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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Latido Riojano

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A los 93, una actriz sale a caminar con su perro y después se sienta a levantar el mundo desde una silla

Ellen Burstyn pasea, va al gimnasio y entrena fuerza con un preparador físico. La rutina que cuenta desde Los Ángeles abre una pregunta concreta: ¿alcanza con caminar cuando se cruzan los noventa, o hace falta sumarle algo más? Acá, lo que dicen los especialistas y los ejercicios que cualquiera puede probar en casa, con una silla y una banda elástica.

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Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana · · 4 min de lectura
A los 93, una actriz sale a caminar con su perro y después se sienta a levantar el mundo desde una silla

Lo primero que uno tiene que poner sobre la mesa, antes de hablar de Ellen Burstyn y de sus paseos matutinos, es el lugar. Imagínensela en un barrio residencial de Los Angeles, temprano, con un perro que tira de la correa y un cielo todavía bajo. Esa es la postal que la actriz de 93 años describe cuando le preguntan cómo hace para seguir en pie, literalmente, todos los días. Camina, va al gimnasio y entrena con un preparador físico. Tres palabras que, a esa edad, no son menores y que, como vamos a ver, tampoco se reemplazan unas a otras.

Caminar no es lo mismo que hacer fuerza

Acá viene la distinción que muchas veces se pierde en la conversación de café: una cosa es moverse y otra muy distinta es entrenar. Caminar forma parte de una jornada activa, ayuda al corazón, mejora el ánimo y mantiene las articulaciones lubricadas, pero no necesariamente reemplaza el trabajo específico de fuerza y de equilibrio. Y esos dos son los que, según los especialistas, terminan definiendo cómo se transita la vida cotidiana después de los setenta, los ochenta o los noventa. Ponerse de pie de la silla sin ayudarse con las manos, cargar las bolsas del súper, levantarse del piso si uno se cae: todo eso depende de músculos que la caminata, por sí sola, no entrena.

Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva y responsable del Programa de Medicina del Estilo de Vida de la Cleveland Clinic, lo explica con una imagen muy concreta. Dice que fortalecer los glúteos favorece la estabilidad de todos los días y puede contribuir a que los adultos mayores sufran menos caídas. Esa frase, traducida al lenguaje de acá, significa que la diferencia entre un año tranquilo y una temporada enyesada muchas veces se decide en el living de casa, no en la calle.

“Camino todos los días, hago ejercicio en el gimnasio y me cuido.”Ellen Burstyn

La rutina breve que se puede hacer en casa

El entrenador Álvaro Puche propone algo que suena casi modesto: completar las caminatas con un circuito corto de resistencia, de tres o cuatro minutos, tres veces por semana. La gracia es que no hace falta gimnasio ni máquinas, solo una silla firme, una banda elástica y un apoyo elevado que no resbale. La idea es trabajar los grupos musculares que más se debilitan con los años y que más se usan en la vida de todos los días.

  • Ponerse de pie desde una silla sin ayudarse con las manos, para trabajar cuádriceps y glúteos.
  • Elevar los talones parado, con un punto de apoyo cerca, para fortalecer tobillos y pantorrillas.
  • Hacer remos con una banda elástica fija adelante, para la espalda y la postura.
  • Realizar flexiones inclinadas contra una mesa o respaldo firme y estable, para pecho y brazos.

Los ajustes que nadie cuenta

Ahora bien, yo no sería honesto si les vendiera esto como una receta para todos. La propia Burstyn carga con dos fracturas de muñeca, usa una férula en una mano y convive con artritis. Esos antecedentes impiden tomar lo que a ella le funciona como un molde que cualquier persona pueda calcar sin más. Quienes tengan lesiones viejas, dolores que no se van, enfermedades crónicas o vértigo y problemas de equilibrio necesitan hablar antes con el médico de cabecera, con un kinesiólogo o con un profesional capacitado en ejercicio. La consulta no es un trámite: es parte del entrenamiento.

La ejecución, además, se adapta a cada cuerpo. La altura del asiento, los apoyos, el recorrido del movimiento y la carga de la banda pueden modificarse según las posibilidades de quien entrena. La técnica y la seguridad van antes que la cantidad de repeticiones o la velocidad. A los 93, como a los 60, como a los 40, la regla es la misma: mejor un movimiento bien hecho y controlado que diez mal ejecutados.

Hay algo que a mí, personalmente, me gusta de la rutina de Burstyn y que vale la pena subrayar. Ella no descubrió el movimiento a los 90: empezó a cambiar sus costumbres cerca de los 40. Mantiene una alimentación vegetariana, dejó el alcohol y el cigarrillo hace décadas, sigue trabajando, lee, recibe gente en su casa y va a conciertos. El entrenamiento de fuerza no es un capítulo aparte de su vida, sino una pieza más de una vida que ella decidió ordenar mucho antes de que el cuerpo empezara a mandar señales. Por eso, cuando uno la ve salir a caminar con su perro a esa edad, no está viendo un milagro: está viendo el resultado de años de decisiones chicas que, sumadas, pesan.

Mi vecina Marta, que tiene 72 y vive acá nomás, en el edificio de al lado, me dijo el otro día algo que me quedó dando vueltas: yo camino todos los días, pero para levantarme del sillón me agarro del apoyabrazos como si fuera una soga. Esa frase, se lo aseguro, resume mejor que cualquier paper la distancia enorme que hay entre moverse y entrenar. Y es exactamente esa distancia la que Ellen Burstyn, a sus 93, sigue empeñada en cruzar cada mañana, con su perro, con su férula y con su banda elástica, en algún barrio tranquilo de Los Angeles.

EC
Ernesto ChumbitaSociedad y vida cotidiana

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