Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Latido Riojano

Latido Riojano

Portada — Vida —

Adentro del Malacara: una caminata por las entrañas de un volcán mendocino que cambió la vida de una familia

En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, el volcán Malacara permite caminar entre depósitos volcánicos y paredes de distintos colores. La visita atraviesa dos cárcavas y llega a un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo. La familia Quezada administra el acceso al predio, donde el turismo comenzó a desarrollarse a partir de las investigaciones de la geóloga Corina Risso.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 5 min de lectura
Adentro del Malacara: una caminata por las entrañas de un volcán mendocino que cambió la vida de una familia

Le cuento de entrada que acá, en el sur mendocino, hay un volcán al que uno puede entrar caminando como si fuera una galería de un cerro cualquiera, y eso, le aseguro, no es algo que se vea todos los días. Yo todavía me estoy acomodando la imagen en la cabeza mientras le escribo esta nota, porque una cosa es leerlo y otra muy distinta es imaginarse uno parado entre paredes que alguna vez fueron lava y ahora son ondulaciones amarillas y negras que parecen pintadas a mano. El lugar se llama volcán Malacara y queda en el paraje La Batra, pegado a Malargüe, en un campo que desde hace un par de décadas ya no es solo un campo: es también un paseo, un aula a cielo abierto y, sobre todo, el proyecto de vida de una familia que un día decidió abrir la tranquera.

Un recorrido que empieza en la tranquera de los Quezada

Para llegar hasta el Malacara hay que meterse por caminos de ripio que se van angulando del paisaje a medida que uno se acerca a la Payunia, esa región del sur de Mendoza que parece de otro planeta. El campo donde se hace la visita lo sigue administrando la familia Quezada, que fue la que le abrió la puerta al turismo cuando todavía no había ni idea de que eso podía ser un negocio serio. Hablo con Marcelo, uno de los Quezada que hoy se ocupa de recibir a la gente, y me cuenta con esa calma de la gente de campo que acá durante años lo que hubo fueron animales sueltos, alambrados y la soledad de siempre. El cambio empezó cuando una geóloga de la Universidad de Buenos Aires, Corina Risso, llegó al lugar en el año 2000 acompañada por Alberto, al que todos llaman Beto Quezada, y empezó a estudiar lo que ellos tenían en el patio de la casa sin saber del todo qué era.

Dos años después de esas primeras caminatas con Risso, la investigadora presentó sus trabajos en Malargüe y ahí, me dice Marcelo, la familia empezó a entender que lo que tenían delante no era una rareza geológica más sino algo que podía mostrarle al mundo. Los guías de la zona se fueron sumando de a poco, los primeros visitantes llegaban a caballo por senderos del propio campo, y en 2006 una huella petrolera vieja, de las que dejaron las empresas cuando buscaban petróleo por estos pagos, permitió que por fin entrara una camioneta y después maquinaria para arreglar el camino y dejarlo transitable. Le quiero decir con esto que el Malacara no es un paseo que arrancó de la nada: es el resultado de muchos años de trabajo silencioso, de idas y vueltas, de gente que le fue dando forma a una idea con paciencia de hormiga.

Caminar entre dos cárcavas y subir al mirador

  • La caminata arranca entre paredes onduladas con sectores de roca amarilla y depósitos negros que se desgranan al tocarlos, así que hay que andar con las manos en los bolsillos.
  • El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el volcán en su parte alta, corredores abiertos por la erosión del agua y del viento durante miles de años.
  • Desde el suelo, los tres cráteres del Malacara quedan prácticamente ocultos por la forma del terreno y por la vegetación, lo que vuelve la experiencia todavía más rara.
  • La luz se cuela por las aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas, así que uno termina la visita con la sensación de haber estado adentro de algo vivo.
  • La excursión termina en un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo, que se distingue allá lejos, como una lámina brillante en medio de la planicie.

Por qué el Malacara es amarillo y negro

Ahora bien, uno camina y lo primero que le llama la atención son los colores, porque una cosa es leer que hay roca amarilla y otra muy distinta es tenerla enfrente. Le pregunto a Corina Risso, que sigue investigando el lugar, y me lo explica con una paciencia que se agradece: el Malacara se formó por la interacción del magma con agua, probablemente de una laguna antigua que estaba donde hoy está el volcán. Ese contacto entre el fuego y el agua fue fragmentando la lava, y después, con el paso del tiempo, la alteración de esos materiales fue la que pintó buena parte de las paredes de amarillo. Cuando el agua dejó de meterse en el medio, la erupción siguió su curso y se fueron acumulando los materiales oscuros que uno ve arriba, los depósitos negros que le dan al conjunto ese aspecto de mármol veteado. Mucho después, el agua de lluvia y el viento se encargaron de abrir los pasillos que hoy recorre la visita, que son los mismos que uno transita con la boca abierta y la cámara en la mano.

“Esos depósitos son frágiles, se desgranan al tocarlos, así que la recomendación es mirarlos, sacarse fotos y dejarlos en su lugar, que para eso llevan miles de años aguantando viento y lluvia.”Marcelo Quezada, administrador del acceso al volcán Malacara

Lo que más me gusta de esta historia, y se lo confieso porque acá uno escribe como habla, es que el Malacara no es solo un paseo geológico para sacarse fotos y seguir viaje. Es también la historia de una familia que dejó de criar animales en una parte de su campo para abrirle la tranquera a la gente, la historia de una geóloga que llegó de Buenos Aires y volvió una y otra vez a estudiar lo que tenía delante, y la historia de un pueblo entero que fue entendiendo que debajo de sus pies había algo que valía la pena mostrar. Cuando uno se para en el mirador y mira hacia la laguna de Llancanelo, lo que está viendo es todo eso junto: magma viejo, agua que ya no está, viento que lleva siglos soplando y una familia que decidió compartirlo. Y a mí, la verdad, eso me parece una de esas cosas que vale la pena cruzar medio país para ver con los propios ojos.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo