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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Bajar de peso no es solo una cuestión de fuerza de voluntad: lo que la cabeza tiene que ver en el asunto

La Organización Mundial de la Salud y un metaanálisis de 37 estudios coinciden en que el acompañamiento psicológico mejora los resultados de los tratamientos para adelgazar, porque el hambre, el sueño, el ánimo, la genética y el entorno condicionan cualquier plan por más estricto que sea

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
Bajar de peso no es solo una cuestión de fuerza de voluntad: lo que la cabeza tiene que ver en el asunto

Vuelvo a un tema que me toca de cerca, como le toca a cualquiera que haya intentado alguna vez sacarse unos kilos de encima y haya descubierto que la cosa no se resuelve con la pura voluntad. La pregunta que da título al material que me llegó me parece que vale la pena recorrerla con tiempo, porque hay mucha gente arrastrando frustraciones con la balanza y no siempre entiende por qué le cuesta tanto sostener un tratamiento. Acá va lo que pude reconstruir con información chequeada, lejos de las recetas mágicas que abundan por todos lados.

Lo primero que conviene dejar en claro es que la idea clásica de comer menos y moverse más, aunque no está mal como punto de partida, termina siendo una explicación muy incompleta de por qué una persona sube o baja de peso. El hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la carga genética y hasta el barrio en el que a uno le toca vivir, con la oferta de comida que tiene a mano, influyen de manera concreta en la relación que cada uno construye con la comida. Cuando un tratamiento se limita a entregar una lista de alimentos y una rutina de ejercicios, sin mirar todo lo que pasa alrededor, los resultados suelen ser difíciles de mantener en el tiempo. Y eso no es culpa del paciente, es una falla del enfoque.

Lo que dice la OMS y lo que muestra la evidencia

La Organización Mundial de la Salud viene insistiendo hace rato con un concepto que a mí me parece clave: la obesidad aparece de la interacción entre una susceptibilidad biológica de cada cuerpo y las influencias ambientales y psicosociales del entorno. No es un defecto de carácter ni un capricho, es un fenómeno complejo. Por eso el organismo recomienda una atención multimodal, es decir, un abordaje que combine intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, siempre adaptadas a las necesidades de la persona concreta que uno tiene enfrente.

A esa recomendación se suma un metaanálisis que revisó 37 estudios, incluyendo 21 ensayos clínicos aleatorizados, y encontró resultados favorables de las intervenciones psicológicas frente a los abordajes mínimos o solamente convencionales. El trabajo, publicado en la revista Obesity Reviews, señala que la terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia en el seguimiento posterior a los 18 meses. Para quien no esté familiarizado con el término, se trata de una línea terapéutica que trabaja sobre la relación del paciente con sus pensamientos y emociones, más que en combatirlos, y que suele dar herramientas para sostener decisiones a largo plazo sin flagelarse cada vez que algo se desvía del plan.

Genética, cansancio y emociones: tres llaves que muchas veces quedan afuera

La genética tiene un papel concreto y no menor. Ciertas variantes genéticas influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, esos circuitos que nos avisan cuándo es momento de comer y cuándo alcanza con lo que ya entró. Otras variantes intervienen en el metabolismo, o sea, en la forma en que el cuerpo usa y almacena la energía. Esto explica, por ejemplo, por qué dos personas que siguen un plan alimentario prácticamente idéntico pueden obtener resultados tan distintos. No es que una se esfuerce más que la otra, es que los cuerpos no funcionan como máquinas iguales.

El estado emocional y el nivel de cansancio también pesan, y pesan mucho. Cuando alguien está agotado o pasa por un mal momento, la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación se resiente de manera bastante predecible. Acá aparece un punto que me parece importante difundir, porque circula poco: ante un episodio en el que uno se sale del plan previsto, una respuesta rígida del tipo ya fallé, no tengo remedio, puede generar la sensación de haber perdido el control por completo, lo que a veces termina derivando en comer de forma desinhibida. Una respuesta más flexible, en cambio, permite reconocer el tropiezo sin convertirlo en el abandono total del proceso. La diferencia, en la práctica, suele ser enorme.

La Sociedad Europea de Cardiología también se pronunció en el mismo sentido al plantear que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado, que combine alimentación, actividad física y aspectos psicológicos, y que esté orientado a cada persona y a su contexto. No se trata de un invento de la última moda: las sociedades científicas más serias del mundo están alineadas en esto.

“Acá siempre me acuerdo de lo que me decía Marta, una vecina del barrio, cada vez que arrancaba una dieta y la dejaba a los pocos días: yo sé qué tengo que comer, el problema es que a las diez de la noche, con los chicos acostados y la cabeza llena de cuentas, cualquier paquete de galletitas me parece un salvavidas. Cuando un profesional le ofreció trabajar también sus hábitos de sueño y sus momentos de ansiedad, dice que por primera vez sintió que no estaba peleando sola contra un enemigo invisible”Marta, vecina del barrio

Si me permiten cerrar con una imagen antes que con un dato, me gusta pensar el tratamiento integral del peso como una mesa con cuatro patas firmes: la nutricional, la médica, la de la actividad física y la psicológica. Sacar una de ellas, aunque las otras tres estén firmes, vuelve la mesa inestable. Y lo que vemos todo el tiempo, en los consultorios y en la calle, es gente intentando comer apoyada en una mesa con tres patas, que se tambalea apenas aparece un imprevisto. Por eso cuesta tanto sostener los cambios y por eso la cabeza, queramos o no, termina siendo tan determinante como el plato que servimos en la mesa cada noche

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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