Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Latido Riojano

Latido Riojano

Portada — Vida —

Cuando el dolor se vuelve invisible: cómo mirar a tiempo a los jóvenes que están al borde

Los suicidios en Argentina crecieron un 57,7% entre 2017 y 2025 y ya son la principal causa de muerte entre los 15 y los 34 años. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires explica qué puede hacer cada familia, cada escuela y cada compañero de trabajo cuando alguien empieza a dar señales de que ya no puede más.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando el dolor se vuelve invisible: cómo mirar a tiempo a los jóvenes que están al borde

Acá, en este país que muchas veces prefiere mirar para otro lado cuando algo lo asusta, hay un número que duele más que cualquier otro y que cada año se hace más grande: en 2025, 5.209 personas en la Argentina murieron por suicidio, contra 3.304 que se registraban en 2017, según los datos oficiales que circulan entre los especialistas. El salto, del 57,7%, no es un detalle estadístico que se pueda archivar en un cajón: convierte a esta causa de muerte en la primera entre los 15 y los 34 años, incluso por encima de los accidentes de tránsito, ese flagelo que durante décadas se llevaba la peor parte en las estadísticas de los jóvenes.

La tasa nacional, que mide los casos cada 100.000 habitantes, pasó de 8,2 a 11,8 en apenas ocho años, un crecimiento que la Organización Mundial de la Salud ya había advertido que no era exclusivo de la Argentina sino parte de un fenómeno global ligado al avance de la depresión y del malestar psicológico en las nuevas generaciones. Lo que me pregunto, en estas horas en las que uno termina de leer los números y se queda en silencio, es cuántas de esas muertes se podrían haber evitado si alguien del entorno hubiera prestado atención a tiempo a lo que estaba pasando.

Las marcas que dejó el aislamiento

La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, una de las voces más escuchadas cuando se habla de este tema en nuestro país, dice con una tranquilidad que contagia que el proceso nunca es repentino y que, por eso, casi siempre hay tiempo para hacer algo. Para muchos jóvenes que transitaban la escuela secundaria durante el período de aislamiento social, el regreso a la presencialidad fue mucho más complicado de lo que se contó en los medios: volver al aula implicó, para los que ya tenían dificultades para vincularse, enfrentar exigencias para las que no tenían los recursos internos desarrollados. Y esa mochila, sumada al deterioro económico, a una ruptura amorosa o a un conflicto escolar, muchas veces terminó siendo insoportable.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires

Azcoitía rechaza de plano las explicaciones simples: los factores psicológicos, los relacionales, los familiares y los biológicos se combinan de manera distinta en cada caso, y pretender reducir el fenómeno a una sola causa es, según me dijo, una forma de no entender lo que está pasando. Roberto, un vecino de Lanús que trabaja como preceptor en una escuela secundaria del conurbano, me contaba hace unos días que en estos últimos años nota a los chicos más solos aunque estén todo el día con el celular en la mano, y que varios docentes de su colegio ya pidieron capacitación para aprender a detectar cuándo un alumno está pasando un momento límite.

Qué mirar y cómo escuchar

Sobre las señales que el entorno puede detectar, la especialista es muy clara: la clave no es hacer un listado rígido de síntomas sino observar los cambios respecto de la conducta habitual de cada persona. Un adolescente que siempre fue expansivo y de pronto se aísla, o uno que era más inhibido y de repente aparece con conductas disruptivas, merece que alguien se detenga y le pregunte qué le pasa. El aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo, porque hay jóvenes retraídos que están perfectamente bien; lo que importa, subraya Azcoitía, es la diferencia con el patrón previo, el desvío respecto de cómo era ese chico o esa chica hasta hace poco.

  • Observar cambios respecto de la conducta habitual del joven, no síntomas aislados.
  • Prestar atención a retraimientos o explosiones que rompen el patrón previo.
  • Tener en cuenta que las redes sociales como único canal de comunicación pueden aumentar el riesgo.
  • No naturalizar las adicciones, los trastornos de alimentación, el bullying, los abusos ni los conflictos familiares graves.
  • En jóvenes adultos que viven solos, la mirada queda en manos de compañeros de trabajo y amigos.

En los jóvenes adultos que se fueron de la casa y viven solos, la detección suele recaer en compañeros de trabajo o en amigos, porque la familia ya no tiene el contacto cotidiano que tenía cuando eran adolescentes. Entre los factores que elevan el riesgo, Azcoitía menciona el uso de las redes sociales como único canal de comunicación, las adicciones, los trastornos de la alimentación, el bullying, los abusos y los conflictos familiares, y aunque evita condenar de manera general a las plataformas digitales, advierte que su impacto se vuelve serio cuando desplazan otros vínculos y cuando la persona que las usa es especialmente vulnerable.

Yo cierro esta nota como empecé, con una imagen más que con un dato: me quedo pensando en esa cocina de casa donde un padre o una madre le pregunta a su hijo cómo está de verdad, sin celular en la mesa, sin apuro, y se queda ahí hasta que el otro se anima a contar lo que le pasa. Acá, a la vuelta, en cualquier barrio de la Argentina, esa conversación todavía puede salvar una vida.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo