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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cecilia Garraffo, la científica argentina que le enseña a las máquinas a cazar vida en las estrellas

Creció en Belgrano, se anotó en Actuario y terminó al frente de un instituto en Harvard que aplica inteligencia artificial a la astronomía. De paso por Buenos Aires, explicó por qué la mayoría de los investigadores da por hecho que no estamos solos en el universo y cómo la tecnología que ella dirige cambió para siempre la forma de mirar el cielo.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
Cecilia Garraffo, la científica argentina que le enseña a las máquinas a cazar vida en las estrellas

Le pregunto a Cecilia Garraffo si ella cree que hay vida en otros lugares del universo y la respuesta me sale en limpio, sin rodeos: "Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos". Acá, en el bar del ITBA donde todavía queda gente con el café a medio tomar después del seminario, la frase cae con una naturalidad que asombra. No hay épica ni declaraciones grandilocuentes. Hay una científica que mira los números y se atreve a leerlos en voz alta.

Para llegar hasta acá, Garraffo construyó un camino que, visto desde afuera, parece un zigzag pero que, mirado de cerca, tiene la lógica interna de las vocaciones que se demoran. Creció en Belgrano, arrancó la universidad anotándose en Actuario porque se le daba bien la matemática, y empujó hasta tercer año sin demasiado entusiasmo. El cambio llegó por dos canales que muchos de los que tenemos más de cuarenta años vamos a reconocer: la lectura de los libros de Stephen Hawking y el impacto de aquella película, Contacto, que en 1997 puso a Jodie Foster escuchando señales en un radiotelescopio. Cecilia se pasó de carrera, se metió en Astronomía, y no volvió a dudar.

De La Plata a Harvard, pasando por la UBA

Estudió en la Universidad Nacional de La Plata, hizo el doctorado en Física en la UBA y completó dos posdoctorados en Estados Unidos, uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial. Hoy dirige el Instituto AstroAI, que funciona dentro del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, uno de esos lugares donde el nombre ya dice todo lo que hay que decir sobre el nivel de la discusión. En 2025 recibió el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que otorga el gobierno estadounidense a profesionales en las primeras etapas de su carrera, un reconocimiento que suele caer sobre gente que ya viene cambiando la manera en que se hace ciencia en su campo.

Mientras habla, Garraffo hace un gesto que a mí, como porteño, me resulta familiar: el de quien se hace cargo del asombro sin impostar la voz. Habla de vida en el universo con la misma calma con la que acá, en cualquier esquina de Belgrano, un vecino podría explicar el resultado de un partido. Y ahí, sentado frente a mí, está Osvaldo, un estudiante avanzado de Ingeniería que se acercó al seminario y que me dice, mientras ordena sus apuntes: "Yo siempre pensé que era una locura, pero cuando lo escuchás a ella explicarlo, parece de sentido común". Le creo, porque la escena lo confirma.

La nueva astronomía ya no mira por el telescopio, mira por la pantalla

Lo que dirige Garraffo en Harvard no es un observatorio clásico. Es un instituto que entrena modelos propios de inteligencia artificial, sin depender de las herramientas comerciales que circulan en el mercado. La diferencia, me aclara, no es solo la velocidad con la que estos sistemas procesan datos, sino algo más inquietante y más interesante: la capacidad de encontrar patrones que nadie estaba buscando. "Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí", dice, y la frase tiene algo de confesión y algo de advertencia.

El contexto lo da el Observatorio Vera Rubin, en Chile: en una sola jornada de observación produce la misma cantidad de datos que todo lo acumulado a lo largo de la historia de la astronomía. Sin herramientas de inteligencia artificial, procesar ese torrente es directamente imposible. Por eso, en la nueva astronomía, la pregunta ya no es sólo hacia dónde apuntar el telescopio, sino qué hacer con la avalancha de información una vez que cae. Ahí entra la IA como una nueva categoría de instrumento: no una cámara más potente, sino un ojo entrenado para ver cosas que el ojo humano no sabría qué mirar.

  • Vida microbiana, no marcianos: Garraffo aclara que habla de cualquier forma de vida, desde una bacteria hasta un virus, y que las distancias interestelares hacen muy poco probable cualquier tipo de comunicación con vida inteligente.
  • Biosignaturas como pista: para detectar actividad biológica, los científicos rastrean señales químicas en la atmósfera de planetas lejanos. El oxígeno es una de las candidatas, aunque medirlo con la tecnología actual sigue siendo técnicamente difícil.
  • El cielo como océano estadístico: la lógica es la de la ecuación de Drake, esa vieja idea de multiplicar probabilidades hasta preguntarse por qué, en un universo tan vasto, la vida sería la excepción y no la regla.

Cuando le pregunto qué la trajo de vuelta a Buenos Aires en esta visita, contesta que fue a dictar un seminario en el ITBA y a reencontrarse con un sistema científico que la formó. Lo dice como quien vuelve a una casa que ya no es la misma, pero que todavía guarda los muebles que importan. Me quedo pensando en eso mientras la veo cruzar el pasillo, y me acuerdo de la imagen inicial, la del bar, los apuntes de Osvaldo, la luz de la mañana sobre el río de los libros de Hawking. Acá, del otro lado del mundo, una argentina criada en Belgrano nos está enseñando que la manera de responder la pregunta más antigua de la humanidad ya no pasa por mirar mejor el cielo, sino por aprender a leer montañas de datos con la ayuda de máquinas que recién empiezan a inventarse.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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