Chicos que ya no pueden más: el mapa urgente de una salud mental infantil en alerta
Aulas, consultorios y guardias de la Argentina registran a niñas, niños y adolescentes que llegan con el cuerpo y la cabeza agotados por violencias que cargan en silencio. Los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la respuesta queda repartida entre escuelas, hospitales y juzgados, mientras el tiempo corre en contra de los más chicos.

Acá, a una cuadra del centro de cualquier barrio argentino, la escena se repite con una regularidad que ya nadie puede mirar para otro lado: en la escuela la maestra se acerca a una nena que se duerme en clase y no logra seguir el ritmo; en el consultorio del barrio la pediatra atiende a un adolescente que dejó de comer o que, por el contrario, come sin parar como si el hambre le mordiera desde adentro; en la guardia del hospital público, una chica de catorce años llega con marcas en los brazos y una historia de violencia que tardó años en salir a la superficie. No son casos aislados: son, cada vez más, el paisaje cotidiano de una crisis de salud mental infantil que atraviesa a todo el país y que se expresa en síntomas que se multiplican, mientras la atención disponible no alcanza a cubrir ni una parte de la demanda.
Violencias que no se cuentan, pero que dejan huella
Cuando uno se sienta a charlar con las profesionales que atienden en los dispositivos territoriales, enseguida aparece la misma certeza: detrás de cada síntoma hay una historia que, en muchísimos casos, estuvo guardada durante años porque nunca encontró a alguien dispuesto a escucharla. Las estimaciones que maneja UNICEF son terminantes al respecto y merecen ser repetidas con todas las letras: 1 de cada 8 niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años; entre los varones, la proporción baja a 1 de cada 11. A ese mapa se le suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones que se repiten en la mesa familiar o en la escuela, y que muy pocas veces quedan registradas en un expediente o llegan a un juzgado, aunque vayan horadando la salud mental de quienes las padecían desde que eran muy chicos.
Yo lo escuché de boca de Marta, una vecina del barrio de Once que trabaja como acompañante comunitaria en un centro de salud: «Acá atendemos a pibes que llegan con ataques de pánico, con insomnio, con problemas para alimentarse, y cuando uno logra que se abran, aparece la violencia que arrastran desde los seis o siete años. Muchas veces es la primera vez que alguien les pregunta qué les pasa». Lo que cuenta Marta no es un testimonio aislado ni una excepción dramática: es, literalmente, lo que reportan los equipos de salud mental cuando describen el perfil de las consultas que reciben a diario, en un contexto donde la demanda no deja de crecer y los recursos profesionales para responder siguen siendo los mismos de hace una década.
Pantallas, apuestas y una atención que se fragmenta
A este cuadro ya de por sí complejo se le agregó, en los últimos años, una capa nueva que cambió las reglas del juego: las plataformas digitales y el uso intensivo de pantallas. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que no habla solo de un pasatiempo riesgoso sino de un síntoma más de esa combinación de soledad, vulnerabilidad y búsqueda de alivio que empuja a los chicos hacia rincones donde nadie los está mirando. Las pantallas, en muchos casos, no funcionan como un simple hábito generacional: son un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y al mismo tiempo exponen a los pibes a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo, todo en un mismo scroll que atraviesa la madrugada.
- Dificultades para dormir, con insomnio o pesadillas que se reiteran noche tras noche.
- Problemas con la comida, que van desde dejar de comer hasta comer de manera compulsiva.
- Aislamiento creciente, con chicos que se separan del grupo de pares y del entorno familiar.
- Marcas de autolesiones y expresiones de no querer seguir viviendo, que aparecen incluso en edades cada vez más tempranas.
- Bajo rendimiento escolar, con casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años que no alcanzan el nivel básico en Matemática y alrededor de 6 de cada 10 que tampoco lo logran en Lectura ni en Ciencias, según las pruebas PISA 2025.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este rompecabezas que ya nadie puede ignorar: aprender exige atención sostenida, confianza en uno mismo y una capacidad mínima de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápidamente cuando la energía psíquica de un chico o una chica está puesta, casi en su totalidad, en sobrevivir al hambre, a la violencia intrafamiliar o al abandono. Por eso, cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, suele encontrarse con un sistema de salud mental que tiene los equipos especializados contados con los dedos de una mano, con servicios saturados y con listas de espera que convierten lo que podría haber sido una señal temprana en una urgencia que ya nadie puede desandar hacia atrás, mientras la atención queda repartida entre la escuela, que recibe el problema de conducta, el hospital, que recibe el síntoma, y la justicia, que recibe la infracción, con el chico siempre en el medio, a riesgo de perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre se hablan entre sí.
“Cuando uno logra que se abran, aparece la violencia que arrastran desde los seis o siete años. Muchas veces es la primera vez que alguien les pregunta qué les pasa.”Marta, acompañante comunitaria en un centro de salud del barrio de Once
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