaminas como si fueran caramelos.

Acá, en el consultorio de la doctora Lorena Maidana, en el barrio de Caballito, la escena se repite con variantes. Mujeres que llegan con el pelo recogido, a veces con un pañuelo, y la misma frase en la boca: «Se me cae un montón y no sé qué me pasa». Maidana, dermatóloga y miembro de la Sociedad Argentina de Dermatología, recibe esa consulta casi a diario y suele empezar por lo que parece obvio pero casi nunca lo es: preguntar. «Hay que sentarse a charlar con la paciente, armar una historia clínica completa y, sobre todo, revisar el cuero cabelludo —explica—. Recién después, si hace falta, se piden estudios. Una caída no se trata de memoria, se trata de leer lo que el pelo está contando».

Las tres pistas que la medicina ya conoce

  • Tiroides que se descompensa: tanto el hipotiroidismo como el hipertiroidismo pueden provocar un desprendimiento difuso, a veces en mechones, que suele revertirse cuando la enfermedad de base queda bajo control.
  • Síndrome de ovario poliquístico: el exceso de andrógenos puede producir una pérdida con patrón masculino, asociada a menstruaciones irregulares, acné, más vello facial o corporal y, en algunos casos, dificultad para lograr un embarazo.
  • Déficit de hierro, zinc o biotina: fue el hallazgo más frecuente en un estudio sobre 155 casos de alopecia femenina disponible en PubMed Central, aunque sus autores aclaran que se trata de una muestra y no de una regla general.

A esas tres pistas, los manuales le suman otras: el llamado efluvio telógeno, que aparece unos tres meses después de un estrés fuerte, una cirugía o una fiebre alta; la alopecia areata, de origen autoinmune, que se presenta con zonas redondeadas y lisas; y, por supuesto, la herencia, que sigue siendo la causa más frecuente y a la que nadie puede echarle la culpa a un suplemento.

La Academia Estadounidense de Dermatología es bastante clara en un punto que acá se repite hasta el cansancio: los suplementos vitamínicos solo se indican cuando un análisis de sangre confirma la carencia. «Tomar hierro o biotina porque sí, sin un déficit comprobado, no es la solución —insiste Maidana—; de hecho, el exceso de hierro puede ser francamente perjudicial». Dicho de otro modo: lo que sobra también enferma.

“Una caída no se trata de memoria, se trata de leer lo que el pelo está contando.”Lorena Maidana, dermatóloga (Sociedad Argentina de Dermatología)

Silvia, vecina de Floresta, tiene 47 años y cuenta su caso mientras acomoda unos papeles en la mesa de un bar de la avenida Avellaneda. Llegó a la consulta casi por descarte: el pelo se le afinarba desde hacía meses, las uñas se le quebraban y arrastraba un cansancio que atribuía al trabajo. «Fui al dermatólogo pensando en algo de la piel y terminé haciéndome análisis de tiroides y de ferritina —recuerda—. Tenía el hierro por el piso. Empecé a reponerlo, me cuidaron la alimentación y, a los seis meses, el pelo empezó a mejorar». El suyo no fue un caso de los más graves, pero le dejó una enseñanza que repite cada vez que puede: «Uno se acostumbra a verse mal y deja de consultar. Qué lío. Resulta que era algo tratable».

La Mayoy Clinic coincide en que cualquier cambio brusco —una pérdida abundante, localizada o que se acelera— merece una consulta médica, y recuerda que esa evaluación suele empezar por los antecedentes clínicos y la revisión del cuero cabelludo, y que a veces se completa con análisis de sangre o, en casos puntuales, con una biopsia. No se trata de asustarse, sino de no naturalizar algo que a veces tiene solución. La herencia, claro, sigue siendo herencia: la alopecia androgenética femenina no se revierte con un suplemento, pero sí puede estabilizarse con tratamientos que el especialista indique.

Y acá viene la parte donde uno, como lector, tiene que decidir: o sigue mirando el cepillo con resignación, o saca un turno. No hay termino medio razonable. Si hay un mensaje que Maidana repite al cierre de cada consulta es uno, y lo dice mirándote a los ojos: «El pelo vuelve a crecer, en muchos casos, cuando se trata la causa. Pero para tratarla hay que saber cuál es. Y eso solo lo puede decir un profesional, con estudios en la mano».

Así que la próxima vez que alguien deje un puñado de pelos en la rejilla de la ducha y diga «será la edad», vale la pena mirar la escena completa: la edad es una explicación perezosa. A veces la causa está en una tiroides que se descompensa, en un ovario que funciona de manera caprichosa o en un hierro que se fue sin hacer ruido. Reconocerlo a tiempo es, en buena medida, volver a verse en el espejo con un poco más de calma.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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