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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando el avión empieza a temblar antes de despegar: lo que hay que saber para perderle el miedo a volar

El neurólogo Conrado Estol repasó algunas claves para poner en perspectiva el temor a las turbulencias, desdramatizar la anticipación del embarque y entender por qué el alcohol no es un buen compañero de cabina.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
Cuando el avión empieza a temblar antes de despegar: lo que hay que saber para perderle el miedo a volar

A mí siempre me lo dijo mi vecina Marta, que cada vez que tiene que ir a ver a los nietos a Bariloche se sube al avión con la cara de quien va al dentista: "Ernesto, me tiembla el labio desde que pongo un pie en Ezeiza, y lo peor es que todavía ni pasé por migraciones". Esa imagen me quedó dando vueltas mientras leía lo que viene explicando hace rato el neurólogo Conrado Estol, porque resulta que el miedo a volar no empieza cuando uno se sienta en el asiento y se abrocha el cinturón, sino mucho antes, en la fila del check in, en el colectivo que va hacia el aeropuerto, en la propia cuenta regresiva del calendario.

La anticipación como primer capítulo de la ansiedad

Lo que plantea Estol es bastante razonable y, si lo pienso con dos segundos, hasta lógico: cuando alguien siente que el avión le va a generar un problema, el cuerpo empieza a prepararse desde mucho antes del embarque. Los controles, los trámites, el propio hecho de imaginarse dentro del tubo a diez mil metros de altura funcionan como un ensayo general del malestar. Por eso, para quienes sufren ese cuadro, la mochila emocional arranca en la puerta de la terminal y no en la pista.

En paralelo, el especialista recordó que a veces se suma otro condimento que complica todo: la claustrofobia. No es lo mismo tenerle miedo a las turbulencias que sentirse encerrado en una cabina con la ventana cerrada. Son dos ingredientes distintos, pero que muchas veces se mezclan en el mismo pasajero y potencian ese estado de alerta permanente.

Ponerle números y movimiento al miedo

Ahora bien, ¿qué se puede hacer concretamente? Acá me parece que viene lo más interesante de toda la charla, porque Estol propone algo bastante terrenal: mirar una aplicación de seguimiento de vuelos. La idea es abrir el mapa en el celular, ver la cantidad de avioncitos que están volando en este mismo momento a lo largo y ancho del planeta y pensar que cada uno de esos puntos representa un viaje que arrancó y va a terminar bien. Es, si se quiere, una forma de sacar la foto completa del movimiento aéreo para entender que lo que uno está por hacer es una actividad más bien rutinaria y no una excepción heroica.

Turbulencias con cielo despejado y otras confusiones frecuentes

Después aparece el otro gran capítulo, que es el de las turbulencias, y acá el neurólogo aclara algo que a mí, personalmente, me voló la cabeza: se puede tener un sacudón importante mirando por la ventanilla un cielo totalmente limpio, sin una sola nube a la vista. Las llamadas turbulencias de aire claro existen y son, por lo que se explicó, una de las principales fuentes de confusión para los pasajeros, que asocian movimiento con tormenta y, cuando no ven mal tiempo, se sorprenden aún más.

Otro punto clave es el de la duración. Estol describió que los episodios más intensos suelen extenderse durante segundos o, como mucho, algunos pocos minutos, aunque quien los está viviendo tiende a imaginar que la cosa va a prolongarse durante horas. Como forma de calibrar esa percepción, el médico sugirió comparar lo que se siente en el avión con las sacudidas que uno tolera sin chistar cuando viaja en tren o en micro: son, en definitiva, movimientos parecidos dentro de vehículos parecidos, solo que a otra altura.

Lo que no hay que hacer a bordo

Y finalmente, un consejo que parece de sentido común pero que el especialista se encarga de remarcar: nada de alcohol como estrategia anti-miedo. La explicación es bastante directa: además de deshidratar, puede provocar insomnio, que es exactamente lo contrario de lo que necesita alguien que quiere llegar al destino y dormir la primera noche. La recomendación general que dejó Estol, y que me parece la más importante de toda la charla, es que el miedo a volar no termine condicionando los viajes, las vacaciones ni, en definitiva, la vida de quien lo padece.

Yo cierro esta nota como la empecé, con Marta y con Ezeiza. Le voy a mandar el link de la aplicación esa de los vuelos y le voy a decir que se quede tranquila: del otro lado del mostrador, los pilotos tienen herramientas para esquivar tormentas, los protocolos de cabina están pensados para evitar distracciones y, sobre todo, los aviones siguen volando, y bajando, todo el tiempo.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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