Cuando el intestino avisa: qué mirar en la mesa y en la rutina para no naturalizar lo que molesta
Dietas repetidas, ultraprocesados, antibióticos sin control y estrés sostenido pueden desordenar la microbiota. Especialistas consultados por portales de salud remarcan que la fibra, la variedad y el movimiento ayudan, pero no reemplazan la consulta cuando los síntomas se vuelven costumbre.

A esta altura, casi todos tenemos un amigo, un compañero de oficina o ese vecino de toda la vida que vive con la pancha inflada, los gases a deshora o el reflujo que ya nadie comenta en la mesa porque se volvió paisaje. El problema, coinciden las especialistas que vienen hablando del tema, es exactamente ese: que lo que molesta se naturaliza. Y acá aparece la primera señal de alerta que me interesa compartir, porque cuando algo se repite en el cuerpo y dejamos de prestarle atención, algo se está perdiendo del cuidado que nos debemos.
La nutricionista clínica Marcie Vaske lo dice sin vueltas: convivir con hinchazón, gases, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería convertirse en una costumbre. Cuando esas molestias se prolongan, insistió la especialista, corresponde una evaluación profesional, porque pueden estar vinculadas a intolerancias, a enfermedades digestivas propiamente dichas o a alteraciones de la microbiota, entre otras causas que una recomendación general no alcanza a resolver. La frase, a mi modo de ver, ordena el debate: lo que sirve para el día a día sirve para el día a día, y nada más.
La variedad en la mesa como punto de partida
Para el cuidado cotidiano, una de las claves está en algo tan sencillo como suele ser difícil de sostener: la variedad de lo que se come. La fibra, que se encuentra en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, alimenta a parte de los microorganismos que viven en el intestino y ayuda a mantener equilibrada esa comunidad invisible que tanto trabaja por nosotros. La Organización Mundial de la Salud recomienda incluir estos grupos de alimentos en la dieta diaria y alcanzar, como mínimo, 400 gramos de frutas y verduras por jornada. El número no es caprichoso: es una referencia internacional que sirve de ancla.
- Incorporar frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales como base de las comidas del día.
- Llegar a los 400 gramos diarios de frutas y verduras que sugiere la OMS, repartidos entre las distintas comidas.
- Sumar alimentos fermentados dentro de una dieta variada, sin que reemplacen una consulta médica si las molestias reaparecen.
- Reservar el uso de antibióticos para cuando están indicados por un profesional y completar el tratamiento tal como fue prescrito.
- Mover el cuerpo: la OMS sugiere entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física para adultos.
Esa diversidad se cae cuando se repiten pocas comidas y predominan los ultraprocesados. La dietista Jenna Volpe advierte que sostener ese patrón durante tiempo puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios. Los alimentos fermentados pueden formar parte de una alimentación variada, pero, tal como remarcan las especialistas, incorporarlos no sustituye la consulta si las molestias vuelven.
Lo que pasa adentro y por qué importa
El intestino es mucho más que un tubo largo: alberga bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que participan en la digestión, en las defensas del cuerpo y hasta en la forma en que obtenemos energía de los alimentos. Su composición cambia con el tiempo, y el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos identifica a la alimentación y a los medicamentos entre los factores que pueden modificarla. Por eso, también importa cómo se usan los antibióticos: son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, pero su uso innecesario puede afectar microorganismos beneficiosos. La recomendación sanitaria es tomarlos con prescripción médica y completar el tratamiento hasta el final, sin recortes.
El funcionamiento digestivo también puede alterarse por el estrés. La gastroenteróloga Asma Khapra explicó que el estrés puede modificar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal. Cuando a esa tensión se le suma una vida demasiado quieta, el cuadro se completa: la Organización Mundial de la Salud recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física, una franja que funciona como piso y como techo razonable para mantener el cuerpo en movimiento.
Yo suelo pensar estas cuestiones mientras camino por el barrio y me cruzo con Beatriz, la vecina del tercer piso, que siempre me cuenta que vive con la pancha hinchada y que ya probó de todo por su cuenta. Cada tanto le repito lo mismo, sin solemnidad y con mate de por medio: mientras los síntomas se sigan repitiendo, lo más responsable es ir al profesional que corresponda y, en paralelo, revisar la variedad de lo que se come, el uso de los antibióticos y el lugar que el estrés se va ganando en la rutina. No es un listado mágico, es una manera de empezar a prestarle atención a un intestino que, cuando avisa, casi siempre está diciendo algo que vale la pena escuchar antes de que se haga costumbre. Ernesto Chumbita, Sociedad y vida cotidiana.
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